viernes, 12 de diciembre de 2008

wyrm

yo era un joven dichoso
como un lagarto sobre una roca
asoleándome a la luz brillante de Anterión
a la espera de un milagro negro que me sacara de mi monótona
-------------/ alegría
a rastras de ser necesario.
yo iba a los bares de Lima en busca de un poco de miseria
pero no encontré ninguna
estaban todos llenos de música
y un cuerno
grueso y afilado.
masticaba la grama como si fuera un conejo
puesto que me decía la vida que aquello
era saludable y me haría bien
y así esperaba, comiendo pasto, a que llegara el final de mi joven vida
pero entonces un día
sobre los cristales de una botella rota
pude ver la luz verde de mi estrella
mi Sol, mi Señor
¿dó he de encontrar la terra nova
la salvación de mi alma impúdica?
aquí, sobre los cristales
sobre la amplia cúpula del cielo
señalan todos los jóvenes alegres la amplia sombra sobre sus cabezas
aquél terrible gusano que se retuerce
negro profundo/verde pantano
fuego fuego fuego fuego
fuego en las nubes.
y así me río y me río
cuando los cerros se convierten en volcanes
y la grama que mordía se ennegrece y se llena de hongos
y me hacen alucinar un pasado distante
en el que tenía sexo a diario y aún no iba a la universidad
mientras la gente a mi alrededor corría
y la piel de mis tatuajes se convertía
en escamas.

martes, 9 de diciembre de 2008

666

Tenía una guitarra conectada a un amplificador de bajo Marshall en un rincón de la habitación. Ella sufría cada vez que la veía, con el amplificador casi siempre encendido, y le acusaba de estar dañando el instrumento.
No tienes ningún respeto por esa guitarra, le decía, la estás matando. Él solo la miraba envuelto en un vendaval de humo desde el otro lado de la habitación, su cabello como una enrredadera superpuesta a la neblina, y siempre sosteniendo aquél cigarrillo entre sus dedos de nudillos tatuados. Entonces le daba un trago a la botella, se ponía de pie y luego la arrojaba al piso, descubría su sexo y la penetraba allí mismo, sin piedad.
Luego, por la noche, ella despertaría, con el silbido del amplificador en sus oídos, adolorida, abochornada, y contemplaría su cuerpo desnudo yaciendo sobre las tablas de madera, profundamente dormido. Enumeraría sus tatuajes, las marcas arcanas sobre su espalda, el ángel sobre su brazo derecho, el caballo de ocho patas sobre el izquierdo, el sol negro, la cruz de Odín y demás pequeños símbolos en sus nudillos, el 666 cerca a su cuello, las runas en su hombro, la bandera de la República de Irlanda. Olería el licor en sus labios cuarteados y en su barba, una mezcla de pelos de alambre negro, plomo y rojizo. Se preguntaría cómo podía permitirse dormir tan apaciblemente, tan tranquilo, manteniendo sus párpados, de pestañas tan rizadas que bordeaban lo femenino, tan cerrados, apretados, como los de un niño o incluso los de un muerto. Pero él no estaba muerto. Estaba muy vivo, ya lo sabía. Las cicatrices en sus muslos y alrededor de su cuello se lo recordaban.
Se cuidaba muy bien de no apagar el amplificador, si es que él lo había dejado encendido alguna noche. Si lo hubiera apagado, sabía muy bien que al descubrirlo él la habría convertido en presa de su furia borracha, en blanco de sus rituales y sus encantamientos y en el juguete predilecto de sus gatos, a los cuáles disfrutaba ver lacerando la carne blanca de sus piernas.
A veces, él despertaría antes que ella, y la llamaría a la mesa. No era un mal cocinero, pese a no contar con demasiados recursos ni variedad de ingredientes. Su especialidad eran los guisos de carne de puerco y visceras, los cuáles salteaba y aderezaba con una amplia variedad de hierbas que adquiriría su vieja casera por él en la tiendecilla herbolaria que quedaba justo en la otra manzana, bastante cerca de ahí, y que sin embargo estaba en un mundo mucho más luminoso que aquél.
Las sombras son nuestra luz, le dijo él una vez, cuando ella le señaló ese último detalle.
Se sentaban a la mesa por las noches y entonces él ya no se molestaba en ofrecerle alcohol, pues sabía que ella no lo deseaba, pero eso no le impedía beber a él. Se encendía cigarrillos con una mano y y se llevaba la comida y la bebida a la boca con la otra. Luego, cuando terminaban, y no antes de que ella hubiera comido todo lo que había en su plato, de raciones cada vez más pequeñas, él se sentaba en el rincón donde vibraba aquella maltratada guitarra, que no era una Fender ni una Les Paul ni ninguna buena guitarra, sino una guitarra eléctrica cualquiera, una guitarra que no hubiera destacado nunca ni hubiera halagado nunca nadie por su calidad, solo una guitarra eléctrica dolida que él sostendría sobre sus piernas dobladas y primero rasgaría, despacio, y después, solo cuando se diera cuenta de que ella lo estaba mirando, de que sería capaz de desgarrar su mente y su corazón y sus arterias con sus riffs planetarios, mastodónicos, se dedicaría a tocar, tocar hasta escucharla gritar "¡LA ESTÁS MATANDO!", y sin embargo continuar, continuar hasta que sus sentidos se embotaran y solo quedara el vapor oscuro rodeándolos.
"¿Sabes qué es lo bueno de no tener nada que hacer?" le preguntaría él entonces, y ella negaría con la cabeza, apoyada en un muro, casi inerte. Entonces él añadiría, haciendo la guitarra a un lado: "Que hay tiempo para pensar en el futuro."

domingo, 7 de diciembre de 2008

ojo de Odín

ante la multitud
golpeo una puerta de vidrio
y la destruyo
heriste con tu honda al hijo de mi hermano
una piedra tallada hendió su ojo azulado
cuando jugaba entre la hierba seca del campo
el aleteo de los guardacaballos y los agudos lamentos nos avisaron
y tu presencia pudo sentirse en el vacío,
siniestra,
mas no te dejaste ver y huíste
ahora, sin embargo, te presentas aquí
con tantas vidas entre tú y yo
armado
pretendes golpear mis huesos y castigarme
remecer el vitriol de mis órganos y mofarte abiertamente
esto no es para ti más que un juego diplomático
un taller de debate
una escuela de artes escénicas
pero te aseguro
que no hay comedia en la base de mis puños o en la suela de mis botas
ni diplomacia en el reflejo del sol verde en los cristales
ni me resulta
singular
la sorpresa apabullante rodeándonos
ahora que estás sobre la loseta
no son los golpes en tu cráneo los que me hipnotizan
es la posibilidad más bien
de tomar un vidrio oscuro de entre las trizas
e incrustarlo, lentamente y sin recato,
en la cuenca de tu ojo amoratado.

martes, 2 de diciembre de 2008

diario

bajamos las escaleras a toda carrera
por la mañana
solo para encontrarnos a la media hora
aplastados.

domingo, 30 de noviembre de 2008

10 000 dólares

Fabiola esperaba su carro en la esquina de Primavera con el Polo. Era de noche y hacía frío, pero ella no estaba demasiado abrigada. Llevaba una blusa blanca de escote prominente que destacaba especialmente sus senos redondos y un pantalón ajustado que contribuía a atraer miradas (algunas subrepticias, otras más descaradas) hacia sus formas, tanto o más que la dichosa blusa. Sacó su celular y miró la hora, algo azorada. Eran más de las diez y no pasaba ni una combi que la llevara a su casa. Tendría que caminar, pero estaba realmente agotada. Hubiera dado lo que fuera por un conductor amable que se detuviera junto a la vereda y la invitara a subir a su carro, un Mercedes, un BMW, un Aston Martin. Sobre todo un Aston Martin, pensó riendo.
Quizá debería empezar a caminar. No tiene caso seguir retrasándolo. Voy caminando y ya si pasa un micro, lo paro.
Una voz interrumpió sus pensamientos.
"¿Perdón?" preguntó Fabiola.
"¿Cuanto?" dijo la voz del hombre.
Ella lo miró. Era un tipo alto, de pelo blanco y ensortijado, de brazos y piernas especialmente largos, de nariz grande. Entre las tinieblas que giraban en torno a la luz de los faros, a penas podía distinguir el resto de sus facciones. Aún así, sabía que la estaba mirando fijamente.
"¿Cuanto qué?"
El tipo se acercó más. Fabiola alzó la cartera como para defenderse, pero él se quedó quieto.
"Solo dime cuanto," dijo.
"10 000 dólares," dijo Fabiola, por decir algo. Era el primer número que le vino a la mente. Viejo asqueroso, pensó. En qué estará pensando. Trató de visualizarse a sí misma, en medio de la noche, vestida como estaba vestida. Aún así no encontró las ideas del extraño como justificables.
El hombre sonrió, o el brillo que pareció formarse entre las sombras de su rostro le pareció a Fabiola una sonrisa.
"Bueno," dijo, y su voz sonó especialmente cálida y amable. "Puedo pagarte 10 000 dólares."
Llevó una mano de dedos larguísimos a su bolsillo, y luego le tendió una chequera.
"Vamos a mi casa."
"¿Qué?"
"Vamos a mi casa. Está aquí a la vuelta, por el parque. Cuando hayamos terminado te pagaré, o si lo prefieres lo haré mañana temprano. Depende de ti."
Fabiola tragó saliva y se quedó pensando. No sabía qué decir. 10 000 dólares era un montón de dinero. Podía decir que lo necesitaba. ¿Pero estaría realmente dispuesta a hacerlo? Por otro lado, la casa de aquél tipo estaba cerca, a diferencia de la suya. ¿Pero de verdad iba a tener que dormir con un extraño? ¿De verdad era tan estúpida como para irse con él? Miró una vez más la chequera. Miró el brillo de un anillo de oro que no había notado antes, de unos zapatos lustrados con sumo cuidado y esmero. Se mordió el labio inferior.
"Está bien," dijo. "Vamos pues."
El hombre sonrió y le ofreció su brazo. Ella lo tomó y doblaron juntos en la esquina, adentrándose entre calles bastante más agradables a los sentidos que las tinieblas de esa parte de la Primavera. Un parque de árboles y arbustos frondosos, verdísimos, era rodeado por una serie de edificios de apartamentos, de arquitectura que a Fabiola le pareció envidiable. Realmente nunca hubiera imaginado que existían edificios así tan (relativamente) cerca de su casa.
"¿Donde vives?" le preguntó al extraño.
"Aquí, en este edificio amarillo."
Mientras caminaban al edificio, hablaron. Ella le preguntó su edad y su nombre. Se llamaba Víctor y tenía cincuenta y ocho años. Era empresario, divorciado. Tenía un hijo que era abogado y una hija médica, pero no los veía nunca. Prefería estar solo. Excepto por esta noche, dijo.
Entraron en el edificio. Todo en el interior era blanco, luminoso. Por primera vez Fabiola pudo ver el rostro del hombre al que acompañaba: era un rostro severo, pero agradable. La nariz le daba cierta elegancia y los rizos blanquísimos una madurez que, debía admitirlo, la alucinaba.
Saludaron al vigilante y subieron al ascensor. Primer piso, segundo piso, tercer piso, cuarto piso. Cuando llegaron al quinto piso, el ascensor se detuvo y Víctor se volvió hacia ella. Un escalofrío poderosísimo se apoderó de su cuerpo. Sintió que sudaba, que se desvanecía. Sintió miedo de aquello que se había sentido preparada para hacer. Víctor, sin embargo, se limitó a tomarla por los hombros con suave firmeza, antes de depositar un beso suave sobre su frente.
"Vamos adentro," dijo sonriendo, antes de abrir la puerta que les llevó a su departamento.
El lugar era elegante, pero muy sobrio, con muebles caros y unos pocos ornamentos. Le ofreció algo de beber y ella accedió, tratando de no parecer alterada. Quizás un trago la ayudaría a relajarse. Víctor le llevó el vaso con whiskey y ella lo vació de un trago. Entonces lo besó, sin que le importara demasiado lo demás. Fue un beso largo y prolongado, muy cálido.
"Vamos a mi cuarto," dijo él entonces, y Fabiola lo siguió.
La habitación tenía una cama amplísima. Víctor la hizo sentarse en ella y la ayudó a quitarse los zapatos. Luego le pidió que se sacara el resto de la ropa. Ella lo hizo. Cuando él se disponía a desabrocharse el pantalón, Fabiola se levantó de la cama y lo hizo por él.

Cuando todo hubo terminado Fabiola se puso de pie y se vistió rápidamente. Ni siquiera pensó en ducharse, solo quería irse.
"Necesito mi plata," dijo mientras buscaba un cigarrillo en su cartera.
Víctor no dijo nada. Solo la miraba impasible desde la cama.
"Necesito mi plata," repitió Fabiola.
Víctor resopló y se acarició el miembro.
"¿Ya te quieres ir?"
"Sí. Debo irme. Tengo que trabajar mañana."
El hombre se echó a reír. Ella se puso roja, no tanto de vergüenza, más bien de ira.
"Okey. ¿Cuanto es que dijimos?"
"10 000 dólares, Víctor."
La risa de él se hizo aún más fuerte. Eran verdaderas carcajadas locas.
"Tienes que darme mi dinero."
"No."
"¡Cómo que no! ¡Hijo de puta, debes pagarme!"
"¿Eres una puta?"
"¿Cómo... ?"
"Pregunté si eres una puta, zorra."
"¡No vengas a insultarme, viejo de mierda!"
"Mira, tú no eres una trabajadora sexual, Fabi. Eres la secretaria del psicólogo de alguna empresa de artículos de baño, así que no me jodas."
"Pero... "
"No viniste aquí por la plata, viniste aquí porque eres una vaca gorda y floja, remolona asquerosa."
"¡Hijo de puta!"
Fabiola se lanzó sobre Víctor, pero él la tiró de la cama de un manotazo.
"Te puedo dar cien soles, para el taxi y para que te compres unos caramelos luego. Puedo ver que estás necesitada."
"¡Voy a denunciarte, maricón!"
"Jajajá. ¿En serio? A ver con quién me vas a denunciar, cojuda. ¿Qué vas a decir, que yo te ofrecí 10 000 dólares a ti? A ver quién te cree, pendeja."
Fabiola lo miró desde donde estaba con ojos cargados de odio. Agarró sus cosas y salió de allí corriendo, mientras Víctor reía, reía, reía...

Víctor Ugartechea Aguirre yacía en lo profundo de su bañera silbando una canción de Carl Perkins. En medio del vapor, a penas se distinguía el humo de su cigarro. Un Romeo & Julieta, español. Los prefería antes que cualquier cubano. Con la mano izquierda comenzó a frotarse el pene. Había tenido una noche agradable, pensó riendo. Lo pensó una vez más y volvió a reírse, y una vez más y de nuevo. Comenzó a reírse con muchísima fuerza.
"Jajajajajajajajá. Jajajajajajajajá. ¡JAJAJAJAJAJAJAJÁ!"
De repente se abrió la puerta del baño con violencia inusitada. Víctor se volvió hacia ella, desconcertado. Una figura marrón entró dando brincos en el cuarto de baño y cogiéndolo por el cuello lo sumergió en el agua estancada. Sintió el agua que entraba por su gran nariz, llenando sus pulmones. Sintió la sangre que se acumulaba en sus bronquios, los dedos que aplastaban su tráquea, estrangulándole con fuerza furibunda. Trató de aguantar la respiración, pero no pudo hacerlo por mucho tiempo. Pensó en el puro que se le había caído al agua. Pataleó. Trató de decir una palabrota. No pudo.

domingo, 23 de noviembre de 2008

y otro poema de sexo

Nos restregamos con fuerza contra la pared
tú alzada sobre mis piernas y agarrándote de mi cuello
yo con los pies fuertemente asidos sobre las grietas de tu piso
una araña en la esquina de la habitación lo observaba todo
callada y etérea
mientras un trueno rugía sangre en la noche
allá afuera
Éramos como indios salvajes devorando lagartos en nuestros huesos
un huracán Katrina mostrando respeto por la cadenciosidad del blues
éramos sonidos de uñas afiladas sobre costras de cemento
de botas cubiertas de polvo zapateando en el precipicio
barriendo
con las hojas muertas del otoño
Suave obsidiana sacramental filtrada en ácidos
eras pelaje de caballo y yo húsar de Junín
a las cuatro y media de la mañana
cuando la lluvia es más fuerte afuera y todas las moscas ya han sido
-------------/ devoradas.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Etapa Oral

El niño mono se aferra al pezón de su madre
con una fuerza considerable
cuando crezca y sea capaz de tallar la roca
aferrará lanzas entre sus manos
con la misma fuerza
Este niño mono crecerá para ser un cazador
-- el centurión de las cavernas -
descubridor de las tácticas de guerrilla
en bosques de pinos ciclópeos
asesino de goliats lanudos
El niño mono quiere mamar una lanza
los pezones enhiestos de su compañera
los frutos secos de un pino
los huesos rotos del mamut
o mejor, de algún otro mono, aún más feo y más peludo (los senos
-----------/ de mi madre están marchitos)
La lanza tiene forma de seno caído
la roca tallada nos ha parido a todos
hombres mono
montados
en misiles
atómicos.

domingo, 9 de noviembre de 2008

Héctor y Aquiles

se trata de una pasión ardorosa convertida en trámite burocrático
indolente
desecración de los cuerpos
durante la guerra, largas pestes
los barcos se han convertido en pozos
las tiendas en madrigueras
la ira nos ha transformado a todos en peces de colores
enfermos
kilometraje recorrido: el máximo
tiempo invertido: el infinito.

ante los muros has matado a mi mejor amigo
con el que yo aprendiera a cazar ciervos
por eso he de matarte ahora y he de desecrar tu cuerpo
ante las miradas de los dioses y los hombres.

Patroclo, ¡Gloria del Padre! hermoso infanticida
matador de Sarpedón y Cebriones, mi hermano
ha muerto
por la gloria de mi patria y por mi hijo
a quien inquietase con el brillo de mi yelmo.

juramento: no descansar hasta que la sangre de Héctor haya sido
---------/ derramada
máquina de bronce y de cuero y madera
el noble bronce
los nobles huesos
bajo la suela de mis sandalias
mi propia saliva espumosa.

Theos (un hombre)
portador de la balanza
vaticina el destino del guerrero:
agonía y éxtasis
el Peliada (un hombre)
asesino cruel
hombre despiadado, bárbaro sin corazón
han matado a su mejor amigo
con quien aprendiera ya de niño a martirizar a los muertos
y por eso nos ha quitado a nuestro príncipe (un hombre).

digno pagano entre los Nueve
príncipe
el menos saqueador
el menos asesino de todos es
el león que protege a su manada.

Rubio
nos ha sanado con su lanza y con su
espada.

conteo de víctimas (dividido entre las partes):
Héctor: alrededor de 25 000
Aquiles: alrededor de 50 000
Theos: seguimos contando
peces de colores: digamos, 75 000
(es que estos peces de colores
eran/son un espectáculo digno de la memoria)

detrás de los muros: fuego de colores.

sábado, 1 de noviembre de 2008

infancia

niños
con pelotas
mirando con odio.

viernes, 31 de octubre de 2008

Carta 4

Si necesitas ayuda profesional
búscala.

gesto espontáneo de bondad

un mesero se equivoca
y lleva a una mesa humilde un costoso croissant
el cliente duda y pregunta
por el precio
reiteradas veces
el mesero insiste en que ese es el croissant que le han pedido.
charla, café,
croissant.
el cliente pide la cuenta
la recibe
mira la boleta
exaltado
el croissant costaba más de lo que puede pagar
entonces la acompañante del cliente humilde trata de calmarlo
se levanta
se dirige a la caja y reclama
nosotros hemos preguntado
por el precio
reiteradas veces
no vamos a pagar tanto por ese croissant.
los meseros y el cajero deliberan
se reúnen en pálido aquelarre
y tras unos instantes
toman una decisión
entonces un segundo mesero se acerca a la mesa amablemente
bromea
trae el cambio de un dinero que el cliente humilde no ha
---------/ entregado todavía
aquí está su cambio señor, dice
disculpe las molestias
cuando vea a mi compañero le haré una llave
suplex.
el cliente humilde realmente
no ha pagado
pero le han traído dinero
mira entonces al mesero
mira el dinero
no lo entiende. alguien a su lado le apresura a marcharse
no lo entiende.
mira al mesero
mira el dinero
no lo entiende.
todo está muy bien señor, gracias, dice al segundo mesero tras
---------/ meditar por un instante
pero yo aún no le he pagado. verá, este cambio no es mío.
coje entonces sus billetes humildes
se acerca a la caja y paga lo que él considera que debe
(es decir, no paga el precio del costoso croissant)
da una palmada humilde en el hombro al segundo mesero
coge sus cosas
deja propina humilde
toma a su humilde acompañante por la cintura
y se va del café-restaurant.
en ese momento nadie nota (ni siquiera él) que en el bolsillo
aún lleva
ese cambio que no le corresponde.

martes, 28 de octubre de 2008

más poemas de amor

yo no tengo mente
tengo emociones
en páginas de páginas de páginas de páginas
de páginas de páginas de páginas de páginas
y la profesora te decía que eras buena en los orales
(la profesora sudaba como un cochino.)
yo tengo espíritu de entrega
pero aquí no hay
nadie.

sábado, 25 de octubre de 2008

vicisitud

1. Salí de la casa de Mili con el ron bajo el brazo.
- Hoy no estoy de humor para la compañía humana- le dije a Juanjo. Luego detuve un taxi, subí en él y me largué de allí.

2. La culpa de todo la tenía Depeche Mode. ¿Para qué quieres cuatro versiones diferentes de Personal Jesus? Es simplemente descortés.

3. La culpa de todo era de mi abuelo. Yo siempre fui muy unido a él, nos llevábamos muy bien, me regalaba muchos libros y no podía entender por qué mis hermanos no iban a verlo nunca. No lo comprendía y me enfurecía. Hasta que me enteré de que mi abuelo le había puesto las manos encima a mi hermana antes de que yo naciera. Luego de eso, ya nada fue lo mismo. El día del entierro, no me hubiera importado profanar la tumba del hijo de puta allí mismo.

4. En lugar de eso, salí del cementerio, detuve un taxi, subí en él y me largué de allí.

5. Cuando me pregunta alguien qué superpoder me gustaría tener si pudiera escoger cualquiera, yo respondo que me gustaría poder manipular los cuerpos ajenos. Me gustaría poder moldear la piel, los músculos y los huesos de los cuerpos ajenos, como si fueran arcilla. Nada de invisibilidad, volar o cosas por el estilo. Me complacería dando formas nuevas y delirantes a las personas a mi alrededor y me entretendría masificándolas y uniéndolas y separándolas y embelleciéndolas de forma aterradora o cuasicelestial. Para mí, ese es el único y gran superpoder. Todo lo demás es una pérdida de tiempo. Todo lo demás está condenado al vacío.

6. Como yo lo veía, todo se concentraba en la masa.

7. No regateé con el taxista. Le puse la plata sobre la mano y le di una palmadita en la mejilla. Me despedí, pero él no dijo nada. Caminé hasta mi casa agitando la botella de ron. La destapé y le di unos tragos. Luego entré a mi casa y subí las escaleras procurando no hacer ruido. Cuando estuve en mi cuarto, encendí la computadora y me dediqué a escribir poesías hasta las cinco de la mañana.

8. Era el momento de la comunión en la misa de difuntos de mi abuelo y mi mamá me tocó el hombro.
- Hijito, ¿por qué no comulgas?
- Carajo, mamá, tú sabes que yo no creo en Dios.

9. Solía preguntarme qué hacer. En mi soledad, en compañía, me preguntaba a mí mismo siempre, y ahora, ¿qué hacer? El momento era siempre un dilema, una molesta necesidad. A mí me hubiera gustado no tener que hacer nada nunca más. No tener que ver a nadie, hablar con nadie, escuchar a nadie, no tener que tirar con nadie ni tener que ir al baño después de comer. En realidad, me hubiera gustado no tener que comer. Estaba demasiado distraído mirándome los brazos y las uñas y los dedos y los labios y los pelos de mis cejas. Mi cara no tenía mayor sentido. Parecía un plato de sopa.

10. De pie frente al espejo, comencé a masajear la carne de mis pómulos.

11. Una figura de interés en la mitología persa: Aži Dahāka, el dragón de fuego, estandarte de guerra de la cultura iraní. Se le representa como un monstruo de tres bocas, seis ojos y tres cabezas (haber dicho esto a mi juicio resulta redundante, pero no viene al caso), fuerte, astuto y absolutamente maligno, con inteligencia humana, nunca meramente animal, habitante de la fortaleza inexpugnable de Kuuirinta. Según el mito, después de mil años de reinado de terror, el guerrero persa Frēdōn libró al mundo de Aži Dahāka. El héroe aplastó la cabeza del monstruo con un mazo y abrió tres heridas en su cuerpo con su espada, de las cuales emergieron insectos y reptiles demoníacos. Advertido por los dioses que la muerte del dragón llenaría la Tierra de estas criaturas, Frēdōn decidió encadenarlo y aprisionarlo en el mítico monte Damāvand.

12. En los círculos esotéricos, Aži Dahāka representa la metamorfósis, la evolución hacia un estado de trascendencia física y espiritual.

13. Después de comer, realmente me deprimía tener que ir al baño.

14. Miraba mi plato de lomo saltado sin demasiada hambre. Trocitos de carne con minúsculos cuerpos de grasa y cartílagos adheridos. Papas fritas, largas y rectangulares, con sus respectivas gotitas de grasa. Cebollas, pimientos, arroz, el jugo del lomo, todo compuesto de círculos pequeñitos, acuosos y en movimiento constante. Un conjunto de colores brillantes en mi plato, captaban mi atención y me hacían pensar en carnes más subrepticias que las que tenía ante mis ojos. Hígado, páncreas, bazo, pulmones, intestinos, corazón. Corazón. Corazón cubierto de caja torácica, fémur, sesos. Sesos. Sesos cubiertos de cavidad craneal. Ojos, retinas, legañas. Baño. Posé la mirada sobre mi vaso con jugo de maracuyá, lo bebí de un trago, me levanté de la mesa y me dirigí al baño entre sollozos.

15. Me encerré en mi cuarto, puse un poco de música y me dejé caer sobre la cama. Tomé aire, respiré lentamente, una y otra vez.

16. Cuando mi mamá me dijo que mi verdadero padre no era mi papá sino mi abuelo tomé un taxi, fui hasta el cementerio y una vez allí traté de levantar la lápida. Rubén Shapiro. 1911-2005. Cabrón hijo de puta. No pude mover la lápida. Me abrí el cierre, me saqué al chiquitito y comencé a orinar sobre el mármol. Luego lo estuve pisoteando con fuerza, embarrándolo, impotente. Salí de allí, mirando hacia todas partes, nervioso, como arrepentido pero sin estarlo realmente, salvo por el hecho de no conocer la existencia de una forma real de dañar al padre de mi padre. O más bien, a mi padre.

17. Según la lógica de todo aquello, a mí me había criado mi hermano mayor en conjunto con mi madre. Ahora quería ir al baño, pero para vomitar.

18. Encerrado en mi cuarto me puse a leer a Vallejo, una y otra vez. Luego cogí una navaja y comencé a dibujarme glifos sobre los brazos. La sangre relucía negra sobre mi piel.

19. Reach out, touch faith

20. Al día siguiente fui para la biblioteca y ya no salí de ahí hasta muy entrada la tarde. Al salir, detuve un taxi, subí en él y fui a encontrarme con Juanjo en un café en Miraflores.

jueves, 23 de octubre de 2008

Espada

siempre he pensado que hace falta valor para romper las cadenas
salir a la noche, oscura y fría
arrastrando viejos trapos
perseguido por las bestias del polvo y por el
viento.

pienso que hay que sufrir bastante
saltar muros
arañar montañas
matar perros con las manos y los dientes
y sangrar sangrar sangrar
pero al final del camino
y al final de la noche
siempre hay un túmulo antiguo como nuestros padres
tallado en roca desnuda
roca elevada y cortante del desierto
esperando.

¿qué aguarda más allá de la luz y del céfiro
de los destellos de pirita y de las llagas
sobre la piel?
¿qué habrá en las profundidades cavernosas
que hace que me embargue el espanto?
¿será la certeza, puede ser,
de que no puedo confiar en mis hermanos
de que la bestia ha de devorarme si me encuentra
y de que no puedo esconderme
para siempre?

hay algo brillando entre los huesos
de mis muertos
algo en la profundidad de la caverna
fuego que grita pero no consume
es la prueba que necesitaba
de que aún respiro.

valor para romper las cadenas
¿qué tal para matar a mi hermano?
¿qué tal para matar a la bestia
sin necesidad de destrozarme las manos
o de partirme la mandíbula?

valor para abandonar las sombras
profundas de este mausoleo vascuence.
¿a la luz de la llama
en quién puedo confiar?

acero
certeza
en las tripas
en las tripas
nunca falla.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Freud

Lo primero que me viene a la mente cuando pienso en el Perú son los mochicas. Pienso en una gran extensión de tierra, en una llanura desértica vasta, inmensa, y en ella se despliega un contingente de guerreros mochica, centenares de ellos, todos guerreros de expresiones fieras, con la piel del color de los rayos del sol marcada con pintura de guerra y armados con sus garrotes, altos, mucho más altos que otros indios, y han cruzado el desierto provenientes de un gran templo, enorme como la mismísima llanura. En mi mente, el contingente de guerreros mochica va al encuentro de sus enemigos, otro grupo de guerreros indígenas, posiblemente de otra etnia, pero quizás no, quizás son moches también, no es importante, en realidad. También son guerreros del desierto, pero mucho menos imponentes, menos valientes y menos salvajes. El jaguar dentro de ellos, digamos, es mucho, mucho más liviano. El jaguar de los huacos mochica, el terrible dios felino, Ai Apaec, que se alimenta de los corazones de los hombres, el dios degollador. Ai Apaec favorece a los mochicas.
Entonces bueno, ambos contingentes se encuentran en la arena y luchan bajo un sol ardiente. Luchan durante horas, incesantemente, incansablemente. Es una lucha que a veces, en mi mente, se hace casi eterna, llena de detalles, llena de visceras y sesos que se desparraman sobre el suelo, cráneos que se abren en canal, que se deforman aplastados por los garrotes, astillados, de lanzas que vuelan por los aires, si es que los mochicas usaban lanzas, de las rocas de las hondas que quiebran los esqueletos de los soldados enemigos y de profundos gritos de guerra, altos alaridos que a penas pueden diferenciarse de los lamentos y la agonía de los vencidos. Se prolonga durante horas, a veces es casi desesperante, el sol en mi sueño se va poniendo y la arena se torna roja y a veces realmente no sé si es por la luz del crepúsculo o porque se ha teñido totalmente de sangre, tal es la carnicería. Pero supongo que esto no es importante, porque quiero decir, se trata de un sueño, de una ocurrencia, y en un sueño (o en una ocurrencia) uno no presta atención a esos detalles. La tierra se ha vuelto roja, punto. El sueño prosigue y uno realmente no presta atención al detalle.
Cuando el sol ha terminado de ponerse, los guerreros recogen a los vivos de entre los caídos. A pesar de la violencia, estos son muchos. Aquí es donde uno se da cuenta del poder de los mochica de mis sueños, porque no solo sus bajas han sido mínimas, si es que las tuvieron, sino que pese a la furia que han mostrado en el combate, se las han ingeniado para mantener con vida a sus rivales. La mayoría de ellos han quedado lisiados, han quedado tuertos, deformes, retorcidos, muchos si viveran se quedarían tarados de por vida, pero todos sabemos la verdad y esta es que no vivirán mucho tiempo. Todos son atados, y el contingente mochica les arrastra por la llanura, no muy lejos, no demasiado lejos, solo hasta su templo, hasta ese templo enorme del que salieron en un inicio y en donde esperan sus generales, los sacerdotes-guerreros del Degollador. Cuando han llegado, los sacerdotes-guerreros encienden hogueras y les separan de los prisioneros, marcándolos con pintura negra o carbón. Y entonces se abre paso a un gran grupo de mujeres, todas desnudas salvo por los amplios zarcillos que cuelgan de los finos lóbulos de sus oídos. Son hermosas, todas, tan altas como los guerreros, de cabellos largos que se confundirían con la noche si no fuera por el brillo de la luna en lo más alto, de curvas sinuosas, pecho amplio, cintura estrecha, en su lugar todo lo deseado, se entiende, y entonces las mujeres se acercan a los guerreros y ni siquiera se detienen a lavarlos, sino que los despojan de sus ropas y se montan sobre ellos, sin más. Se montan sobre ellos y la orgía que se inicia es monumental, es otro campo de batalla, una ola de sexo a la luz de las hogueras y alrededor de los que serán sacrificados, sexo violento, sucio, impuro, tan detallado, variado y creativo como el de los huacos, así de vivo, así de furioso, combustible, como animales, como monos, como jaguares, como dioses del sexo y de la muerte, todos bailando entre las llamas, oscuros, casi negros, como sombras que se funden en la arena.
Ni siquiera ha terminado la cópula cuando los sacerdotes-guerreros inician los cantos a Ai Apaec. Cantos ceremoniales. Cantos de guerra, o del solsticio de verano, no lo sé, pero cantos de ofrecimiento al terrible degollador, al fin y al cabo. Los guerreros, bañados en polvo, en sangre, en sudor, en flujos de sus propios cuerpos y de los ajenos, caminan hacia sus rivales vencidos y los hacen levantarse. Poco a poco, uno por uno, los hacen caminar hacia el altar donde espera el sumo sacerdote, sin que ninguno dude o trate de apartarse, están como drogados, o lo están. Y el sumo sacerdote no pierde tiempo, y sin mayor delicadeza, al tener la primera ofrenda ante él, le abre el cuello con su daga ceremonial, le abre el cuello de lado a lado y la sangre empieza a manar, y entonces, violentamente, le arranca el corazón del cuerpo, con movimientos practicados, rápidos, precisos, y a penas hay gritos, salvo los de los guerreros mochica, jubilosos, que contemplan como el sumo sacerdote devora el corazón en nombre de Ai Apaec. El cuerpo muerto es arrojado a las llamas del altar entonces, y se abre paso al siguiente sacrificio, y así se repite el proceso. Y es así toda la noche, un sacrificio tras otro, los enloquecidos aullidos de júbilo, los cantos ceremoniales, los gemidos sexuales, hasta el amanecer. Cuando los primeros rayos del sol de la mañana lamen suavemente las paredes del templo gigantesco, solo en medio de la llanura, toda del color de los huesos. El viento suave agita a penas la arena, y el calor, que ya puede sentirse, es tal, es tan sofocante, que me hace parecer que la realidad se agita, que las imágenes se distorsionan, se difuminan, como en un espejismo, como en un sueño o en una pesadilla. Y eso es lo primero que me viene a la mente cuando pienso en nuestro país, doc.

sábado, 11 de octubre de 2008

un poema light (escrito en la combi)

veo al horizonte y veo
veo
veo tu casa recortada por el sol
una entre tantas como ella
una azotea y un cristal y su reflejo
bajo las nubles
y a la luz del sol
son tantas
y todas podrían ser tu casa.

jueves, 9 de octubre de 2008

lata con gusanos

Manila estaba obsesionada con lo oculto y la brujería y todas esas cosas esotéricas, especialmente el horóscopo chino y la demonología. Fue gracias a ella que descubrí que nací en el año del Dragón a la hora del Dragón y que la fuerza me viene del planeta Saturno y que los garbanzos se pelan con bicarbonato. Cuando se fue, se llevó con ella la mayor parte de sus cosas raras. Se llevó sus dagas wiccanas, sus cartas del tarot, sus anillos de turquesa y madreperla, su hachís, las botellitas con sangre de alimañas y otros animales pequeños, recipientes de lo más raros y todos los libros de magia habidos y por haber. Por si fuera poco, además, se llevó al gato, la muy sucia. Supongo que pensó que era un trato justo, siendo ella la que se iba. Por supuesto, ahora yo tenía que pagar solo el alquiler y la gasolina. Y además, dejó aquí esa horrible lata con gusanos.
Nunca me gustó esa lata. Era asquerosa, y además olía terrible. Como a tierra muy muy vieja y a muerto. En realidad, no tenía nada de especial. Manila insistía en ponerla sobre la mesa de la cocina todos los viernes. Era un verdadero asco, y nunca pude entender qué podía tener de místico. Era simplemente una lata de frijoles vieja, llena de tierra apestosa y con gusanos que de tanto en tanto se alzaban y bailaban como una cobra ante un encantador de serpientes. Manila decía que alejaba los malos espíritus, que todos los viernes se daban una vuelta por los alrededores. Para mí aquello hablaba bastante mal de los entes sobrenaturales - ellos también eran esclavos de la ley de los viernes por la noche. Si no salían a joderle la paciencia a un hombre, no eran felices. En fin, al final la mujer salía ganando siempre y la pútrida lata se quedaba en la cocina, y luego los sábados y buena parte de los domingos todo el departamento olía a cadáver. En un principio aquél asunto era la causa de buena parte de nuestras peleas, pero debo decir que al final acabé por acostumbrarme, si bien nunca acabó de gustarme.
Así que bueno, cuando se fue Manila, mi sorpresa no fue tanta cuando encontré su lata de gusanos en una de las puertas del repostero. De puta madre, debo haber pensado en el momento, ya no tendré que comprar potpurri. Estoy seguro de que cogí la lata y la tiré en el basurero que hay junto al edificio. Luego fui a comprar unas cervezas y me pasé la noche viendo a las chicas en Cinemax. Después de todo, había que empezar a olvidar. La cosa es que a la mañana siguiente la lata estaba en el repostero de nuevo. Abrí para buscar el café y me encontré con esa porquería en mis narices, con esas feas lombrices bailando como el bicho de la gelatina. Y como ya dije, yo estoy seguro de que la tiré a la basura la noche anterior. Y vaya mierda. En el momento pensé que quizás estaba borracho cuando la bajé así que, posiblemente, no la había tirado sino que simplemente había creído haberla tirado. Pero la verdad es que no quedaba ni una gota de alcohol en el departamento cuando fui por las cervezas, así que aquello simplemente no podía ser posible. La lata había vuelto sola al repostero. Así había sido. Manila se había ido y ahora los poderes de lo chungo-sobrenatural me estaban acosando, encarnados en la forma de esa lata con gusanos. Y la muy puta se había ido sin dejarme un teléfono ni nada. Hippie de mierda. Así que bueno, hice algo que había visto que hacían muchas veces los curanderos en las expediciones a las que tuve que ir de tanto en tanto con Manila a cementerios y cerros en los feriados de Santa Bárbara y Santa Clara y no sé qué otras santas pero que seguramente no vienen al caso y esa noche me llevé la lata a un lugar despoblado, con tierra fresca y bien iluminado por la luna, y la enterré allí. Pero voilà, llego a casa y me encuentro con la lata de mierda sobre la mesa de la cocina, arrastrándose de a poquitos como queriendo moverse hacia el repostero. Así que la metí en la refrigeradora, para que se les congelaran los huevos a los putos gusanitos. Si es que los gusanitos tienen huevos, porque a todas luces no los necesitan. Quiero decir, ¿para qué necesita un pene un bicho con forma fálica? Y si tantas ganas tenían de andar tocándome los huevos, y tenían los suyos propios, era más que seguro que esos bichos horribles eran maricones. Por mi madre que sí.
Y nada, esa mañana desperté con el olor de la lata al lado. No quise abrir los ojos. Estaba realmente seguro de que estaba a mi costado, junto a la almohada, así que simplemente me levanté y me fui al baño a vomitar, sin mirar. Me golpeé la frente con el caño. Cuando me hube lavado, salí y sí, ahí estaba, la lata con gusanos junto a mi almohada, y los bichitos asquerosos estos disfrutando, mofándose de mi fría desesperación. Porque claro, yo actuaba con gran serenidad, porque estaba acostumbrado a que todo aquello que estuviera relacionado con Manila tenía que encerrar una gran carga de locura e inexplicabilidad y había que tener paciencia, pero Cristo, esa cosa empezaba a frustrarme, y esos gusanos no dejaban de bailar. Así que nada. Me robé una plancha de madera de la basura de los vecinos y estuve trabajando para aislar una de las puertas del repostero del resto del mismo. Era una plancha bastante grande, así que tuve que cortarla y como no tenía un serrucho ni nada parecido me dediqué a machetear la madera con el cuchillo grande de las verduras y luego a darle unos buenos golpes con el martillo. Los vecinos pitearon y la cosa casi se puso fea, pero al final logré terminar el trabajo. Y cuando aquél espacio estuvo separado de lo demás, guardé la lata con gusanos adentro, esperando que se dejara de estupideces y me dejara en paz.
Y en fin, la cosa es que finalmente llegó el la noche del viernes. Yo estaba viendo jugar a Alianza tranquilamente cuando las puertas de los reposteros empezaron a abrirse. Igual que las ventanas. Por si fuera poco, alguien me cambió de canal. Algún fantasma imbécil que me puso el canal del gobierno. El agua del wáter comenzó a correr con una velocidad que seguro me sacaría más dinero del que me sacaba la casera en medio año de alquiler y los platos y los cubiertos salieron disparados por todas partes. Una cuchara me golpeó en el ojo. Malditos espíritus malignos, pensé. Me puse de pie de un salto y corrí hacia el baño y me encerré ahí. Traté de pensar. Cogí el desatorador que había junto al wáter y rezando solo un poquito, abrí la puerta y corrí hacia la cocina, moviéndome y bloqueando platos voladores con el desatorador como un subnormal. Llegué hasta el repostero, abrí la puerta aislada y ahí estaba la lata de los gusanos, con las lombrices totalmente erguidas y agitándose como si les hubiera dado algo. Podían sentir las malas vibras, estaba seguro de eso. Así que cogí la lata, aún protegiéndome con el desatorador, y la puse sobre la mesa de la cocina. Y de repente, se oyeron unos gritos horribles que a mí me sonaban a griego antiguo pero que seguramente eran mensajes subliminales dichos al revés, que es bastante más diabólico que cualquier idioma clásico pero que igual no viene al caso, y todas las cosas empezaron a volar a su sitio y los platos rotos se sedimentaron y estoy seguro de que hasta la cuenta del agua bajó. Y los gusanitos, en su lata, sobre la mesa, bailaban y bailaban y bailaban y yo me sentí realmente mucho más tranquilo. Casi sentí que había hecho un buen negocio, cambiando el gato por aquella lata con gusanos. Caminé hacia mi cuarto, abrí el cajón de la mesa de noche y saqué un viejo cigarro dominicano. Volví a mi sillón, y con los ojos puestos sobre las piernas del Chancón Corzo, me puse a fumar en silencio.
A la mañana del viernes siguiente alguien llamó a mi puerta. Era Manila. Iba toda de negro, con sus collares y sus anillos y un libro viejo bajo el brazo y el pelo hecho una sarta de dreads castaño-grisáceos. Estaba muy bien.
- Hey nena, volviste.
- Me olvidé mi lata- dijo ella.
- Oh. ¿Trajiste al gato?
- No, el gato es mío, Nacho.
- Nena, no puedes tener al gato y a la lata. Debes dejarme algo.
- Te estás quedando con el auto y el departamento.
- Mani, por favor, con lo que cuesta el alquiler de esta cosa prefiero al gato.
- ¡Reo aurum satanis!- rugió entonces. Yo di un brinco y pegué un grito bastante gay. Me quedé paralizado. Vi a Manila acercarse a la puerta del repostero, abrirla y sacar la lata. Acarició las cabecitas de los gusanos y luego pasó por encima de mí.
- Adiós, Nacho.
Luego se fue y me dejó ahí tirado, inmóvil. Aquella puta. Alcé la mirada hacia el reloj de la cocina. Eran las nueve y diez de la mañana. Aún faltaba bastante para la noche. Esperaba recuperar el movimiento pronto. Tanta acción me había dejado comando. Y quizás tendría tiempo para comprarme un gato. Y para pensar un poco.

domingo, 5 de octubre de 2008

hijo del delirio

espíritu del dragón
sobre las cabezas elevadas
de la gente del pueblo de mi padre
que arroja ceniza sobre la tierra carmesí

espíritu de la noche
que penetra en las celosías
por mandato de la Luna Invisible
y frota sábanas de azur

cuando bebo aguardiente
vierto sobre la arena del desierto
el primer trago ambarino, translúcido
para el espíritu del Hombre Muerto

sus huesos son de hierro
mordaz a los anhelos de hombres y mujeres
en su permanente ritual de apareamiento
y hay que temerle o ahogarse en el Caos.

preparo entonces sobre mi mesa una vara de incienso
tomo una pastilla para el dolor de cabeza
elevo una plegaria al fantasma de mi sangre caótica
apago la vela

y me voy a dormir.

viernes, 3 de octubre de 2008

máquina verde

hay que roer la carne de
los huesos de los vivos y los muertos
moler las rocas en el suelo
y hacerlas astillas entre mis dientes
para ser un hombre fuerte y robusto.
los jugos en mi cuerpo
reclaman ácido sulfúrico
como enjuague fertilizante
del humus en mis órganos internos
sustento
de un homúnculo que albergo en el vientre.

domingo, 28 de septiembre de 2008

superhéroe


Una vez conocí a un superhéroe. Se llamaba Antonio Mussoni, pero le decían el Jaguar. Fue un vigilante enmascarado y estuvo activo en Lima durante unos treinta años, entre principios de los 60 y finales de los 80. Era el Happy Hour cerca del golf los Incas, allá por el año 97, y Mussoni era un hombre destruído, muy cerca de los sesenta años pero que parecía tener veinte más, flaco y gordo al mismo tiempo, de pelo blanco y ralo en la coronilla, manos arrugadas. Nos sentamos a beber unos tragos. Yo estaba de visita en la ciudad y me había presentado al viejo un amigo que ya por entonces trabajaba en el gremio detectivesco. Estuvimos dándole a las cervezas y le pedí a Mussoni, al Jaguar, que nos contara una historia de superhéroes. Nos contó la siguiente:

En el año 88 Sendero Luminoso secuestró al Senador Carrillo Urteaga en su propia casa, en San Isidro. La policía había estado tratando de negociar un rescate pero ya entonces sabíamos todos más o menos cómo acabaría la cosa. Así que la cosa iba un poco por el asunto de que el Jaguar estuvo involucrado. Yo no lo recordaba pero un tipo sentado cerca a nuestra mesa nos dijo, sí, sí, yo si lo recuerdo, salió en algunos periódicos, pero lo desmintieron. El gobierno no aprobaba el funcionamiento de vigilantes enmascarados.
En fin, Carrillo Urteaga era un tipo muy activo en la política de la época y un probable blanco de Sendero desde mucho tiempo antes del secuestro por lo que Mussoni había vigilado la zona con antelación. Conocía bien los alrededores y sabía de una posible entrada a través de un acueducto cercano. Pero para entrar iba a necesitar una fuerza tremenda, que él, a sus 47 años, ciertamente no tenía. Así que Mussoni, el Jaguar, asaltó la noche del 2 de julio la residencia de un traficante y se colocó con casi 800 gramos de cocaína. Tomó un taxi en la calle de enfrente y se bajó a una cuadra de la casa del senador, por la avenida Salaverry. Estaba duro como una roca.
El local frente al hogar de Carrillo Urteaga estaba conectado con la residencia vía acueducto. Residuos del dinero viejo. El principal problema era que el Jaguar no tenía idea de a donde le llevaría el acueducto, y eso suponiendo que lograra destartalar la vieja rejilla. Pero lo hizo. Es decir, lo logró. Rodeó los muros del local, burló a los agentes de policía en las cercanías e ingresó en el lugar sin mayores problemas. Cayó de espaldas en el jardín pero a penas sí estuvo un segundo en el suelo cuando se puso en pie y caminó con largas zancadas hacia la rejilla, encostrada en la parte más sucia del muro de cemento. Trató de jalar. Le dio de patadas. Jaló de nuevo y estuvo estrellando los puños contra el hierro oxidado hasta haber magullado la reja lo suficiente para arrancarla, pulverizándose de paso los nudillos de la mano izquierda. La derecha le resistió.
En fin, el viejo vigilante se agachó y se introdujo en el acueducto como pudo. Para avanzar fue toda una cuestión. Raspones, cortes, esguince en el pie derecho e incluso un dislocamiento de la cadera. Claro, todo eso no lo sintió hasta unas horas más tarde. En el momento era como una serpiente enroscada, dando un paseo. Sin mayores problemas para moverse entre el óxido y el fango y la mierda. Era todo bien simple. Y casi sin mayor planificación.
La idea original de Mussoni era que la tubería le llevaría a algún viejo sótano o depósito. Al final le llevó al lugar más parecido. Cuando al fin encontró lo que parecía la parte posterior de un wáter, y reventó la mampostería de yeso y loseta a patadas, el Jaguar se encontró en el cuarto de servicio de las empleadas. Junto con las dos mujeres estaba la hija más pequeña del senador. Las tres estaban atadas y amordazadas. Las desató y como pudo les indicó que huyeran por el acueducto, pero la más grande y vieja de las domésticas se vio incapaz de realizarlo. El espacio era demasiado estrecho para ella. Les resultaba asombroso que un hombre como él hubiera podido lograrlo. Él, sin embargo, no se encontraba en estado de asombrarse.
Aún así, tuvo suficiente lucidez para imaginar que el ruido alertaría a los senderistas. Se ocultó detrás de la puerta y esperó con la cabeza como en una fragua debajo del Etna. Cuando dos centinelas armados entraron en la habitación, Mussoni les esperaba con un gran trozo de cañería entre las manos. Los desarmó. Y los golpeó. Los golpeó sin cesar, una y otra vez. Probablemente hasta matarlos. Aún así hubo disparos. Las balas mataron a la empleada doméstica, y a él lo hirieron arriba de la rodilla y en la pantorrilla. Sangraba, pero no demasiado. Tomó el arma de uno de los terroristas. Salió del cuarto de servicios, cruzó por el patio y se movió de la cocina a la sala.
Los demás senderistas pensaron que la policía había ingresado en la residencia. Mataron a Carrillo Urteaga. Trataron de llevarse a la madre y a la hija mayor por el patio. Detrás de ellos, el Jaguar decidió jugársela. Todo o nada. Demasiado drogado para pensar claramente. Mientras corría abrió fuego contra los senderistas. A uno le destruyó el cráneo. Luego golpeó a otro con el arma, como si fuera un garrote. Trataron de dispararle, pero se aferró al cadáver como a un escudo humano. Entonces mataron a la mujer de Carrillo Urteaga, frente a la niña, frente a él, como una advertencia. Le dijeron que se arrojara al piso, que se llevara las manos a la cabeza, que se agachara. Mussoni nos dijo que tuvo la intención de hacerlo, pero que cuando su cerebro dio la orden, su cuerpo no respondió. Tan solo atinó a dar pasos al frente. Hacia el líder de los senderistas, el que tenía a la niña.
Entonces se oyeron más disparos en la residencia. Sirenas. Gritos de advertencia, informando que la policía había entrado en la casa. El Jaguar se lanzó sobre el tipo. Todo su peso como un saco de plomo contra el del hombre que tenía presa a la niñita. Los aplastó a los dos, al terrorista y a la niña, que no dejaba de llorar. Los hombres corrían al interior de la residencia o trataban de huir como podían. Pero el Jaguar no dejó que el líder huyera. Ahí, encima de él y de la niña, le rompió el cuello. No hubiera podido hacerlo sin la droga, nos dijo. No es como en las películas. Así nada más no le puedes romper las vértebras a otro hombre. Pero él lo hizo. Con un fuerte snap. SNAP. Y el hombre empezó a orinarse y a convulsionar, y la niña lloraba. El Jaguar se levantó y la niña corrió donde el cadáver de su mamá. Luego trató de correr hacia la casa, hacia los tiroteos. Mussoni la cogió por el vestido y la sacó de allí, trepando por el muro del jardín. Una vez afuera, la policía los agarró.

Cuando le preguntamos cómo le fue en prisión, nos dijo que no le fue. Tenía tanto hidroclorido en la sangre que abrió a patadas la puerta del auto de policía. Se lanzó a la calle. Corrió. Escapó. Robó un auto. Con todo y esposas. Atendieron sus heridas en un hospital en Oxapampa. Luego huyó a Bolivia, y estuvo allí varios años. Hasta la fecha del autogolpe, más o menos.
Suena como un empleo ingrato, eso de ser superhéroe, le dije. Entonces Mussoni me miró con esos brillantes ojos verdes suyos, verde ajiaco, como los soles de una galaxia distinta (pude entender por qué le decían el Jaguar). Me mira y me dice, sale más a cuenta ser detective. Investigas y te quedas afuera. No te metes en el asunto. No creas lazos. No se hace personal. Es más práctico.
Entonces mi amigo, el que ya era detective, se ríe muchísimo, y pide tragos para los tres. Pero ya se había acabado el Happy Hour. Así que nos tuvimos que ir. Nos paramos y dejamos al viejo vigilante ahí, solo. 

Uno de estos días voy a hacerte pedazos

los jueves camino largo durante un buen par de horas
los autos pasan al lado, siempre muy cerca
y la luz del sol de primavera se refleja en mis lentes
oscuros
y pienso en la posibilidad de detenerme
un momento en la ferretería
¿cómo me irá hoy en los caballos?
¿cómo estará mi sistema circulatorio?
¿tendré nuevas posibilidades?
¿qué será de mí mañana, el sábado y el domingo?
¿y el lunes?
hay una pequeña niña en una banca
se prende del pelo de su madre
tironea con coraje
no le teme a mamá
es como un duendecito negro prendido a un neurosistema
generando suaves y constantes pulsaciones de odio
el hombre de la ferretería me dice que no puedo fumar adentro
aún queda mucho cigarrillo
así que doy un paso afuera
salgo de ahí
impávido, sin mucho apuro
cualquier día puedo pasar por la ferretería
como cualquier día puedo estrellar el auto contra la barrera del
-------/ sonido
un paso, dos pasos, tres pasos y estoy fuera de la galería
y me encuentro al sol, nuevamente, con sus rayos brillando sobre
-------/ los autos a mi lado
y pienso, voy a seguir caminando
unas cuantas horas
hacia el ocaso.

martes, 23 de septiembre de 2008

El Piso

Vivíamos todos en un piso pequeño en el casco viejo de Gasteiz. Éramos tres latinoamericanos y dos españoles y todos trabajaban o hacían algo menos yo. Yo simplemente solía andar tirado en el departamento, bebiendo o leyendo, o leyendo en la librería que había a la espalda del edificio. De tanto en tanto venían chicas a nuestro piso y hablábamos y me preguntaban qué era lo que hacía yo. "Soy escritor," respondía, y de tanto en tanto eso me conseguía un polvo. No era una vida mala del todo. El único asunto era la sensación de sentirme inútil, que a veces era más fuerte que yo. A veces. Otras simplemente me relajaba, me fumaba un cigarro y tomaba una cerveza mirando a través de la ventana algún punto indeterminado en la calle, o incluso en la pared. Me gustaba más mirar la pared.
De los españoles solo uno era vasco y ese era el que solía traer provisiones. Vino barato, cerveza, a veces una botella de vodka. Cannabis, hongos, ácidos o alguna otra cosa, siempre dentro de lo natural. A nadie en la casa le iba lo sintético, o eso les gustaba decir.
De los latinos había un uruguayo, que era el responsable de que tanto en tanto hubieran chicas. Era pintor, pero más parecía un actor de la tele. No teníamos problema con eso. Traía buen material para sus cuadros y todos nos beneficiábamos.
Luego eran un mexicano que trabajaba en una tienda de zapatos y un aragonés que estudiaba ingeniería. Yo era el único que realmente no hacía nada.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Tres Poemas para Mí

I

Busco mi lugar
entre las lagartijas
bajo la arena y las rocas

Me acaricia el sol
la cera se derrite
y contemplo la belleza de mis amplios muros

En mi cuarto hay fragancia de azufre
vive el espíritu del fuego
Soy el hijo de la lanza y el martillo.


II

Más allá del pasillo y en medio de los cuartos
hay un reflejo en el que el sol rinde homenaje
a la luna
entre bocas y alas y aleteos

Ahí entre los vellos como algas
se forma a menudo un remolino
en el verde profundo de aquél pozo
donde se encuentran el jabón y mis pelos.


III

Salud por mí
bebo un ron y una cerveza
me fumo un cigarro
me tomo mi tiempo y me corto las uñas

Tengo que escribir esta semana
(no quiero) me da flojera
Pienso en el almuerzo de este día
¿qué me voy a cocinar? (¿me?)

Si me acerco a la ventana veo un parque
Si me duermo sobre la cama veo calma
Si escribo escribo y escribo encuentro mi locura

Estoy solo y en pijama.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Into the void

Marta está de pie ante la vorágine, con un embarazo de seis meses y las mamas consumidas por un cáncer efebo. Vive en un cuarto piso de un edificio con azotea y vista al mar, gris, peludo, enardecido. Tiene un vecino en un departamento del segundo piso, un pollero que la llama por teléfono. Cuando desciende a hacer las compras y pasa por el pasadizo hay letras de crayola encendida que le escupen insultos a la cara y la desnudan y le tajean el cuerpo. Debe aprender a bajar más lentamente, procurando no alertar. Pero el pollero tiene buen oído y buen olfato, siente en el aire la vibra de sus feromonas pálidas y desencajadas, circuncidando al gusano, resonando en los salados recovecos. La llama cuando regresa y le da un susto terrible y la pobre Marta suelta las bolsas sobre la alfombra percudida y tiembla y se esconde de su propia mirada en el espejo, y la llama nuevamente alrededor de la media noche cuando ella duerme y se acaricia la barriga y le dice quiero chuparte aquellas bolsas de canguro, esas medias, esos trapitos cosidos, y atragantarme con ellos. Marta cuelga. Pero el pollero sigue llamándola y mirándola desde la rendija. Así que, cubierta en la frazada de piel tocaya, bañada en el rocío de los muertos, Marta se lanza a la vorágine.

Transporte público

Me veo a mí mismo como a un esclavo del sistema de transporte público. Si los pasajes subieran cincuenta centimos yo tendría que cogerme el hígado con una mano y pagar el pasaje con la otra sin discutir demasiado. Moverse por Lima para mí es sinónimo de combi u ómnibus, especialmente moverme hacia la universidad.
A veces uno ve algo interesante en las combis, y muy de vez en cuando conoce a alguien. El semestre antepasado yo conocí a Adela, en lo que para mí era un momento crítico. No sé si pueda decir que soy un adulto, especialmente porque desde mi punto de vista, según un criterio estricto, no he conocido jamás a una persona adulta. Sin embargo, como persona, a secas, puedo decir que el tiempo del semestre antepasado acabó de definirme. Yo hoy soy los libros que leí, las cosas que sentí y las personas que conocí entre agosto y septiembre del año pasado. Por eso digo que era un momento crítico.
Acababa de regresar de Estados Unidos. Ella estaba sentada al fondo del micro y me senté a su lado. Normalmente me hubiera sentado adelante o pegado a una de las ventanas, pero todos los asientos estaban ocupados salvo ese. No recuerdo cómo empezamos a hablar. Probablemente a raíz de algún tema trivial relacionado al cobrador, como el carnet universitario, que en esos meses había vencido. Aunque es poco probable, porque Adela no iba a la universidad.
Todo fue muy rápido y muy extraño. Yo me dirigía a clase y ella a la embajada de España a aplicar a una visa de trabajo. Paramos el micro en La Victoria, cerca de Tater Ledgar, y caminamos hasta un hostal de la zona. Pagamos por una habitación y un paquete de condones nacionales, y allí estuvimos tirando cerca de tres horas. Cuando terminamos, hablamos un poco más sobre nosotros.
Adela trabajaba con sus hermanos como vendedora en un puestecito en Wilson. Vendía calcomanías, afiches, pines, tazas, lapiceros, todos con logos escogidos por los clientes. Su madre vendía jugo de piña en alguna esquina cercana. De su padre no hablamos. Solo mencionó que había sacado la visa y trabajaba como obrero en España.
Yo le conté la única historia que tenía. La de mi viaje y la carrera que había escogido. Adela se rió. Dijo que era un poco pronto para que decidiera ser artista. También dijo que era el último romántico, con esa forma de hablar que tenía, que me parecía de lo más curiosa. Sonaba totalmente como una mujer de clase media alta, aunque una especialmente cínica. Nos duchamos, nos vestimos e intercambiamos números de celular. Messenger no tenía. Le parecía huachafo.
Nos llamábamos por teléfono poco, pero con religiosidad. Aunque suena casi irónico meter la religión aunque sea de refilón en la historia de nuestra relación. Al cincuenta por ciento de las llamadas seguían las visitas al hostal. Nos volvimos asiduos. Nuestras conversaciones, basadas en las interminables rutas diarias que recorríamos en el transporte público eran los preliminares de nuestros encuentros sexuales, que en una sociedad clasista (y racista) como la nuestra, siempre tenían algo de culposos. Al menos por mi parte.
De tanto en tanto surgían conversaciones sobre los sueños. Literales y en sentido figurado. Ella quería irse a España, casarse con algún español rico (catalán) y no tener que trabajar más. Típico. Pero en contraste, también soñaba con ser diseñadora. No había estudiado nada, pero le encantaba dibujar ropa y a veces incluso me enseñaba algunos diseños hechos con lapiceros de colores en algún cuadernillo Loro o Minerva que guardaba en su cartera. También me contaba que alguna vez pensó en hacerse policía, lo que hacía que me riera.
Una noche fuimos a un chifa junto al hostal, no muy grande, pero limpio. Pedimos platos de arroz chaufa y creo que los dos pedimos sopa wan tang, o al menos yo lo hice, por el frío. Adela me contó que finalmente había tenido su cita en la embajada y le habían negado la visa. Volvería a aplicar, por supuesto, pero se sentía abatida, lo que a mí me parecía perfectamente normal. Le conté que había conocido a una chica, mi vecina, en un reencuentro de los amigos del barrio y que me había gustado un poco, pero que no creía que sucediera nada. Entonces le ofrecí comprar una botella de vodka y vaciarla entre los dos, y después irse cada uno para su casa antes de que el alcohol terminara de subirnos a la cabeza. Ella aceptó, pero no tenía más dinero, así que pagué yo. Compramos la botella en un grifo y estuvimos caminando y bebiendo un rato, hablando. Recuerdo que terminamos en el hostal de nuevo. Por la mañana desperté en mi casa, empijamado. No he vuelto a beber vodka puro desde entonces, aunque he estado acariciando la idea de hacerlo en los últimos tiempos.
En los días que siguieron, alrededor de la quincena de noviembre, comencé a hacerme cada vez más amigo de mi vecina. Nos empezamos a ver más seguido y finalmente tuvimos un indolente encuentro borracho que comenzó en mi jardín y terminó en el cuarto de servicio. No voy a dar detalles, solo diré que no tuve mi mejor desempeño, aunque igual la pasé bien. Después de eso me enfrasqué en la idea de conseguir algo un poco más consistente con la vecina y no volví a llamar a Adela. Coincidentemente, ella tampoco me volvió a llamar.
Ahora leo bastante. Quiero decir, en estos días, he estado leyendo bastante, por placer, para mejorar mi técnica, pero también porque estoy solo. En la combi y en el micro leo muchísimo, página tras página, ignorando al cobrador, al chofer que silba, a la radio e incluso a los demás pasajeros. Es raro que algo me haga separar la mirada de mi lectura, especialmente otra persona. Ando muy concentrado. Aún así, hace unos días llamé por teléfono a Adela. Yo había cambiado mi número pero tenía la esperanza de que ella no lo hubiera hecho. Esperanza vana, supongo, porque parece que el teléfono ya no existe. Quería preguntarle si había conseguido sacar la visa, porque ando dándole vueltas al asunto de emigrar a Europa desde hace un tiempo, y bueno, ver si nos encontrábamos por ahí. Pero todo parece indicar que eso no va a pasar. Espero que no se haya cambiado de número simplemente. Creo que lo justo sería que los españoles le hayan dado la visa.

martes, 2 de septiembre de 2008

un martes

Estuve durmiendo casi veinte horas. No podía quejarme. Afuera de mi cuarto la gente se había estado moviendo y moviendo desde muy temprano y yo prolongué mis horas de sueño conscientemente. Como todo un gran hombre. Me levanté y me acerqué a la computadora, dispuesto a darle una ojeada a mis cosas. Nada interesante. Fui al baño. Estuve leyendo y escuchando música un rato. Luego simplemente estuve tonteando, contestando las llamadas de la casa, molestando a la empleada.
De desayuno me comí un panetón y me preparé un café con chocolate. Luego saqué el vino de la congeladora para que deshielara. Arriba una vez más, prendí la terma y dejé sobre la cama la ropa que pensaba ponerme luego de ducharme. Encendí un cigarrillo y me dediqué a fumarlo mirando por la ventana. Pensando.
¿Los sueños son como las patadas? ¿Sí o no? Quizás cuando la voluntad no era suficientemente fuerte, pero aún así, ¿la voluntad me podía dar mi mujer y mi millón de dólares? No. O quizás simplemente yo no los deseaba realmente. Al menos, no el millón de dólares.
Veinte años. Exactamente igual que con diecinueve, pero más viejo. Y aún no lo suficientemente viejo para que hiciera una diferencia. Quizás tendría más suerte el siguiente año. Al menos a los veintiuno podría beber en el aire, con o sin barba.
Cuando me acabé el cigarro dejé la colilla en mi lata, bajé a la cocina y fui por el vino, aún algo congelado. Mi mamá cocinaba. Me miró.
"¿Qué has hecho con ese vino Sebastián? ¡El vino no se puede congelar! Ahora solo sirve para vinagre. No te puedes tomar ese vino."
"Mjm."
"¡No te puedes tomar ese vino!"
Cogí el vino.
"Mjm."
"No te puedes tomar ese vino, ¿me oyes?"
"Mjm."
Salí de la cocina con mi vino bajo el brazo. Subí y lo dejé en el clóset. Me senté frente a mi computadora y vi que me había bajado un disco que había estado tratando de descargar desde hacía meses. Y pensar que casi lo había sacado de la lista. ¿Lo había deseado bastante fuerte? No, la verdad era que simplemente me había olvidado. Lo abrí y me puse a escucharlo. Era genial.

domingo, 31 de agosto de 2008

El asistente

Teníamos este bicho parado sobre las manos, con la cabeza entre las piernas. Era terriblemente grotesco. Qué puedo decir, es lo que sucede con las tiendas de curiosidades. Chicho y Martín y yo abrimos la tienda porque realmente no teníamos nada más que contactos y muchas ganas de patear piedras así que pensamos, por qué no. Y un día el abuelo de Chicho, que vivía en Liberia, nos trae este gran bicho, horrible, vestido como un pingüino sucio y apestando a madera podrida. Y el viejo viene y nos dice, bien, pónganlo en la vitrina. Sí así no atraen clientes, mierda, nunca los atraerán. El pollo está descabezado antes de haberle quitado las plumas. O algo así, porque verán, yo no sé en qué orden viene eso de desnucar a los pollos, es solo una frase, ¿me entienden?
Y bueno, tanto como que muchos clientes no atrajo, el simio este, el bicho, pero algún curioso si que entraba. Algún curioso con su enamorada, con su amigo, con su hijo menor. Unos cuantos, entre hora y hora. Y ahí estaba, dando vueltas alrededor del piano de Ornstein, persiguiendo las termitas en la alfombra, hostigándonos con esos cantos terribles y armoniosos, detestables, brillantes e insoportables, como los aullidos de un lobo en medio de una ópera. Habían días en que no lograba soportarlo. No podía mirarlo, ahí, con la cara pegada a las ventanas, masticando, siempre masticando y gritando, girando con esas manos pequeñas y callosas. Habían días que simplemente me encerraba, me daba un trago, me ponía generoso con mi debilidad, lloraba y me sacaba las legañas y me preguntaba cómo habíamos podido llegar ahí, cómo habíamos podido llegar a eso. Y la respuesta no llegaba nunca. Solo la resaca, las deudas, el paro.
Martín también lo ignoraba. Martín y yo tratábamos de ignorarlo, ya lo he dicho, pero Chicho no podía, Chicho contemplaba las dagas de marfil del Líbano, las liras de Micenas, las mantis negras de Madagascar, y a aquél bicho horroroso y nos decía, miren la confianza que nos tiene mi abuelo, miren estas maravillas, todas aquí, todas en nuestra tienda. ¿No es maravilloso?, decía. ¿Preferirían hacer alguna otra cosa?, preguntaba. Y nos invitaba a irnos. Nos decía que él tenía la mayor parte de los contactos, que él era el jefe de verdad. No lo era, pero entonces nosotros desviábamos la mirada, tratábamos de esquivar sus ojos acusadores, solo para encontrarnos con aquél horrible esperpento, parado sobre sus sucias manos.
Llegaba algún dinero todavía en aquellos días, pero me estaba volviendo loco. Quiero decir, era terrible, indignante. No podía con mi vida, volcaba mis penas en mujeres de la peor clase, esas putas de tetas enormes y terribles que esperaban a la vuelta, no podía hacer nada más que ahogarme en ellas, hundirme en sus cuerpos, alcoholizado, resacoso, endeudado. Me vuelvo repetitivo, lo sé. La cosa no avanzó mucho más. Rezaba día y noche entre dientes picados porque algún hombre, algún alma caritativa, llegase a la tienda de curiosidades, quiero decir, a nuestra tienda de curiosidades, la que hacía ya tanto tiempo habíamos abierto Chicho, Martín y yo, con el capital del abuelo de Chicho, y se llevase a aquella cosa horrorosa, a aquél bicho intolerable e infernal. Y así fue, un día, cuando menos lo esperábamos, a las 3 de la tarde, con Alan García Presidente y el Municipal en la televisión ganándole a los potrillos por 3 a 1 apareció aquél hombre alto y noble, de pelo ralo y rasgos como de un águila, y entró y se sentó a la pianola, levantó la tapa lentamente y pareció estudiar las teclas poco a poco, muy lentamente, como si inspeccionara las partículas de polvo entre las ranuras. Y entonces, al volverse, cuando contempló a la criatura, se puso de pie, caminó hacia mí, el único que se encontraba a esa hora, ese día, en la tienda, sacó su chequera del bolsillo y me dijo, ¿cuanto por el mono? Y yo me le quedé mirando, boquiabierto. Le dije que no lo sabía, que era la pura verdad, porque no me había acercado nunca lo suficiente para mirar la etiqueta con el precio. Lo que no le dije fue que no me atrevía, que me repugnaba, que su sola cercanía me daba nauseas, arcadas, que me provocaba estrellar el cráneo deforme que asomaba entre sus piernas contra las paredes, contra el suelo, contra los peñascos más agudos de un desfiladero. Entonces ese hombre, ese noble hombre, cogió al bicho por la cintura, miró la etiqueta y sacó su chequera. Y lo compró, junto con el piano. Nos dio su dirección, y nosotros le facilitamos el instrumento musical. Y el bicho, por supuesto, el cual se llevó ahí mismo, sin más. Y yo me sentí realmente aliviado, como no me había sentido en mucho tiempo. Entré a la trastienda y me serví un vaso de whisky y lo sentí bajando por mi garganta hasta el fondo de mis entrañas, calentándolas. Más tarde, cuando Martín y Chicho se enteraron, Martín casi hizo una fiesta. Chicho nos miraba con recelo, desconfiado, pero el dinero estaba en el mostrador, los datos de aquél noble salvador de cabello ralo y plateado, todo estaba ahí. Todo era legal.
Pasó el tiempo. La gente dejó de venir a nuestra tienda. Tuvimos que cerrarla. El abuelo de Chicho perdió todo. Chicho mató a Martín. Y yo, ahora...

jueves, 28 de agosto de 2008

Relato de fin de semana

L escribe de tanto en tanto en un blog de internet. A Q le gusta lo que escribe L y un día entra en contacto con él. Se da cuenta de que se han visto antes en la universidad y Q llega a la conclusión de que realmente hay algo que le intriga sobre L. L no parece sentirse realmente intrigado por nada. Él solo quiere tirar piedras.
Q y L hablan cada vez más. Q quiere saber cada vez más sobre L y quiere que L sepa cada vez más sobre ella. Hablan por teléfono. L hace algún comentario, muchos "mjm," prestando atención pero nunca demasiada. Solo la suficiente. Q se pregunta si después de todo L es diferente o solo un poco tonto. Decide que quiere acostarse con él.
Un día L llega a su casa borracho y se conecta en el Messenger. Q lo ve aparecer y le pregunta cuando puede encontrarlo solo en su casa. L responde que nunca, pero que en el piso de abajo nadie los molestará. Q trata de negar que esas sean sus intenciones. Le dice a L que esas no son sus intenciones. L no parece hacerle caso. Le dice que vaya a su casa. Le dice que quiere que vaya. Q se rehusa y L insiste hasta que el asunto comienza a hacerse un poco cansino. Ante las negativas de Q, L decide seguir bebiendo. Finalmente la curiosidad y el deseo de Q pueden más que su recato y le pide a L su dirección, y este se la da. Entonces Q sale de su casa y toma un taxi.
Cuando llega a la puerta de la casa de L, Q coge el celular y le da una llamada para avisarle que está afuera. L va al cuarto de su hermano, coge un condón y se lo guarda en el bolsillo. Luego baja a abrirle la puerta a Q. La hace pasar por el jardín, comparten un par de palabras, luego la lleva a la sala. L empuja a Q en un sofá y la besa. No soporta el sabor que siente en su boca. Le ofrece un poco de ron, pero ella se niega. L vuelve a besarla, ignorando ese sabor que no acaba de desaparecer, y entonces se baja el pantalón. Pese al alcohol tiene una buena erección. Lleva la mano de Q hacia su miembro y le da un trago a la botellita de ron. Ella lo besa y él le ofrece un trago. ¿Por qué tanta insistencia? pregunta ella. Me gusta el ron, dice L. Q acepta finalmente, bebe y comienza a masturbar a L lentamente, suavemente. Parece insegura, confundida. Por su parte L no está inseguro ni confundido. Quiere tirarse a Q y listo. No quiere nada más de ella. En el fondo, Q lo sabe. Cree que no le importa. Quizás no le importe. No es importante.
L le sube la camiseta a Q y le desabrocha el sostén. Comienza a jugar con sus pezones despacio. Los lame y los besa, los mordisquea. Luego la besa de nuevo y la insta a que le haga sexo oral. Q acepta. Agacha la cabeza y se lleva el sexo de L a la boca. No tiene mayores problemas, no le incomoda. L lo está disfrutando. Le dice a Q que sabe hacerlo, que lo hace bastante bien. Le dice que le gustaría correrse en su boca, pero que no sabe si ella tendría problema con eso. Que a muchas chicas no les gusta. Q le responde que no es tanto una cuestión de gustos como de qué tan lejos esté dispuesta la chica a llegar. L le da vueltas a la frase pero el ron no le deja entender. O quizás es solo una mala frase de parte de Q. No es importante.
L trata de tocar el sexo de Q, pero esta no lo deja. Insiste, pero ella no lo deja. No se deja por nada. Él la besa. Bebe un trago de ron. Juega con sus pezones. La toca. Lleva su mano a su boca, ella le chupa los dedos. Una vez más trata de tocar su sexo. Esta Q se deja. L mete dos dedos y Q gimotea con fuerza. Los mete y los saca y ella sigue gimiendo, pero más despacio porque L le indica que sus padres están arriba. Al fin, L saca el condón de su bolsillo y lo abre. Le indica a Q que se la chupe de nuevo. Q lo hace y al rato L retira el pene de su boca y lo viste con el preservativo. Entonces ella se sienta sobre él y lo hunde en su sexo sin problemas. Se mueven. Se mueven. Q salta y balancea sus caderas con las manos de L posadas sobre ellas y este embiste y embiste. Q suspira. Te odio, susurra. Te odio. Te odio. Te odio por lo que me estás haciendo. L se ríe. Bien que te gusta, pendeja, le dice. ¿Por qué ya no escribes en tu blog? pregunta Q entonces. Estoy deprimido, responde L. La tenías precisa, maricón, dice ella. Se ríen.
Te la quiero meter por el culo, dice L entonces. No, dice Q sin dejar de moverse. Te la quiero meter por el culo, repite L. No. L insiste y Q sigue negándose. Sus movimientos se hacen más fuertes. L insiste una vez más, es decir, le dice a Q que se la quiere meter por el culo. ¿Por qué tanta insistencia? pregunta Q. ¿Cuál es la gracia? Que tú no quieres, dice L. Entonces Q se retira y se pone a cuatro patas. L se monta detrás de ella y abre sus nalgas. Trata de introducir el pene entre ellas, pero es muy grueso y Q es muy estrecha. No se rinde, sigue tratando, pero entonces Q empieza a llorar. No, no, no, dice. No otra vez, no. L no entiende lo que sucede, se asusta. De golpe se le ha pasado la borrachera. Cree haber escuchado un ruido arriba, proveniente del cuarto de sus padres. Mientras Q llora arrodillada sobre el sillón, L se pone de pie y se sube los pantalones. Guarda silencio unos segundos y comprueba que sus sospechas eran infundadas, y entonces abraza a Q. Le dice que no harán nada que ella no quiera. Que él no la obligará a nada. Le da un beso y la ayuda a vestirse. Salen al jardín. L le da un trago a su ron. Hablan, ella enciende un cigarrillo. Conversan un rato y él le ofrece un poco de ron, pero ella se niega.
Caminan fuera de la casa y siguen caminando un rato. En el camino L va perdiendo misticismo. Le dice a Q que aquello no va a repetirse. Ella entiende. Siempre es lo mismo con los chicos, piensa. L piensa en cambio que siempre es lo mismo con la gente en general. L le dice a Q que no va a ser tan mezquino como para decirle que aquello no se va a repetir porque le preocupan sus sentimientos. Él odia la mezquinidad. Le dice que no va a repetirse porque simplemente él no quiere repetirlo. Q asiente con entendimiento. Le pregunta si hacía falta explicar todo eso, si hacía falta explicar nada. L se ríe. Le dice a Q que no, pero él es humano después de todo. Le pasan por la cabeza las mismas cosas que a todos. Pero no, ella tiene razón. No hay sentido en decir que no volverá a pasar, dice. Al final, uno nunca sabe lo que pasará. Se ríe.
Q detiene un taxi. Negocia con este el precio que ha de cobrarle para llevarla hasta Miraflores. Luego se despide de L con un beso en la mejilla y este ve como el taxi se aleja en la noche. Camina un rato a solas, arrastrando los pies y bebiendo algunos tragos de ron. Algo le incomoda debajo de los pantalones. Por un momento cree que le ha dado un calambre en el pene. Decide bajarse los pantalones y se la mira. Ha olvidado de sacarse el condón. Se ríe. Lo tira en la calle y sigue caminando.

martes, 26 de agosto de 2008

dos chicas lindas

voy en el micro
con una libreta en la mano y pensando
el viento nos pega a todos y lo sentimos
pero no duele del todo.
voy adelante y miro hacia un cruce antes de cruzar el puente
dos chicas
veo sus caras y sus pelos iguales y me gusta mucho
lo que veo
nunca había visto por aquí a esas hermanas
me digo, nunca más voy a volver a ver algo así
ellas me miran a mí
y nos vamos, me largo, se quedan, todo al ritmo del micro y del
---------/ viento
es un knock out.
cuando despierte, ya no estarán allí
solo un garabato
en mi libreta.

sábado, 23 de agosto de 2008

personalidad

no tengo personalidad
soy un dátil con tocino
y crema.
me gusta mirar por la ventana y ver
las miradas angustiosas de los niños que van perdiendo
en su juego
la paloma-vaca que arrastra la cola por el pasto
los autos
ajenos.
pienso en una metáfora
reflexiono al respecto
y llego a la conclusión
de que las metáforas me aburren.

jueves, 21 de agosto de 2008

incendio

conocí a esta mujer un día
era salvaje
estaba loca.
me dijo que quería leer un libro
así que se lo presté
tardó meses en leerlo.
me empezaba a gustar esa mujer
decidí conformarme con
dejarlo ahí
aunque definitivamente quería que me devolviera mi libro.

un día la acompañé a su casa
se quedó dormida
me hizo pensar que yo era
realmente aburrido
pero mírame
soy un tipo divertido
muy muy gracioso
jojojó
mas ella era puro fuego elemental
y yo era solo un cavernícola
dispuesto a encerrarme en mi cueva.

meses meses meses
tuve que darle alcohol para desatarla
y vaya si se desató
vaya si movimos esa cama
hasta el corazón del abismo
semanas semanas semanas
dos semanas
tal vez tres
no duró demasiado pero vaya que todo era bueno

cuidado con hacerle cosquillas
probablemente
me mordería
había que tener cuidado con lo que decía
no fuera a ser que provocara un exabrupto
de esa mágica criatura
un "nonono yo sé que no debería pero no puedo nonono"
y yo me quedaba mirando y reía/
pienso que quizás debí reír
un poco menos/
pero es que no podía evitarlo
con sus ojillos
esa cara llena de terror
llena del más absoluto terror negro
con un ligero tufillo a muerte.

entonces llego a casa
y me siento a escribir
y a hacer bromitas
y a corrérmela evitando pensar en nada más que en el video
o en la historia
o en lo que sea que tenga
a la mano
"¿en qué estoy pensando?"
me pregunto cuando llego
"esto no tiene sentido."
pero no es un gran descubrimiento
reconocer que nada lo tiene.

lunes, 18 de agosto de 2008

párrafo garabateado en un bloc el año pasado

"Yo era bueno para dos cosas en la vida: escribir y desaprobar cursos en la universidad. También me gustaba comer chocolates y masturbarme. El vodka no me resultaba agradable por su sabor tanto como por saber que el calor que me producía en el pecho era sinónimo de ir cagándome el hígado, y de paso, los riñones."

(Lima, en algún momento entre marzo y julio del 2007)

viernes, 15 de agosto de 2008

relaciones 2

Cuando el Chato y Amanda dejaron de tener sexo, el Chato se sintió realmente destruido. Amanda estaba muy bien, con una espalda y un culo como pocos, curvados, casi neumáticos, lindos lindos lindos. Pero la cosa iba más allá de eso. Realmente se había apegado a ella. En cierta forma la adoraba. Adoraba pasarse las horas abrazado a ella, sintiendo su cuerpo pegado al suyo y sus manos debajo de sus pantalones, tan solo acariciando el vello en su entrepierna. Adoraba los chistes que solo se sentía en posición de hacer como pareja sexual de Amanda. También adoraba su inseguridad y sus accesos de locura, pero la verdad era que esa locura fue la que llevó a esa grandiosa mujer a dejarlo, o eso se decía el Chato en su simplicidad.
Así que un día el Chato llamó por teléfono a Valeria y empezaron a salir. Valeria no tenía el culo y la espalda de Amanda, ni estaba tan loca (al menos no en el sentido más arquetípico de la palabra, porque tampoco podía decirse que fuera una chica "normal", lo cual definitivamente no hubiera estimulado lo suficiente al Chato), pero tenía un buen par de tetas y escribía buena poesía. Cuando el Chato la vio pensó que la cura a la falta del culo perfecto de Amanda eran un buen par de tetas y esa cualidad Pin Up girl que Valeria destilaba por los poros. Era, pues, donde Amanda era puro incendio, una chica con estilo.
Las salidas se hicieron más frecuentes, llegó el sexo y estuvo bien bien bien. Gracias al apoyo de Valeria sus poemas se empezaron a publicar. Se empezaron a publicar y de tanto en tanto por ahí, aparecía alguien que de verdad los hubiera leído. Se consiguió un trabajo en una librería y finalmente juntó suficiente dinero para comprarse un Volkswagen y él y Valeria salían en él todos los fines de semana y los días de entre semana y veían películas en el cinematógrafo y comían postresitos o simplemente tiraban en el bolocho como un par de cuyes encerrados en una caja de leche Gloria. Y al fin el Chato pudo decir que tenía una relación seria. Pudo decir que tenía una enamorada, y que empezaba a pasarlo bien.
Un día el Chato llevó a Valeria a la universidad, estacionaron el auto, se bajaron, fueron al patio de la facultad, saludaron a todo el mundo, se fumaron unos cigarros e hicieron despliegue de afecto y todo el mundo quiso a Valeria porque realmente era una reina y comentaban sobre lo afortunado que era el Chato de haberse conseguido una novia así y que además de todo tuviera un par como ese. Y Valeria no solo estaba bien, sino que hacía que el Chato también lo estuviera, y el asunto era puro caramelo y era todo lindo lindo lindo.
Entonces en algún momento de la tarde apareció Amanda en el patio y el Chato pensó que tal vez no fue una idea demasiado buena llevar a su chica a su universidad.
"Eh," dijo Valeria. "¿Esa no es la perra loca con la que tirabas en el verano?"
"Mierda, sí," respondió el Chato en un susurro, esperando que Amanda no los hubiera oído. Pero los había oído.
"¿Perra loca? No entiendo a qué vino eso," dijo acercándose a ellos, y fue como si se acercara un huracán. Y tamaño huracán, todo curvas y acción.
"A que eres una perra y estás loca," dijo Valeria poniéndose de pie.
"Ah, ok."
"Vaya perra loca más tranquila," dijo el Chato sin poder contenerse. Entonces Amanda se paró delante de él, le miró cinco segundos y le atizó un puñete en la cara.
El Chato gritó, se sobó la cara, y empezó a sentirse pequeño. Realmente odiaba sentirse pequeño.
"Tú fuiste un error," le dijo Amanda, que seguía mirándolo sin moverse.
El Chato se sintió herido además de pequeño. Retrocedió hasta quedar a la altura de su novia.
"Nena, métele un gancho a esa perra," le dijo. Valeria sonrió con éxtasis y se lanzó sobre Amanda. Le atizó un golpe en el estómago y luego le dio un cabezaso en medio de la cara. Amanda gimió de dolor. Valeria le pateó la rodilla, pero entonces la perra loca le dio con el codo en la nuca. Valeria se cayó al suelo y cuando intentó ponerse de pie, Amanda le atizó en la cara. Valeria quiso pararse de nuevo pero Amanda le volvió a atizar en la cara. Luego le dio dos patadas, una en cada teta y en un segundo, como si estuviera hecha de fuego, estaba encima del Chato, llenándolo de puñetazos y mordiscos y patadas.
"¡Cristo!" exclamó el Chato, y finalmente no le quedó más remedio que defenderse de aquella mujer inestable, tratando de sacársela de encima por todos los medios, dándole cabezasos, golpeándole en los costados y en el culo. Y qué culo. En medio de aquél torbellino de dolor, el Chato sintió la necesidad de tocarlo. Le dio un pellizco. Amanda le gritó hijo de puta y le mordió la nariz. Entonces el Chato gritó y la cogió del pelo y tironeó y ella gritó y él le mordió la nariz. Entonces ella le mordió la boca y él le apretó las nalgas con fuerza y trató de morderle el labio y se mordían y mordían y entonces el Chato la empotró contra una pared y realmente se mordían con furia, y ella rodeó su cintura con sus piernas lo cogió por el pelo y él comenzó a besarla y todos miraban miraban miraban y era terriblemente hermoso, e impúdico, y violento y mezquino, y despreciable, ¡en medio del patio de la facultad!, y Valeria, que seguía tendida en el suelo sangrando, comenzó a gritar de rabia y dolor al verlo, pero el Chato no la oía porque estaba demasiado ocupado besando esos labios ensangrentados y gozándose con aquél culo y esa espalda, perfectos, como pocos, tan curvados, casi neumáticos, lindos lindos lindos.

sábado, 9 de agosto de 2008

crimen

"Mi padre," dijo Ugarte rascándose detrás de la oreja con el dedo del anillo, "trataba siempre de ser un hombre correcto. Que no quiere decir que lo fuera siempre, qué va, pero lo intentaba. En una sociedad como la nuestra yo creo (fíjate que digo sociedad, no mundo, porque el mundo no tiene nada que ver), yo creo que eso dice mucho de la clase de hombre que era mi padre. Entonces, a lo que iba. Cuando cumplí 18 años mi padre me llevó a comprarme mis primeras botas militares. Eran negras, largas, como estas que llevo puestas ahora, con punta de acero. Caterpillar, creo. Yo quería unas Harley Davidson que no lograron cupirme, pero mi padre me convenció de comprar esas botas militares en su lugar. Y luego me llevó a tomar un helado y un café. Lo recuerdo como mi rito de iniciación, más o menos.
´´En fin, entonces, en una mesita en el café, comiéndose su helado de pistaccio, mi padre me mira y sonríe y me dice, 'Hijo, estoy orgulloso de ti.' Por aquél entonces yo era muy distinto de como soy ahora, claro. Iba a cortarme el pelo, no tenía barba, olía más... dulce. Así que, entonces, mi padre tenía motivos para estar orgulloso de mí. Así que me dice, 'Hijo, estoy orgulloso de ti. Tu madre y yo estamos orgullosos de ti y de tu hermano, y de Alvarito.' Alvarito es mi sobrino, espero que no te hayas olvidado de él. Bien, bueno, entonces mi padre dice 'estamos orgullosos de ti y de tu hermano y de Alvarito.' Y me dice, 'Tu puedes estudiar lo que quieras hijo. Puedes ser abogado, si te gusta ser abogado, realmente nos alegramos mucho tu madre y yo, nos alegra saber que es la carrera que pareces haber escogido, pero si quisieras ser otra cosa, médico como tu hermano, artista, un escritor, quiero que sepas que puedes estudiar lo que quieras, porque es lo que harás toda la vida. Y en todo puedes ser bueno. Y, siempre sé un hombre honesto hijo. Eso es muy importante' me dijo, mirándome con esos ojos verdes tan bonitos que tenía mi padre. 'La honestidad es muy importante. Nunca comprometas tu honestidad.'
´´¿Y cómo crees que me sentí yo, pues, Ayala, en ese momento, mientras me comía ese helado de plátano y me tomaba ese café con leche, y mi padre me miraba sonriente y me decía que estaba orgulloso de mí luego de haberme comprado mis primeras botas militares? ¿Hmm? Obviamente, me sentí obligado a cumplir con lo que mi padre decía, porque mi padre siempre había tratado de ser un buen hombre, pues. ¿Sabes? Puedo contar con los... dedos de esta mano, las veces que mi padre me puso la mano encima. Yo era un energúmeno de mierda a veces. Pero mi padre era un buen hombre y el día que cumplí 18 años me dijo que él me apoyaría hiciera lo que hiciera con mi vida, en resumen. Pero también que fuera siempre un hombre honesto."
Ayala balbuceó algo, algo como "Mierda" o una grosería parecida, pero una grosería desesperada, apresurada, nada contundente ni que demostrara el menor signo de considerar que allí estuviera sucediendo una injusticia de ninguna naturaleza. Era pues, una grosería temerosa, frágil como una bailarina con una pata de palo. De cualquier forma Ugarte no pareció escucharlo.
"Entonces Ayala, no te voy a poder mentir," continuó. "Voy a tener que ser honesto contigo: vas a sufrir mucho esta noche. Te voy a arrancar pedacitos del cuerpo y luego se los voy a mandar a tu padre. Porque algo me dice que tu padre no llegó a ser la mitad de simpático contigo de lo que lo fue el mío conmigo. Así que, tómatelo como un reproche necesario para él."
Entonces Ayala se arrojó a los pies de Ugarte, pero este le propinó una patada en la boca. La punta de acero le dio de lleno en los labios, rompiéndole los dientes incisivos. Ayala cayó al suelo de espaldas, tosiendo sangre. Los hombres de Ugarte le cogieron por los brazos y las piernas, y a penas tuvo fuerza para debatirse. Ugarte se acercó a él rápidamente y le propinó una segunda patada en medio del rostro. Ayala pudo sentir el hueso del tabique hundiéndose sobre la carne y la sangre que le teñía las mejillas y los labios. Ugarte siguió pateandolo, una patada tras otra contra la boca, rompiéndole más y más dientes, arañándole la lengua, las encías, pulverizándole los huesos. En un momento determinado, Ayala se atragantó con un pedazo de diente y empezó a toser con salvaje violencia. Su torturador se detuvo, y por un momento pensó que habría despertado su compasión, pero cuando logró contenerse, solo recibió una dura patada en la oreja, sintiendo un dolor que se extendió por todo su canal auditivo. Quiso liberarse de las manos que le aferraban, pero no pudo. De repente sintió que alguien le desabrochaba la camisa. Alguien le desabrochaba la camisa y pudo ver a Ugarte que sacaba una navaja de sus pantalones. El acero se acercó a su piel y cerró los ojos. Sintió el ardor de la navaja cortándole, pero pudo reprimir ese grito. Abrió los ojos y entonces vio a Ugarte que le sonreía y le enseñaba un trocito de músculo, aún forrado en su capita de piel, pequeño y rojo como una bolita de carne molida.
"Vamos a tomarnos el fin de semana contigo, Ayala," le dijo. "Vamos a ser minuciosos."

jueves, 7 de agosto de 2008

poema escrito a falta de una cerveza

he estado tratando de sorprenderte todo el mes
honestamente he terminado de aburrirme
no soy ni más lindo ni más divertido ni más nada que ningún otro
---------/ hombre
simplemente había estado buscando en los agujeros equivocados y
ya encontré mi lugar
entre la refrigeradora y la puerta de la cocina
estoy completo de nuevo.
he aprendido una vez más que no se puede contar con el factor
---------/ experiencia
tanto como con el factor sorpresa
o menos
todo tiene gracia si nos aventuramos unos cuantos días atrás
a lo rojo en mis sábanas
a tus pelos largos y a las canas en mis rulos y en mi barba
he estado pensando he estado pensando he estado pensando
el mundo es un lugar mejor cuando lo dejamos todo atrás
como una hoguera en una cueva marina
hay un canto en la forma en que pellizcas los pelos de mis brazos
y resuena como un ejército de pequeños lagartos wah wah
revolcándose en la hierba
a todo esto en algún momento pensé que quizás deberías tomar
---------/ pastillas
una cerveza, dos cervezas, una botella de vino.
hubieron días simpáticos en que comparaba tu pelo con la madera
---------/ de un árbol viejo y grande y grueso y terso
pero a la hora de la hora eran tus muslos como dos troncos enormes
era tu rostro agudo y la luz oblonga en tus pupilas
era un camión tras otro en la carretera desbarrancándose en fila india
---------/ sobre los inmigrantes ilegales de todas las edades
eran las ganas que tenía de atravesarte como una abeja con mi dedo
---------/ meñique
nena porque tú sabes lo que puedo hacer con mi dedo meñique
lo sabes bien lo has aprendido
aunque a estas alturas de la vida empieces a preguntarte y
---------/ yo empiece a preguntarme
qué coño significa aprender y qué coño vale
¿el tuyo?
no, gracias, a mí dámelo con coca cola, no digiero bien el ron puro.
he estado pensando que quizás debería irme a vivir solo
a alguna habitación como de hostal, a 30 soles la noche y comerme
---------/ todos los hongos que han crecido bajo mi cama
a la sombra de estas tablas de madera tersa de abedules
como tus dulces muslos que saben a pura miel de coño
estamos separados por más de veinte cuadras hacia Hiperbórea
y yo las recorrería todas sin dudas si supiera que podría abrir esa
---------/ puerta tan blanca y helada
y encontrar algo que pudiera calmar ese ardor en mi pecho como el
---------/ bramido de un garbanzo salvaje
el más salvaje de los garbanzos
el vengativo enemigo del bicarbonato.
y cuantas caras tengo que romper en mi mente para
---------/ caminar más rápido
y cuantas bandas grunge tengo que tener en mi mp3 para sentir que
---------/ camino más rápido
habría de ponerme a contarlas e imaginarme que tal vez tienes un aire
---------/ a (*)
pero igual quiero lamerte los muslos y los dedos de las manos
siempre fuiste una adicta a la repostería
pero las hojas de maple ya están negras de tanto otoño y yo estoy
---------/ cansado de pensar
aunque alguien tiene que hacerlo
te imaginas cómo sería no pensar? lo he estado pensando
lo he estado pensando pensando de veras lo he estado pensando todo
---------/ el santo día
hace un daño terrible eso de no pensar a nuestras madres y abuelas si
---------/ es que te quedan abuelas porque a mí es que ya no me
---------/ quedan pero fijate tengo cierta señora
una viejecita que me enseñó a tomar café
(y es por eso que te gustaba que no me lavara los dientes, pendeja)
lo he estado pensando
y
no pretendo confundirte más ni alterarte más la cabeza y de verdad
---------/ me gustaría ayudarte pero la verdad es
que los garbanzos se pelan con bicarbonato
que has estado haciendo que me la menee más de lo que es saludable
que no puedo arrecharte para siempre con poemas
que las mariposas emigran al sur ante la proximidad de un orgasmo
que las camisas a cuadros las puedo conseguir en cualquier otra
---------/ parte, y la verdad
es que qué sé yo de la vida y de la experiencia
del factor experiencia que huele a pescado y te deja pelos blancos en
---------/ la boca,
yo que me la meneo como un pescador
que zapateo en la cara de mi madre y hasta de mi padre
que prefiero la pose del perrito para no verte la cara,
a mí que nadie me entiende, porque soy muy raro, porque soy muy
---------/ puro, porque soy muy grunge y muy mediocre
qué sé yo de la verdad y de una mierda nena
porque, lo he estado pensando, la verdad es que antes de ser poeta
---------/ yo también fui un hombre.

miércoles, 6 de agosto de 2008

tras el concierto

baja ese calzoncillo de la lámpara
dijo mi padre
y yo le dije
vete al infierno.

domingo, 3 de agosto de 2008

Más grande que Dios

- Lo que tú quieres es un hombre malo- dijo Adriano. Alzó su vaso y le dio un buen trago. Estela guardó silencio -. No me lo vas a poder negar.
- No es tan simple como eso. No estoy buscando alguien que me maltrate.
Adriano rió.
- Eso es lo que dices, pero te engañas nena. Quieres pasión y quieres fuerza. Necesitas que te dominen para poder sentirte en control.
La mujer se estiró el vestido sobre las rodillas y tomó un cigarro de la larga caja sobre la mesa. Adriano se adelantó para encendérselo.
- Ahora, debes estar conciente de que eso no tiene ningún sentido- dijo Estela -. Te contradices a menudo, Adri. Por eso es que nunca logras escribir nada. Te contradices un montón. Tienes un gran nido de ratas ahí.
Ahora era ella quien sonreía.
- No, no, no lo estás entendiendo bien- respondió él -. Necesitas que te dominen para estar en control de tus sentimientos nena. Necesitas que te dominen para estar en control de tus sentimientos, de tu vida, de tus deseos. Estás buscando un capataz. Un gran capataz.
Estela se echó a reír tan fuerte que casi se atoró con el humo del cigarro. Adriano dejó su vaso sobre la mesa y se acercó a ella. Le puso una mano en el muslo. Ella lo abofeteó.
- No quiero. Sientate donde estabas- dijo.
El hombre se sentó donde estaba. Estela lo miró y casi sintió compasión.
- Hablaba en serio hace un rato.
- ¿Si soy tan bueno entonces por qué me dejas nena? No tiene ningún sentido.
- No soy para ti.
- No. Ninguna es para mí. Todas me dejan, preciosa. Estoy empezando a acostumbrarme.
- Sabes hacer que una mujer se sienta bien. Das confianza. Habrán otras que lo sepan valorar más. En serio. Pero nosotros ya no podemos seguir así.
Adriano rió. Estela se puso de pie, dejando el cigarro a medias en el cenicero.
- Tienes que aclarar tu mente. Ordena tus ideas, habla con Javier. Puedes sacar ese libro. Serás más grande que Dios.
Se dio la vuelta y se dispuso a irse. Adriano terminó su vodka. Se puso de pie.
- Lo que tú quieres es que te traten mal, nena. Yo puedo hacer eso.
Saltó sobre la mesa y corrió hacia ella. Le subió el vestido a la altura de la cintura. Estela trató de impedirselo. Quiso abofetearlo pero le cogió fuerte la muñeca y la estampó contra la pared. Ella gritó y él le mordió la boca. Adriano se desató la correa y se bajó los pantalones y la ropa interior. Entonces se sacó el miembro totalmente erguido y lo estampó contra los muslos de Estela.
- Suéltame...
- ¿Eso es lo que quieres nena? ¿De verdad?
- Vas a pagar por esto, hijo de puta...
- ¿Quieres que te suelte en serio? ¿Realmente quieres que te deje ir ahora que soy más grande que Dios?
- Mierda. Métemela ahora, antes de que me arrepienta.
Adriano le arrancó el calzón y se la metió con un solo movimiento. Estela gritó de dolor, pero él la ignoró. Comenzó a arremeter contra ella, furioso. El dolor pronto se convirtió en ardor pasional. La ayudó a volverse hacia él y la alzó en peso. Se besaron largamente, sus lenguas se envolvieron como si fueran tripas. Adriano no dejó de embestirla una y otra vez. Entonces ella se corrió. Y luego él.
Entonces se apagaron las luces. Y se acabó la función.