lunes, 26 de enero de 2009

verano

el verano es un período poco provechoso
para mí
quiero decir que a mí también me gusta
ver mujeres con poca ropa
tanto como a cualquier ser humano
con un alma y cuatro libras de carne al frente
sin embargo
odio la playa y otros
elementos del verano
pues para mí verano implica
no hacer otra cosa que beber y dormir
en las noches estivales reflexiono sobre esto
en compañía o en solitario
y pienso en que debería hacer algo más provechoso
quizá dejarles más propinas a los mozos
o dejar de endeudarme en la tienda de la esquina
pero las constelaciones
o las fases de la Tierra
el poder de la simbología de las estaciones
y la influencia del sol sobre la muerte
me lo impiden
soy un bodrio
soy un bodrio
soy un bodrio vomitando bilis
en cada hueco de la calle.

viernes, 23 de enero de 2009

Lista de libros leídos en el 2008

La lista de libros leídos en el año 2008 (por ahí hay alguno que también leí en el 2007).

La Ciudad y los Perros, de Mario Vargas Llosa (novela)
Pulp, de Charles Bukowski (novela)
Sin Plumas, de Woody Allen (teatro)
Prometeo Mal Encadenado, de André Gide (novela)
Iluminaciones, de Arthur Rimbaud (poesía)
Escritos de un Viejo Indecente, de Charles Bukowski (cuentos)
Juego de Tronos, de George R. R. Martin (novela)
Choque de Reyes, de George R. R. Martin (novela)
Tormenta de Espadas, de George R. R. Martin (novela)
Festín de Cuervos, de George R. R. Martin (novela)
2666, de Roberto Bolaño (novela)
Se Busca una Mujer, de Charles Bukowski (cuentos)
Llamadas Telefónicas, de Roberto Bolaño (cuentos)
Rebeldes, de Susan E. Hinton (novela)
Nuestro GG en La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez (novela)
En los Extramuros del Mundo, de Enrique Verástegui (poesía)
Watchmen, de Alan Moore (novela gráfica)
El Exorcista, de William Peter Blatty (novela)
La Casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards (novela)
Música de Cañerías, de Charles Bukowski (cuentos)
Porno, de Irvine Welsh (novela)
Cartero, de Charles Bukowski (novela)
Trilogía Sucia de La Habana, Pedro Juan Gutiérrez (cuentos-novela)
La Pistola de Mi Hermano, de Ray Lóriga (novela)
El Gaucho Insufrible, de Roberto Bolaño (cuentos-ensayos)

lunes, 19 de enero de 2009

Zombies

Zombies. Los muertos se levantan de sus tumbas y caminan hacia nosotros. La gente se muere de miedo y eso, realmente, no ayuda. He estado disparando contra esos maricas lo que va de la noche, a penas puedo sentir mis dedos.
Un pueblito pequeño en Santa Clara, todo parece normal hasta que llega el haitiano. Monsieur Préval. Un hombre negro, alto y delgado, buscando trabajo como sepulturero. Pero este pueblo tenía un sepulturero. Así que condenado al ostracismo, el haitiano considera sus opciones. Zombies. Qué gran hijo de puta.
"¡Eh, Ojitos, trae más municiones!," exclama Joe desde el otro extremo de la habitación. Ambos apuntamos con los Winchester a través de la cerca y disparamos, una y otra vez. Pero ya casi nos hemos quedado sin balas. Alguien tiene que volver al sótano y pedirle municiones a Maggie, antes de que los condenados se acerquen.
"Pídele a tu mujer que las traiga," digo yo, recargando el rifle.
"Maggie no va a salir por nada, yo me encargo de estos cabrones, tú trae las jodidas balas."
Joe es más grande, también más valiente. Él es el gran hermano. Le doy una mirada (esa mirada) y escupo la colilla de mi cigarro a sus pies. Luego salgo de ahí, rifle en mano, y me dirijo al sótano. Allí están Maggie y los niños, rezando un Padre Nuestro a viva voz.
"Eh, Maggie, pásame cartuchos."
Cobija a los pequeños bajo sus brazos y pese a su enfermizo color tiza y aquella línea difusa en la que sus ora carnosos labios se han convertido, su rostro logra expresar desaprobación.
"Llévatelos todos, Ojitos. Llévatelos todos y vete."
"No seas una puta malcriada Maggie, si me los llevo todos y esos hijos de puta logran acercarse lo suficiente, tendré que venir aquí corriendo a encerrarme con ustedes y a ver si al jodido Espíritu Santo se le ocurre traerme balitas del Paraíso."
En ese momento un grito sacude la noche. Un grito horroroso, buenamente, pero la verdad es que Joe con todas sus cualidades nunca fue el más bonito de los hijos de mamá O'Hagan. Maggie se santigua y abraza a sus hijos con fuerza y yo solo atino a gruñir: "Maldito haitiano."
Cojo algunas municiones y subiendo por las escaleras, salgo a la noche.
Ahí los veo. Ya han cruzado la cerca, los muy asquerosos. Son horribles. Con pieles correosas y ojos blanquecinos, como el huevo podrido de algún ave del desierto. Se mueven lento, pero no se detienen. Hay que tener buena puntería.
"¡Maggie!" grito. "¡Maggie, sube aquí ahora mismo!"
"¡Qué es lo que quieres Ojitos!"
"Deja a tus cachorros ahí y ayúdame con esto. ¡Son demasiados!"
"¡Ojitos, son unos niños... !"
"¡Sube ahora mismo, perra!"
Maggie sube y ni bien ha sacado los pies del umbral le entrego el Winchester con un par de cargas.
"¿Sabes usarlo?"
"Sí."
"Bien, apunta a la cabeza. Siempre a la cabeza, que sino no flipan. ¿Está claro?"
Por toda respuesta dispara a la cabeza del que va adelante. El horrendo hijo de puta cae al suelo y algunos zombies se detienen para devorarlo.
"¡Coño, Margaret O'Riley, a eso llamo yo buena puntería!"
Pego un grito de alegría y empiezo a disparar con la Colt que guardaba hasta hace a penas unos segundos en el cinto. Disparo, disparo, disparo. Estoy realmente eufórico y cuando entre mi cuñada y yo ya nos hemos cargado a unos veinte zombies, trato de besarla.
"¡No, Ojitos, qué haces!"
"Vamos nena, no me digas que no lo deseas. ¡Le estamos ganando a la muerte!"
Entonces me patea en la descendencia. Me contraigo del dolor y me dispara en la tripa.
"Mierda... Maggie... "
La escucho llamar a los niños. Los escucho correr, y escucho disparos. Luego, el ruido de los caballos. ¡La muy hija de puta me abandona! No sobrevivirá. No sobrevivirá a las montañas, a los salvajes... será comida de cadáveres y luego, de gusanos. No hay forma de que abandone Santa Clara con los niños. Morirá de hambre o de sed o de... tantas cosas. Mira tú. Supongo que nunca es buen momento para codiciar a la mujer de tu hermano.
Trato de reincorporarme, a penas sintiendo mis piernas. Estoy sangrando muchísimo. Apoyo la cabeza en las puertas del sótano y veo a los muertos acercándose. Comienzo a contarlos: Marla O'Flannigan, la vieja dueña del cabaret, Mickey O'Rourke, el viejo sheriff, Wendy O'Dee, la viuda del sheriff anterior... Pat O'Daly, el sepulturero, y... otros catorce que ya no distingo, por lo descompuestos. En fin, el caso es que yo solo tengo dos balas. Ah, y ahí viene Joe. Mi hermano Joe.

viernes, 12 de diciembre de 2008

wyrm

yo era un joven dichoso
como un lagarto sobre una roca
asoleándome a la luz brillante de Anterión
a la espera de un milagro negro que me sacara de mi monótona
-------------/ alegría
a rastras de ser necesario.
yo iba a los bares de Lima en busca de un poco de miseria
pero no encontré ninguna
estaban todos llenos de música
y un cuerno
grueso y afilado.
masticaba la grama como si fuera un conejo
puesto que me decía la vida que aquello
era saludable y me haría bien
y así esperaba, comiendo pasto, a que llegara el final de mi joven vida
pero entonces un día
sobre los cristales de una botella rota
pude ver la luz verde de mi estrella
mi Sol, mi Señor
¿dó he de encontrar la terra nova
la salvación de mi alma impúdica?
aquí, sobre los cristales
sobre la amplia cúpula del cielo
señalan todos los jóvenes alegres la amplia sombra sobre sus cabezas
aquél terrible gusano que se retuerce
negro profundo/verde pantano
fuego fuego fuego fuego
fuego en las nubes.
y así me río y me río
cuando los cerros se convierten en volcanes
y la grama que mordía se ennegrece y se llena de hongos
y me hacen alucinar un pasado distante
en el que tenía sexo a diario y aún no iba a la universidad
mientras la gente a mi alrededor corría
y la piel de mis tatuajes se convertía
en escamas.

martes, 9 de diciembre de 2008

666

Tenía una guitarra conectada a un amplificador de bajo Marshall en un rincón de la habitación. Ella sufría cada vez que la veía, con el amplificador casi siempre encendido, y le acusaba de estar dañando el instrumento.
No tienes ningún respeto por esa guitarra, le decía, la estás matando. Él solo la miraba envuelto en un vendaval de humo desde el otro lado de la habitación, su cabello como una enrredadera superpuesta a la neblina, y siempre sosteniendo aquél cigarrillo entre sus dedos de nudillos tatuados. Entonces le daba un trago a la botella, se ponía de pie y luego la arrojaba al piso, descubría su sexo y la penetraba allí mismo, sin piedad.
Luego, por la noche, ella despertaría, con el silbido del amplificador en sus oídos, adolorida, abochornada, y contemplaría su cuerpo desnudo yaciendo sobre las tablas de madera, profundamente dormido. Enumeraría sus tatuajes, las marcas arcanas sobre su espalda, el ángel sobre su brazo derecho, el caballo de ocho patas sobre el izquierdo, el sol negro, la cruz de Odín y demás pequeños símbolos en sus nudillos, el 666 cerca a su cuello, las runas en su hombro, la bandera de la República de Irlanda. Olería el licor en sus labios cuarteados y en su barba, una mezcla de pelos de alambre negro, plomo y rojizo. Se preguntaría cómo podía permitirse dormir tan apaciblemente, tan tranquilo, manteniendo sus párpados, de pestañas tan rizadas que bordeaban lo femenino, tan cerrados, apretados, como los de un niño o incluso los de un muerto. Pero él no estaba muerto. Estaba muy vivo, ya lo sabía. Las cicatrices en sus muslos y alrededor de su cuello se lo recordaban.
Se cuidaba muy bien de no apagar el amplificador, si es que él lo había dejado encendido alguna noche. Si lo hubiera apagado, sabía muy bien que al descubrirlo él la habría convertido en presa de su furia borracha, en blanco de sus rituales y sus encantamientos y en el juguete predilecto de sus gatos, a los cuáles disfrutaba ver lacerando la carne blanca de sus piernas.
A veces, él despertaría antes que ella, y la llamaría a la mesa. No era un mal cocinero, pese a no contar con demasiados recursos ni variedad de ingredientes. Su especialidad eran los guisos de carne de puerco y visceras, los cuáles salteaba y aderezaba con una amplia variedad de hierbas que adquiriría su vieja casera por él en la tiendecilla herbolaria que quedaba justo en la otra manzana, bastante cerca de ahí, y que sin embargo estaba en un mundo mucho más luminoso que aquél.
Las sombras son nuestra luz, le dijo él una vez, cuando ella le señaló ese último detalle.
Se sentaban a la mesa por las noches y entonces él ya no se molestaba en ofrecerle alcohol, pues sabía que ella no lo deseaba, pero eso no le impedía beber a él. Se encendía cigarrillos con una mano y y se llevaba la comida y la bebida a la boca con la otra. Luego, cuando terminaban, y no antes de que ella hubiera comido todo lo que había en su plato, de raciones cada vez más pequeñas, él se sentaba en el rincón donde vibraba aquella maltratada guitarra, que no era una Fender ni una Les Paul ni ninguna buena guitarra, sino una guitarra eléctrica cualquiera, una guitarra que no hubiera destacado nunca ni hubiera halagado nunca nadie por su calidad, solo una guitarra eléctrica dolida que él sostendría sobre sus piernas dobladas y primero rasgaría, despacio, y después, solo cuando se diera cuenta de que ella lo estaba mirando, de que sería capaz de desgarrar su mente y su corazón y sus arterias con sus riffs planetarios, mastodónicos, se dedicaría a tocar, tocar hasta escucharla gritar "¡LA ESTÁS MATANDO!", y sin embargo continuar, continuar hasta que sus sentidos se embotaran y solo quedara el vapor oscuro rodeándolos.
"¿Sabes qué es lo bueno de no tener nada que hacer?" le preguntaría él entonces, y ella negaría con la cabeza, apoyada en un muro, casi inerte. Entonces él añadiría, haciendo la guitarra a un lado: "Que hay tiempo para pensar en el futuro."

domingo, 7 de diciembre de 2008

ojo de Odín

ante la multitud
golpeo una puerta de vidrio
y la destruyo
heriste con tu honda al hijo de mi hermano
una piedra tallada hendió su ojo azulado
cuando jugaba entre la hierba seca del campo
el aleteo de los guardacaballos y los agudos lamentos nos avisaron
y tu presencia pudo sentirse en el vacío,
siniestra,
mas no te dejaste ver y huíste
ahora, sin embargo, te presentas aquí
con tantas vidas entre tú y yo
armado
pretendes golpear mis huesos y castigarme
remecer el vitriol de mis órganos y mofarte abiertamente
esto no es para ti más que un juego diplomático
un taller de debate
una escuela de artes escénicas
pero te aseguro
que no hay comedia en la base de mis puños o en la suela de mis botas
ni diplomacia en el reflejo del sol verde en los cristales
ni me resulta
singular
la sorpresa apabullante rodeándonos
ahora que estás sobre la loseta
no son los golpes en tu cráneo los que me hipnotizan
es la posibilidad más bien
de tomar un vidrio oscuro de entre las trizas
e incrustarlo, lentamente y sin recato,
en la cuenca de tu ojo amoratado.

martes, 2 de diciembre de 2008

diario

bajamos las escaleras a toda carrera
por la mañana
solo para encontrarnos a la media hora
aplastados.