arrastro los pies sobre la calle como el aderezo/ y la cebolla cortada
sobre la sartén
en las calles cerca de mi casa no hay ley
y en cambio por donde viven los niños del puente
reina la ley del gato que gira y gira queriendo agarrarse
la cola
un ouroboros felino
para una situación que empieza a ponerse peliaguda.
martes, 30 de octubre de 2007
lunes, 29 de octubre de 2007
Francisco del Riego. Pontificia Universidad Católica del Perú, Lima, Perú
Voy a contarle una historia. De esto ya hace un huevo de tiempo, pero me acuerdo bien. Por ese entonces yo estaría en cuarto, quinto ciclo, ya acabando el semestre. Este tipo era cachimbo, un chico más o menos alto, desgarbado, con una mata de pelo ruloso y una barba feísima, roja. De buena gana se le hubiera prestado una cuchilla de afeitar, porque con esa pinta el chico era todo un vagabundo. En fin, yo la verdad es que estaba ahí por pura casualidad, porque no soy de fumar hierba. Pero bueno, ahí estaba (aquí en realidad), en la universidad, por el campus de Letras y Humanidades, echado con mis amigos en el jardín y alguien sugirió llamar a este dealer que le habían recomendado. Todos atracamos, la verdad es que el día que tenía por delante se prestaba para un wirito. No ibamos a fumar dentro de la universidad, claro. Bueno, lo llamamos y nos dijo que no había problema, que ahí mismo nos llevaba la hierba. Yo pensé que un dealer bien bruto tenía que ser el cachimbo este, para andar repartiendo dentro de la Cato, donde cualquiera podía denunciarlo con el rector o lo que fuera. Al rato se apareció y nos saludó a todos, uno por uno. De que tenía mal aspecto, lo tenía, pero no podía decirse que fuera maleducado.
Y bueno, la cosa es que uno de nosotros pensaba como yo. Que el cachimbo este no era muy vivo por el asunto de la repartición dentro del campus, y se lo dijo, no de muy buena manera.
"Aún más," le dijo. "Le voy a decir al rector solamente para que aprendas."
Era Jaime, un chico que luego se pasó a la de Lima. Bueno, Jaime era el más pastrulo de nosotros, el que más consumía hierba, y a otras cosas seguro que también le entraba. Así que seguramente él ya andaba drogado o en qué estaría pensando. Nosotros tratamos de calmar el ambiente, persuadir a Jaime de que no jodiera, que nos dejara fumar en paz.
"Oye Jaime, dejate de huevadas imbécil," le dijo alguien. "Deja que el chico se vaya tranquilo."
Pero tarde. Tarde la cosa, porque cuando Jaime se paró a dar unas palmaditas cachosamente al cachimbo, este sacó un cuchillo. No sé en qué momento lo sacó, no me acuerdo tanto tampoco, pero había sacado un cuchillo y se lo puso en el cuello a Jaime, y ahí todos nos quedamos callados. Entonces el dealer este de pacotilla se empezó a reir. A reir en la cara de todos nosotros, del puto maricón de Jaime que por poco se había meado, y de todos nosotros, como si fueramos menos por haber tratado de amenazarlo, por haber guardado silencio. Entonces simplemente se guardó el cuchillo y dijo "Disfruten," o algo así. Y luego se fue, sin más. No hablamos más del asunto, y la verdad es que yo no fumé esa hierba tranquilo.
A los pocos días se acabó el ciclo, y claro, ninguno de nosotros lo volvió a llamar. Tan cojudos no eramos tampoco.
Y bueno, la cosa es que uno de nosotros pensaba como yo. Que el cachimbo este no era muy vivo por el asunto de la repartición dentro del campus, y se lo dijo, no de muy buena manera.
"Aún más," le dijo. "Le voy a decir al rector solamente para que aprendas."
Era Jaime, un chico que luego se pasó a la de Lima. Bueno, Jaime era el más pastrulo de nosotros, el que más consumía hierba, y a otras cosas seguro que también le entraba. Así que seguramente él ya andaba drogado o en qué estaría pensando. Nosotros tratamos de calmar el ambiente, persuadir a Jaime de que no jodiera, que nos dejara fumar en paz.
"Oye Jaime, dejate de huevadas imbécil," le dijo alguien. "Deja que el chico se vaya tranquilo."
Pero tarde. Tarde la cosa, porque cuando Jaime se paró a dar unas palmaditas cachosamente al cachimbo, este sacó un cuchillo. No sé en qué momento lo sacó, no me acuerdo tanto tampoco, pero había sacado un cuchillo y se lo puso en el cuello a Jaime, y ahí todos nos quedamos callados. Entonces el dealer este de pacotilla se empezó a reir. A reir en la cara de todos nosotros, del puto maricón de Jaime que por poco se había meado, y de todos nosotros, como si fueramos menos por haber tratado de amenazarlo, por haber guardado silencio. Entonces simplemente se guardó el cuchillo y dijo "Disfruten," o algo así. Y luego se fue, sin más. No hablamos más del asunto, y la verdad es que yo no fumé esa hierba tranquilo.
A los pocos días se acabó el ciclo, y claro, ninguno de nosotros lo volvió a llamar. Tan cojudos no eramos tampoco.
viernes, 26 de octubre de 2007
oda a Sonora
a Lion Chinaski le dispararon en la frontera con México. Él si sabe
lo que es el dolor
vagar arrastrándose cual cascabel en una cola
para terminar apretujado en los pliegues de un sillón
teniendo entre manos un libro de Felisberto Hernández
y en mi tierra al sur de la Tierra resonando la voz de los que dicen
"la compra de 40 000 laptops no va a incidir en la mejora de la
----------educación peruana"
pero, ¿seguramente mejorarían las cosas?
tendría que seguir acariciando mi mentón con la tierra
y saborear el agua que derraman las rojas tunas, los arándonos
las deliciosas pitufresas
para averiguarlo.
yo soy Lion Chinaski y sé lo que es el dolor
sé lo que es ir cuesta abajo hasta llegar al norte
dar media vuelta y enredar las piernas en un alambre de púas
para echar a correr, correr como una liebre
y esparcir mi toxoplasmosis indolente entre los animales del desierto
----------y de sus dueños
los animales de la granja
y pensando que tal vez si metiéramos todos una moneda más en la
----------rockola
podríamos pegar de alaridos al son de la canción.
lo que es el dolor
vagar arrastrándose cual cascabel en una cola
para terminar apretujado en los pliegues de un sillón
teniendo entre manos un libro de Felisberto Hernández
y en mi tierra al sur de la Tierra resonando la voz de los que dicen
"la compra de 40 000 laptops no va a incidir en la mejora de la
----------educación peruana"
pero, ¿seguramente mejorarían las cosas?
tendría que seguir acariciando mi mentón con la tierra
y saborear el agua que derraman las rojas tunas, los arándonos
las deliciosas pitufresas
para averiguarlo.
yo soy Lion Chinaski y sé lo que es el dolor
sé lo que es ir cuesta abajo hasta llegar al norte
dar media vuelta y enredar las piernas en un alambre de púas
para echar a correr, correr como una liebre
y esparcir mi toxoplasmosis indolente entre los animales del desierto
----------y de sus dueños
los animales de la granja
y pensando que tal vez si metiéramos todos una moneda más en la
----------rockola
podríamos pegar de alaridos al son de la canción.
lunes, 22 de octubre de 2007
el duelo del ronin Heihachi y el bandido Makoto Gorobei
Heihachi desenfunda la larga espada
la sangre recorre los vasos capilares de sus ojos
de las aletas de su nariz
y de sus manos que se retuercen alrededor de la tsuba.
mira a los ojos del adversario
del guerrero Gorobei
¿bastará la gloria de la batalla
y la sangre en la hoja de la espada ajena?
se entrecruzan las miradas
ambos bushi preparan la ofrenda que clama la tierra
la épica de la batalla terminará en haikus
y volverá el río a su cauce.
la técnica del guerrero Gorobei
cortaría la garganta de Heihachi
y penetraría raudamente su corazón/
Heihachi no tiene más técnica
que abrir el estómago de Makoto Gorobei en canal.
la sangre recorre los vasos capilares de sus ojos
de las aletas de su nariz
y de sus manos que se retuercen alrededor de la tsuba.
mira a los ojos del adversario
del guerrero Gorobei
¿bastará la gloria de la batalla
y la sangre en la hoja de la espada ajena?
se entrecruzan las miradas
ambos bushi preparan la ofrenda que clama la tierra
la épica de la batalla terminará en haikus
y volverá el río a su cauce.
la técnica del guerrero Gorobei
cortaría la garganta de Heihachi
y penetraría raudamente su corazón/
Heihachi no tiene más técnica
que abrir el estómago de Makoto Gorobei en canal.
domingo, 21 de octubre de 2007
Camila Rodríguez. Irish Pub de Murphy, Lima, Perú.
La primera vez que vi a Nicolás Toro fue en el taller de poesía de la Universidad Católica, hará un par de años. Por entonces él tendría unos 19, 20 años. Yo tenía 18.
Habían chicos más guapos, pero desde el primer día él me pareció el más interesante. No me pregunten por qué. No habló mucho en esa clase, dijeron su nombre completo (Alonso Nicolás Toro de Agraz, un nombre de lo más pintoresco) y él dijo que no se llamaba Alonso, que seguro era un error de impresión. La siguiente clase me diría que sí se llamaba Alonso, pero que toda la vida le habían dicho Nicolás y no estaba acostumbrado a usar su primer nombre.
Pero bueno, en ese mismo primer día cada uno de los asistentes dijo un poco de sí mismo. Él dijo que siempre había escrito relatos y cuentos cortos, pero que había empezado a hacer poesía hacía relativamente poco, y que su principal influencia era Bukowski. Yo la verdad es que no había leído nada de Bukowski. En fin. Solía abordarlo antes o quizás después de clases, y muchas veces él estaría algo cansado. Siempre hablaba de leer mis poemas, pero estos no eran demasiado buenos. Los suyos eran bastante mejores, la verdad. Sí, un día los leyó en el taller y en ese momento pensé que ninguno de nosotros escribía tan bien como él, o al menos que ninguno de nosotros decía las mismas cosas que él decía en sus poemas. Al maestro Luis Chueca, el jefe del taller, creo que no le parecían la gran cosa y con el tiempo me di cuenta de que sí, quizás no lo eran, pero él los hacía sonar bien.
No me enteré del grupo que había fundado Nicolás hasta bastante tiempo después. A la tercera o cuarta semana del taller. Había un chico que se llamaba Álvaro o Andrés que era amigo de Nicolás de cuando habían estado en el colegio (sus amigos del colegio le solían llamar Bully o Bully Chinaski, por su apellido). Un día después de que Nicolás leyera uno de sus poemas, Álvaro me contó que este había estado viajando varios meses por el extranjero. No sé a qué venía, supongo que se habría dado cuenta de que me llamaba la atención, aunque en ningún momento fui muy obvia, creo. En fin, dijo que Nicolás Toro se había pasado casi seis meses ahorrando para comprar un pasaje para ir a Estados Unidos y ver a su amor perdido o algo así. Nadie sabía que había pasado en ese viaje, pero Nicolás nunca vio a la chica. Dicen que se paseó por media costa este, por México, ¿y por Islandia? Ya no sé. También me dijo que se había tatuado el nombre de la chica, en carácteres vikingos. Luego se echó a reir, como si me estuviera tomando el pelo, y Nicolás que ya se había sentado sonreía y se encogía de hombros, pero luego le pedí que me mostrara su hombro y sí, tenía un tatuaje escrito en letras bastante raras, así que no supe qué pensar. Le pregunté por la chica y dijo que no quería hablar de eso. Luego Álvaro dijo que a su regreso Nicolás fundó el visceralismo incendiario, pero Nicolás lo corrigió, dijo que él había fundado el visceralismo incendiario antes de viajar, por internet, con un amigo español (él dijo vasco). Yo pregunté qué era el visceralismo incendiario y ellos me miraron como si fuera un bicho raro.
"Es un movimiento poético," respondió Nicolás, como quitándole importancia. Pero yo sé que en el fondo él quería hablar de eso, porque luego me lo explicó bien. La verdad es que viendolo ahora, no tenía nada de original, pero yo era un poco inmadura, me dejaba sorprender fácilmente (por ejemplo, cuando me dijo que él no era ni de derecha ni de izquierda, sino anarquista, también me sorprendió) y no sabía demasiado de movimientos poéticos pasados, así que oir hablar de un grupo de poetas jóvenes que querían vomitar sobre la alfombra persa de la literatura me pareció algo idílico y casi admirable. Nicolás me preguntó si quería unirme. Yo pregunté quiénes eran miembros. Él me dijo que del taller, solamente Fiorella, Piero (otro de su colegio) y Diana (ese día recuerdo que Diana no estaba, Fiorella estaba sentada con nosotros y Piero estaba por ahí sentado, conversando con otro chico que no recuerdo bien). De ellos tres la que mejor me caía era Fiorella, pero Diana era la que mejor escribía. Bueno, me estoy yendo por las ramas. En fin, sin haberles mostrado siquiera mis poemas, yo ya era parte de los visceralistas incendiarios. A veces pienso que no le importaba en absoluto la calidad, sino la cantidad de poetas en sus filas.
Y bueno, no nos reunimos muchas veces, si he de ser sincera. Un par de veces, quizás un poco más, no recuerdo. Fuimos a chupar, a beber alcohol digo, a algún café, nos reunimos en casa de Fiorella que vivía sola, e hicimos un almuerzo en casa de Piero, que quedaba en Villa, BASTANTE lejos del resto de nosotros, pero era una casa con un jardín inmenso y donde pudimos beber y comer, escuchar rock clásico y hablar de poesía hasta cansarnos. Sí, habían más visceralistas incendiarios, te puedo dar nombres: Horacio Guerra, Helena de la Torre, Romina Duarte, Miquel González, Fernando Cottle, Francisco León (le decíamos Pancho, así que imagino que se llamaba Francisco), Luz Esperanza Iñárritu, María Graña, Laura Falcón, Manuel Carranza, Alejandro Benavides y bueno, Nicolás Toro claro, los tres que ya mencioné, que son Fiorella Rodríguez, Piero Rota y Diana McArthur, y yo. Muchos eran gente del taller que se unió después.
Bueno, luego de eso la cosa no duró mucho. Fue un año o algo así. Nicolás era amigo de un tal Carlos Contreras. Este ya había terminado la carrera de derecho en otra universidad de Lima, pero pertenecía a una agrupación poética similar al visceralismo incendiario (aunque de poetas más viejos) llamada Ataque. Contreras ayudó mucho con lo que era recitales y artículos en revistas de literatura underground en las que finalmente todos nosotros (o la mayoría de nosotros) publicamos, hasta los que peor escribíamos (me incluyo). Entonces, en un momento dado, Nicolás dijo que se iba de viaje. Supongo que peleó con sus padres o algo así; sus notas no eran muy buenas. Siguió yendo a la universidad, pero creo que ya no estudiaba realmente. Al final, un día nos reunimos en uno de esos bares a los que solíamos ir, estabamos Horacio Guerra, Helena de la Torre, Diana, Fiorella, María Graña y Nicolás, que las últimas semanas había estado más bien ausente. Nos dijo que se iba a España. Que había estado trabajando, averiguando no sé qué cosas, y hablando con su amigo vasco, el que según Nicolás, era el cofundador del visceralismo incendiario. Un tal Urtzi de la Rosa. Dijo que se encontraría con Urtzi en España, en Vitoria creo. María le dijo que estaba loco. Él, definitivamente, no tenía dinero. Le dijo que eso estaba arreglado. Ahorraría unos meses más, y luego se iría en barco. Primero, quizás, pasaría por África. María se rió, y creo que Diana y quizás yo también nos reimos. Los demás... creo que sabían que hablaba en serio. Hicimos una última reunión en casa de Piero la semana siguiente, como despedida. La cosa se puso fea en un momento, porque María (que creo que también sentía algo por Nicolás) le dijo que estaba loco, que estaba cagando su futuro y que se estaba portando como un idiota. Yo en el momento sentí que no había conocido nunca a nadie como Nicolás Toro. María se fue por ahí con Piero, que trató de animarla, y los demás seguimos bebiendo. En un momento dado, Nicolás desapareció.
Antes que viajara lo llamé por teléfono. Le dije que sin él el visceralismo incendiario estaba muerto. Entonces se rió. Se rió y me dijo, "Cami, si no me voy el visceralismo incendiario estará muerto."
Habían chicos más guapos, pero desde el primer día él me pareció el más interesante. No me pregunten por qué. No habló mucho en esa clase, dijeron su nombre completo (Alonso Nicolás Toro de Agraz, un nombre de lo más pintoresco) y él dijo que no se llamaba Alonso, que seguro era un error de impresión. La siguiente clase me diría que sí se llamaba Alonso, pero que toda la vida le habían dicho Nicolás y no estaba acostumbrado a usar su primer nombre.
Pero bueno, en ese mismo primer día cada uno de los asistentes dijo un poco de sí mismo. Él dijo que siempre había escrito relatos y cuentos cortos, pero que había empezado a hacer poesía hacía relativamente poco, y que su principal influencia era Bukowski. Yo la verdad es que no había leído nada de Bukowski. En fin. Solía abordarlo antes o quizás después de clases, y muchas veces él estaría algo cansado. Siempre hablaba de leer mis poemas, pero estos no eran demasiado buenos. Los suyos eran bastante mejores, la verdad. Sí, un día los leyó en el taller y en ese momento pensé que ninguno de nosotros escribía tan bien como él, o al menos que ninguno de nosotros decía las mismas cosas que él decía en sus poemas. Al maestro Luis Chueca, el jefe del taller, creo que no le parecían la gran cosa y con el tiempo me di cuenta de que sí, quizás no lo eran, pero él los hacía sonar bien.
No me enteré del grupo que había fundado Nicolás hasta bastante tiempo después. A la tercera o cuarta semana del taller. Había un chico que se llamaba Álvaro o Andrés que era amigo de Nicolás de cuando habían estado en el colegio (sus amigos del colegio le solían llamar Bully o Bully Chinaski, por su apellido). Un día después de que Nicolás leyera uno de sus poemas, Álvaro me contó que este había estado viajando varios meses por el extranjero. No sé a qué venía, supongo que se habría dado cuenta de que me llamaba la atención, aunque en ningún momento fui muy obvia, creo. En fin, dijo que Nicolás Toro se había pasado casi seis meses ahorrando para comprar un pasaje para ir a Estados Unidos y ver a su amor perdido o algo así. Nadie sabía que había pasado en ese viaje, pero Nicolás nunca vio a la chica. Dicen que se paseó por media costa este, por México, ¿y por Islandia? Ya no sé. También me dijo que se había tatuado el nombre de la chica, en carácteres vikingos. Luego se echó a reir, como si me estuviera tomando el pelo, y Nicolás que ya se había sentado sonreía y se encogía de hombros, pero luego le pedí que me mostrara su hombro y sí, tenía un tatuaje escrito en letras bastante raras, así que no supe qué pensar. Le pregunté por la chica y dijo que no quería hablar de eso. Luego Álvaro dijo que a su regreso Nicolás fundó el visceralismo incendiario, pero Nicolás lo corrigió, dijo que él había fundado el visceralismo incendiario antes de viajar, por internet, con un amigo español (él dijo vasco). Yo pregunté qué era el visceralismo incendiario y ellos me miraron como si fuera un bicho raro.
"Es un movimiento poético," respondió Nicolás, como quitándole importancia. Pero yo sé que en el fondo él quería hablar de eso, porque luego me lo explicó bien. La verdad es que viendolo ahora, no tenía nada de original, pero yo era un poco inmadura, me dejaba sorprender fácilmente (por ejemplo, cuando me dijo que él no era ni de derecha ni de izquierda, sino anarquista, también me sorprendió) y no sabía demasiado de movimientos poéticos pasados, así que oir hablar de un grupo de poetas jóvenes que querían vomitar sobre la alfombra persa de la literatura me pareció algo idílico y casi admirable. Nicolás me preguntó si quería unirme. Yo pregunté quiénes eran miembros. Él me dijo que del taller, solamente Fiorella, Piero (otro de su colegio) y Diana (ese día recuerdo que Diana no estaba, Fiorella estaba sentada con nosotros y Piero estaba por ahí sentado, conversando con otro chico que no recuerdo bien). De ellos tres la que mejor me caía era Fiorella, pero Diana era la que mejor escribía. Bueno, me estoy yendo por las ramas. En fin, sin haberles mostrado siquiera mis poemas, yo ya era parte de los visceralistas incendiarios. A veces pienso que no le importaba en absoluto la calidad, sino la cantidad de poetas en sus filas.
Y bueno, no nos reunimos muchas veces, si he de ser sincera. Un par de veces, quizás un poco más, no recuerdo. Fuimos a chupar, a beber alcohol digo, a algún café, nos reunimos en casa de Fiorella que vivía sola, e hicimos un almuerzo en casa de Piero, que quedaba en Villa, BASTANTE lejos del resto de nosotros, pero era una casa con un jardín inmenso y donde pudimos beber y comer, escuchar rock clásico y hablar de poesía hasta cansarnos. Sí, habían más visceralistas incendiarios, te puedo dar nombres: Horacio Guerra, Helena de la Torre, Romina Duarte, Miquel González, Fernando Cottle, Francisco León (le decíamos Pancho, así que imagino que se llamaba Francisco), Luz Esperanza Iñárritu, María Graña, Laura Falcón, Manuel Carranza, Alejandro Benavides y bueno, Nicolás Toro claro, los tres que ya mencioné, que son Fiorella Rodríguez, Piero Rota y Diana McArthur, y yo. Muchos eran gente del taller que se unió después.
Bueno, luego de eso la cosa no duró mucho. Fue un año o algo así. Nicolás era amigo de un tal Carlos Contreras. Este ya había terminado la carrera de derecho en otra universidad de Lima, pero pertenecía a una agrupación poética similar al visceralismo incendiario (aunque de poetas más viejos) llamada Ataque. Contreras ayudó mucho con lo que era recitales y artículos en revistas de literatura underground en las que finalmente todos nosotros (o la mayoría de nosotros) publicamos, hasta los que peor escribíamos (me incluyo). Entonces, en un momento dado, Nicolás dijo que se iba de viaje. Supongo que peleó con sus padres o algo así; sus notas no eran muy buenas. Siguió yendo a la universidad, pero creo que ya no estudiaba realmente. Al final, un día nos reunimos en uno de esos bares a los que solíamos ir, estabamos Horacio Guerra, Helena de la Torre, Diana, Fiorella, María Graña y Nicolás, que las últimas semanas había estado más bien ausente. Nos dijo que se iba a España. Que había estado trabajando, averiguando no sé qué cosas, y hablando con su amigo vasco, el que según Nicolás, era el cofundador del visceralismo incendiario. Un tal Urtzi de la Rosa. Dijo que se encontraría con Urtzi en España, en Vitoria creo. María le dijo que estaba loco. Él, definitivamente, no tenía dinero. Le dijo que eso estaba arreglado. Ahorraría unos meses más, y luego se iría en barco. Primero, quizás, pasaría por África. María se rió, y creo que Diana y quizás yo también nos reimos. Los demás... creo que sabían que hablaba en serio. Hicimos una última reunión en casa de Piero la semana siguiente, como despedida. La cosa se puso fea en un momento, porque María (que creo que también sentía algo por Nicolás) le dijo que estaba loco, que estaba cagando su futuro y que se estaba portando como un idiota. Yo en el momento sentí que no había conocido nunca a nadie como Nicolás Toro. María se fue por ahí con Piero, que trató de animarla, y los demás seguimos bebiendo. En un momento dado, Nicolás desapareció.
Antes que viajara lo llamé por teléfono. Le dije que sin él el visceralismo incendiario estaba muerto. Entonces se rió. Se rió y me dijo, "Cami, si no me voy el visceralismo incendiario estará muerto."
sábado, 20 de octubre de 2007
Ehud Maklef. Union Park, Manhattan, Nueva York.
La verdad es que no esperaba volver a ver a Nicolás Toro (al menos no tan pronto). La primera vez que lo vi fue hace algo menos de un año, en el Union Park. Era un martes o un jueves. Un día movido, pero de venta regular por el calor. No recuerdo cómo pero empezó a hablar con nosotros, supongo que nos habrá escuchado hablar castellano. La cosa es que se quedó con nosotros, hablando o más que nada escuchando. Se le veía un pibe bastante tranquilo, con pelo bien grande y una barba bastante crecida. Nos había dicho que era escritor. Nos sentamos junto a mis pinturas y yo le ofrecí un cigarrillo. Mientras fumábamos me pasó un par de poemas y un relato en su cuaderno. No estaban mal, uno de los poemas era medio picante, medio erótico, algo simpático. El relato era ingenioso, me hizo reir. No era malo para nada. Al final de la tarde yo y Mikha hablamos de ir a un pub mexicano, no muy lejos del parque. Mikha era amigo mío de hace años, de cuando viví en Israel. Con él hablaba en hebreo, así que Nicolás no se enteraba de nada de lo que hablábamos. Le dije para llevarlo, y él me preguntó por qué. La verdad es que lo pensé un poco. Le dije que la verdad, me recordaba un poco a mí mismo, unos cuantos años antes. Algo en él me decía que se sentía un poco perdido. En fin, estuvimos ahí, coqueteamos con las chicas, bebimos unos margaritas (nadie pareció notar que Nico no llegaba a los 21), habían un par de lloronas en la mesa de al lado, comimos fajitas, estuvo todo agradable. Luego dejamos a Nicolás en su hostal. Se suponía que era su última noche en Nueva York, le hubiera ofrecido que se quedara en mi departamento pero bueno, vos sabés como son estas cosas. Le dejé mi correo y nos despedimos. Y bueno, un par de días después (ahora sé que lo conocí el martes, porque los miércoles no trabajamos, pero los viernes sí) me lo volví a encontrar. Otra vez estuvo con nosotros. Sí, sí, no la haré mucho más larga. Nos contó que se había animado a quedarse un par de días más en la ciudad, que el día anterior había estado con Savanah, una señora de color que se pasea por aquí (y que realmente puede llegar a ser muy molesta, con perdón), y que lo había llevado a Barnes & Nobles. Había llegado a la conclusión de que Nueva York aún tenía más que ofrecer. A mí la verdad me pareció muy bien, me dio gusto. Es una gran ciudad, como le dije, cuando uno está en Nueva York siente que está donde suceden las cosas. Eso sí, todos le sugerimos que saliera de Union Square, que había más que ver en Manhattan, pero él ni caso, dividía su tiempo entre el parque y la librería. En fin, esa noche se suponía que Nicolás dormiría en el parque. Pero bueno, en la noche llovió, la tormenta se puso bien fuerte, y ya había un poco más de confianza (incluso fumamos algo de hierba en mi furgoneta, pero la verdad, no me pareció que él hubiera fumado bien, porque la droga no le hizo nada), así que le ofrecí alojarlo en mi departamento, le dije "hey, Nico, si querés podés dormir en el depa, esta noche Mikha se queda a cuidar las cosas y hay espacio." Él aceptó encantado. En fin. Nos quedamos un rato más en el parque debajo de una sombrilla, hablando Nicolás, una chica rusa, Yelena (la chica del pueblo le decíamos, je) y Pierre (francés), su novio del momento, y yo. Luego bajamos al metro, Nico y yo por nuestra ruta hasta Jersey City y Pierre y Yelena por la suya. Bueno, al día siguiente Nicolás estuvo dando vueltas entre el parque y Barnes & Nobles, hablando con Yelena, en general dando vueltas. No lo vi mucho. Al final se quedó hablando con una hippie que estaba matando a una pobre armónica. Yo quería matarla, pero al parecer el Nico tenía otros planes para ella. Se perdieron juntos, y después de eso ya no lo volví a ver.
Me enteré después que Nicolás había regresado a buscarnos, para despedirse, pero no nos había encontrado. Algunos días después me lo encontré en el Messenger, él ya estaba en Florida, en casa de unos tíos. Hablamos bastante en el tiempo que estuvo por ahí, por las noches. Me contó por qué había venido a los Estados Unidos realmente, buscando a una mina. Yo le dije que había tenido valor. Y bueno, seguimos hablando, incluso después de que volvió a Perú, pero ya no mucho. Y como dije al principio, no esperaba volver a verlo por aquí. Incluso me fui de Nueva York, viajé a Uruguay, a Brasil. Luego volví a trabajar. Y bueno, un día se apareció aquí, junto a mi puesto. Más pelucón que la última vez, aunque con algo menos de barba, y no estaba solo. Esta vez venía con un amigo suyo, un español más o menos de su edad llamado Urtzi de la Rosa. Nos lo presentó, nos dijo que también era escritor. Y bueno, hablamos un rato, dijeron que pensaban quedarse un buen tiempo en Nueva York. Yo les dije que me parecía genial. Me preguntó si sabía de alguien que pudiera darles trabajo. Les dije que trataría de averiguar, pero que la verdad es que no tenía idea. Dijeron que no importaba, me agradecieron y entonces nos despedimos. Nicolás me dijo que estarían pasándose por aquí, que de momento se irían a McDonalds a desayunar y luego se darían una vuelta por Barnes & Nobles, pero que definitivamente se pasarían por aquí de nuevo.
Y bueno, así es como va la cosa. De eso ha pasado casi un mes, y casi todos los sábados Nicolás Toro y Urtzi de la Rosa se pasan por aquí. Alguna vez se pasan por McDonalds, luego entran a Barnes & Nobles. La verdad es que no sé, pero yo la verdad lo noté a Nicolás algo cambiado desde esa última vez que nos vimos. No, no, qué va, la hippie esa no tiene nada que ver, de eso estoy seguro, a lo más habrá sido un polvo. Esto es solo algo que veo en él y en Urtzi de la Rosa, algo que el Nico no tenía la primera vez que estuvo en Nueva York y que la verdad que no me provoca averiguar qué es.
Me enteré después que Nicolás había regresado a buscarnos, para despedirse, pero no nos había encontrado. Algunos días después me lo encontré en el Messenger, él ya estaba en Florida, en casa de unos tíos. Hablamos bastante en el tiempo que estuvo por ahí, por las noches. Me contó por qué había venido a los Estados Unidos realmente, buscando a una mina. Yo le dije que había tenido valor. Y bueno, seguimos hablando, incluso después de que volvió a Perú, pero ya no mucho. Y como dije al principio, no esperaba volver a verlo por aquí. Incluso me fui de Nueva York, viajé a Uruguay, a Brasil. Luego volví a trabajar. Y bueno, un día se apareció aquí, junto a mi puesto. Más pelucón que la última vez, aunque con algo menos de barba, y no estaba solo. Esta vez venía con un amigo suyo, un español más o menos de su edad llamado Urtzi de la Rosa. Nos lo presentó, nos dijo que también era escritor. Y bueno, hablamos un rato, dijeron que pensaban quedarse un buen tiempo en Nueva York. Yo les dije que me parecía genial. Me preguntó si sabía de alguien que pudiera darles trabajo. Les dije que trataría de averiguar, pero que la verdad es que no tenía idea. Dijeron que no importaba, me agradecieron y entonces nos despedimos. Nicolás me dijo que estarían pasándose por aquí, que de momento se irían a McDonalds a desayunar y luego se darían una vuelta por Barnes & Nobles, pero que definitivamente se pasarían por aquí de nuevo.
Y bueno, así es como va la cosa. De eso ha pasado casi un mes, y casi todos los sábados Nicolás Toro y Urtzi de la Rosa se pasan por aquí. Alguna vez se pasan por McDonalds, luego entran a Barnes & Nobles. La verdad es que no sé, pero yo la verdad lo noté a Nicolás algo cambiado desde esa última vez que nos vimos. No, no, qué va, la hippie esa no tiene nada que ver, de eso estoy seguro, a lo más habrá sido un polvo. Esto es solo algo que veo en él y en Urtzi de la Rosa, algo que el Nico no tenía la primera vez que estuvo en Nueva York y que la verdad que no me provoca averiguar qué es.
yo quería leer en el baño
trato de usar el baño
pero mi padre ha entrado antes
"voy a echar una pilita," dice, quitándome toda intención que pudiera
-------------haber tenido
de sentarme en el wáter a leer.
el olor se esparce por el baño
y medito sobre lo intolerable que resulta
pensar que con los años todos los hombres empezamos a oler
(unos más que otros, claro).
he decidido leer en mi cuarto
echado en mi cama, pensando
pensando qué tan al fondo de una fosa podría vivir un hombre
y seguir siendo un hombre
y no un cadáver.
pero mi padre ha entrado antes
"voy a echar una pilita," dice, quitándome toda intención que pudiera
-------------haber tenido
de sentarme en el wáter a leer.
el olor se esparce por el baño
y medito sobre lo intolerable que resulta
pensar que con los años todos los hombres empezamos a oler
(unos más que otros, claro).
he decidido leer en mi cuarto
echado en mi cama, pensando
pensando qué tan al fondo de una fosa podría vivir un hombre
y seguir siendo un hombre
y no un cadáver.
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