lunes, 25 de febrero de 2008

5. A oscuras

D, el hombre al que llaman Judah, permanece sentado ante Howard Vizzini. Vizzini le hace un gesto con la mano.
- Coge un puro- le dice. Judah lo hace, sin más. Toma su cuchilla y corta un extremo del cigarro. Chupa el otro extremo y prende el lado cortado con su encendedor.
- No me acostumbro a verte hacer eso- dice Vizzini -. Sabes que debes usar fósforos para eso.
Judah se encoge de hombros, sonríe plácidamente y se alisa el cabello.
- Sabe que me gusta usar mis propias cosas- dice soltando una humarada púrpura -. Sin rechazar su hospitalidad, claro.
Vizzini no parece contento. Tampoco se le ve incómodo. Solo está ahí, sentado.
- ¿Recuerdas el asunto del banco, Judah?- pregunta al otro hombre.
Judah asiente.
- Sí- dice.
- Bien, hay un cambio de planes. No quiero que te deshagas de los documentos. Tráemelos.
Judah se queda mirando un rato a Vizzini. Frunce ligeramente el ceño y ladea la cabeza.
- ¿Y eso es todo?- pregunta, cogiendo el puro entre sus dedos.
- Sí. Todo lo demás sigue tal cual. Desactivas la alarma, abres la bóveda, buscas en su oficina y consigues los papeles. Solo que ahora me los traes.
- Bien entonces.
Judah sonríe.
- ¿Te divierte asustar a la gente, Judah?- pregunta Vizzini, mirándolo con curiosidad.
- Soy un hombre al que le gusta sonreír. Eso no interfiere con mi trabajo, ¿verdad?
Las miradas de ambos hombres se encontraron.
- No. Puedes retirarte.
Judah deja el puro sobre la mesa, se pone de pie y camina hacia la puerta. Antes de salir, habla una vez más.
- ¿Don Vizzini?
Howard Vizzini sale de un corto ensimismamiento.
- ¿Sí?
- Me gustaría que pagase por adelantado a las putas. Hace las cosas más simples.
- Muy bien Judah. Habla de ello con Eduardo.
Judah asiente y sale de ahí. Vizzini se queda solo en la oscuridad.

martes, 19 de febrero de 2008

4. Burn

- ¿No crees que exageras?
D dio una última calada a su cigarrillo.
- No- contestó. Arrojó la colilla al suelo y la pisó -. Pero no podemos estar seguros, ¿no? Habrá que esperar.
- Hmmm- murmuró el otro hombre -. En todo caso, no creas que yo no tengo accesos de alarmismo. A veces son terribles. Pienso que el país no tiene futuro, por el agua, el petróleo, la guerra.
El hombre se rascó el mentón, luego prosiguió.
- Pero entonces trato de no dejarme dominar y recordar que pese a todo estamos en un buen momento, y que aún tenemos tiempo para tomar medidas.
D rió. Se encendió otro cigarrillo.
- "El país." Siempre pensando en grande. ¿Hay algo que trates de compensar, Renton?
- Hombre, es nuestro país, con todo y todo, y hay medidas que debemos tomar por el hecho de que la situación esté así.
- Son medidas que no tendríamos que tomar si la sociedad fuera diferente- dijo D dando una calada a su cigarrillo -. Peeero, no lo es. Y la gente no se abre al cambio. Para la gente, "el cambio" es más de lo mismo. No pueden concebir el borrón y cuenta nueva. Le tienen miedo.
El hombre miró a D, la expresión en su rostro ligeramente consternada. Buscó un cigarrillo en el bolsillo de su camisa.
- Yo también le tengo miedo- contestó llevándose el tabaco a la boca -. Y le seguiré teniendo...
D rió una vez más. Acercándose al hombre, que ahora buscaba sus fósforos, encendió su cigarrillo.
- No te asustes tanto, Rents. Tú nunca lo verás.

martes, 12 de febrero de 2008

3. Aži Dahāka

D entra en la oficina mientras sus hombres revuelven los papeles sobre los escritorios. D deja su arma sobre uno de los escritorios y camina hacia la caja fuerte. Desconoce la codificación, pero eso está a punto de cambiar. La caja fuerte se abre.

Un piso más abajo, numerosos empleados se preguntan qué detiene los sistemas de seguridad del edificio, y los más temerosos pierden la compostura ante la visión de los cadáveres ensangrentados de los ejecutivos. Un hombre golpea a un empleado con la culata de su rifle.

D revisa los documentos de forma rápida y mecánica. En la caja fuerte no encuentra dinero, pero la verdad es que no esperaba encontrarlo. Guarda los papeles adecuados en el interior de su saco y cierra la caja. Recoje su arma y sale de la oficina con paso ligero. Baja por las escaleras y al llegar al piso inferior, todas las miradas se posan en él. D mira a uno de sus hombres, que permanece atento a sus ordenes.
- Mátalos a todos- dice calmadamente, sin regocijarse demasiado a causa de los sollozos y la súbita e invisible bruma que se cierne sobre los corazones de los hombres y mujeres que trabajan en el banco.

D camina hacia la bóveda, donde los especialistas aún no han conseguido resultados. Mira su reloj de forma impaciente y decide intervenir. Los quita de en medio y posa la mano sobre la puerta de noventa centímetros de grosor, y sin mayor retraso esta se abre. Se hace un silencio. Los gritos y el ruido de las balas llega a sus oídos. D mira a sus hombres nuevamente.
- Apúrense. Sáquenlo todo- les dice. Sus hombres asienten.
D se acomoda la corbata y camina hacia la puerta del banco.

sábado, 2 de febrero de 2008

2. El círculo de Dante

Sus cabellos gotean sobre un charco de su propia orina y excrementos. D contempla la mierda fijamente, pues no hay nada más a su alrededor que merezca su atención. El doctor, el hombre de la bata y las inyecciones ya no se acerca a él. Ahora son los hombres de blanco, como cuando lo llevaron allí por primera vez. D ríe mientras los hombres de blanco lo golpean. Ríe y se atraganta con sus propios dientes.
- ¡Tú vas a limpiarlo!- grita el hombre de blanco, y él se ríe más fuerte, porque sabe que no es verdad. El hombre le da una patada y la vejiga se suelta. D se orina de nuevo.
- Hijo de puta- escucha. Después ya no escucha nada. Se ríe, y probablemente, esta vez, solo lo hace para molestar. Está pensando en otra cosa muy diferente a los desperdicios que le rodean o las palizas que le propinan. Ha estado escuchando la música de Otis Redding durante los últimos tres días, y jugando una partida de póker tras otra más tiempo del que podría verificar. Mientras le golpean con las macanas en las rodillas y amenazan con liberar en su sangre algún calmante, D se ríe. Está pensando en escapar.

viernes, 1 de febrero de 2008

1. La habitación del pánico

D limpia su navaja con cuidado, sentado sobre la cama de una habitación mal iluminada. La muchacha era alta, esbelta y morena, tal y como la pidió. Se besaron largamente en esa habitación de hotel y luego hicieron el amor. No hablaron demasiado. Cuando terminaron, D se dio una ducha. La muchacha, Arizona, vio su cuerpo tatuado y le hizo unas cuantas preguntas. D dio las respuestas habituales y comenzó a vestirse. Entonces ella fue a ducharse y D se sentó sobre la cama. Tomó la navaja que guardaba en su chaqueta y comenzó a limpiarla con un pañuelo de color púrpura. No limpiaba la navaja porque fuera realmente necesario, sino porque le ayudaba a pensar. Aún le quedaban momentos en que le gustaba pensar, pensar en películas, en música, en sacar provecho a su dinero. Por un momento, mientras limpiaba con cuidado el filo de la navaja, presionando suavemente con la yema de su dedo pulgar ensalivado, D pensó en rebanarle el cuello a Arizona. Luego pensó en lo cliché que resultaría aquella situación, una puta muerta hallada en una sucia habitación de hotel. Entonces D escucha el agua detenerse. Guarda la navaja en su chaqueta y el pañuelo en un bolsillo del pantalón. Se levanta y se pone la chaqueta. Arizona sale desnuda del baño, y hay algo radiante en ella. A D le gusta hacer el amor con mujeres morenas y delgadas. Que sean prostitutas o camareras le es indiferente, mientras estén sanas. Hacer su trabajo enfermo de sífilis era posible, pero no hubiera resultado fácil ni agradable. Estaba mejor limpio, tal y como Arizona estaba mejor viva. La mujer se acercó a besarlo y D no la rechazó. Sonrió con suavidad. Sacó algo de dinero de su chaqueta y lo dejó sobre la mesa de noche.
- Voy a irme. Paga con eso la habitación. Vizzini te dará lo que te toca.
Arizona chasqueó la lengua. Caminó hacia la mesita y recogió el dinero.
- ¿Don Vizzini paga todos tus placeres?
D se acomodó la corbata y posó una mano sobre el pomo de la puerta.
- Así es el negocio- respondió. Abrió la puerta y salió de allí.

jueves, 24 de enero de 2008

El cuchillo

- Au, me corté el dedo- dice Daniel soltando mi cuchillo.
- Lo veo, lo veo. Podría darte sida- le digo.
- Dios mío.
Me agacho y lo recojo, lo limpio con un clínex y lo guardo.
- ¿Se ha cortado mucha gente con él?
- Imagino que sí, unas cuantas.
- Ala.
- Sí.
- Na, no creo que tenga nada.
- Sí, bueno, yo no estoy convencido. Ala, qué corte tan feo. Toma- le digo, alcanzándole un rollo de esparadrapo que guardo en el escritorio.
- Oh, gracias. Cabrón.
- Eh, no insultes. Jojojó.
Me río mientras Daniel se envuelve el dedo en esparadrapo.
- ¿Por qué lo compraste? ¿No te bastaba con una suiza?
- Por seguridad- contesto.
- Qué, ¿por si te asaltan?
- También. Para el peligro.
- Qué patán. Los choros saben usar cuchillos. Además seguro antes de que lo empieces a usar ya te dejaron calato y con algo roto.
- Hmmm. Si lo piensas, no es usual que los asaltantes rompan huesos, ¿no? Normalmente siempre cortan o amenazan con una pistola.
Una pistola que bien podría no estar ahí, pienso.
- A un amigo le rompieron la columna por 10 soles.
- Cristo- digo -. Qué mal estamos.
- Es el Perú- me responde Daniel.
- Nada. La gente es igual en todas partes.
- ¿Tú crees? No creo que en Noruega te asalten por 10 soles.
- Ja. Sobre todo en Noruega.
- ¿Ah sí?
- Sí. No confíes en los nórdicos solo porque pagan por dar a luz. Son gente terrible.
- Estas hablando caca- dice Daniel -. Tú no conoces un solo nórdico.
- Por supuesto que sí. El tipo que me vendió esa cuchilla lo era. Un noruego, de madre sueca. Te lo digo, era todo un vikingo.
- ¿Un noruego te vendió un cuchillo en la Cachina?
Me encojo de hombros.
- No fue exactamente en la cachina. Fue por la Cachina.
- Dios santo. ¿Y qué más?
- Nada. Yo había ido a comprar un chaleco y salía de ahí cuando el tipo se me acercó. Verás, un tipo de casi dos metros y muy rubio y con trenzas siempre destaca en un lugar como la Cachina.
- Ajá. Entre tanto indio.
- Exacto- digo -. En fin, se me acerca y me dice con un acento muy marcado que si me interesa comprar un cuchillo. Entonces le digo "Muestrame lo que tienes", y el tipo saca una manta llena de cuchillos. Con seguro, sin seguro, incluso había una de esas botas con navaja escondida.
- ¿En serio?
- No. Pero sí tenía muchos cuchillos. En fin, el tipo se llamaba Soren y mientras miro sus navajas me dice que es nieto de Ibsen con ese español tan feo el suyo.
- ¿Ibsen?
- Un escritor noruego famoso. Bueno, entonces pasó por ahí otro sujeto y le pide al nieto de Ibsen un poco de alcohol. Así que este le pasa una botella que tenía entre sus chucherías y me sigue mirando, muy sonriente él.
- Oh.
- Y le pregunto, "¿Se corta mucha gente?".
- ¿Y qué te dijo?
- "Siempre hay algún inútil," y se rió.
- Ala, qué sujeto tan vil.
- Ya, es lo mismo que pensé. En fin, me reí del chiste y salí de allí.
- ¿Cuanto le pagaste?
- 10 soles. Es un buen cuchillo, tú lo sabes. A penas lo rozaste y te cortaste bien.
- Es verdad. Dios mío, ¿en verdad te dijo "siempre hay algún inútil"?
- Claro que sí. Te estoy contando la historia por algo.
- Ala, en verdad pienso que no deberías tener ese cuchillo suelto por ahí.
- Eh, no me culpes, tú eres el que lo agarró.
- Sí, pero igual. Yo no lo hubiera agarrado si no hubiera estado suelto por ahí.
- Pero nadie te mandó a agarrarlo.
- Te digo que es igual. La próxima vez tenlo guardado.
Nos quedamos en silencio un momento.
- Dios mío- susurra Daniel.
- Jaja. Eres un inútil- digo, y me dejo caer sobre la cama, pensando en que podría darle sida.

martes, 22 de enero de 2008

El Colón

Nací con una cola. Mis padres no tenían dinero para amputarla así que decidieron conservarla. Supongo que no imaginaron que el chisme crecería conmigo. Y no se trata de un bultito afeminado en el cóccix. Mi cola es como sería la de un mono, larga y prensil.
El asunto nunca fue gracioso del todo. Un niño con una cola no es como un niño con un retardo mental. No inspira simpatía. Los otros niños se meten con él y los adultos lo miran como si tuviera la culpa de algo. Así que me acostumbré a la suspicacia de los demás.
Pero me gustaba mi cola. Nunca hice nada para sacarmela de encima. A veces pensaba que su utilidad no tenía límites. Fui criado por mi padre para ayudarlo en el puerto y vaya que lo ayudaba. Era como un marino de tres manos. El único problema era que no me pagaba. No podía permitirselo, así que trabajaba gratis para mi padre y a cambio yo podía seguir viviendo bajo su techo.
Pese a nuestra situación, en casa teníamos una buena biblioteca. Un día unos curas llevaron a la parroquia una gran donación de libros de texto y mi padre y yo los cogimos todos. O no todos, pero sí bastantes. El problema es que luego, cuando mi padre quiso venderlos, nadie en el barrio quiso pagar. En un barrio de marineros, los hombres no tenían tiempo para leer y las mujeres no tenían un sueldo para invertir. Que vivan los 60's.
En fin. En el barrio me decían el Mono. También me decían Mandril. Las señoras más viejas me llamaban Satanás. Tenía una distinguida variedad de apodos. De todos ellos yo me quedaba con Cristobal, por "Colón". Para el hijo de un marinero, Cristobal era un mote distinguido.
El asunto es que antes de cumplir los veinte años todo iba bien. Fue a los veinte cuando las cosas se desmadraron. Y todo por culpa de las mujeres. O quizás de los hombres que las mataban de hambre, y no estoy hablando de hambre de comida, a menos que el gran plátano peludo cuente. Aunque supongo que en realidad todo fue culpa de las hormonas de Marinés. Marinés era la chica recorrida del barrio. Ella era una gran cachorra, había estado con todos. Menos conmigo, claro. Yo tenía una cola. Pero un día que tuve la tarde libre y me paseaba por el barrio, supongo que la agarré con hambre.
"Hola," me dijo, y yo contesté "Hola."
"No eres tan feo," dijo entonces. Y yo contesté "Supongo que no."
Y entonces Marinés me arrimó a su casa. Vivía sola con su padre, y el hombre estaba trabajando. Y fue ahí donde las cosas empezaron a ponerse bien. Estuvimos chancándonos por horas y entonces Marinés dijo: "Hey, podrías usar ese chisme." Y empezó a chuparme la cola. Dios mío, pensé, y luego de unas cuantas horas más, la cachorra estaba más que satisfecha.
"Podrías ser un puto," dijo limpiándose el sudor del cuerpo.
"Eh, aquí la puta eres tú."
Marinés se rió, pero yo me quedé pensando. Era mi posibilidad de hacer dinero. Por primera vez en toda mi vida. Así que decidí aprovecharla. Marinés me hizo propaganda entre las mujeres del barrio y pronto mi cola empezó a despertar el calor. Era un íncubo, un mono de la lujuria, yo era Satanás, el deseo encarnado, el mastil de la carabela.
Pero como dije antes, fue en ese período en que las cosas se desmadraron. Unos cuantos soles por un servicio, y las cuentas en la casa se empezaban a ir por el suelo. ¿En qué gastaban las mujeres el dinero del pan, de la mantequilla, del almuerzo? ¿Por qué carajo estaban sudando tanto? Fue mi padre quien lo dedujo. Estaba en la casa de los Duarte almorzándome a la señora Duarte cuando la puerta se abrió y entraron mi padre y otros cinco marineros grandes y me dieron una verdadera paliza. Me cogieron por la cola y me la hubieran cortado si mi padre no me los hubiera sacado de encima.
"¡Vete de aquí, vergüenza!" me gritó después, y eso hice. Y todas las amas de casa del barrio y las chiquillas, entre ellas Marinés, estaban ahí, viendo como les quitaban la felicidad. Nunca volví a los puertos. Me quería demasiado para hacerlo.
De ahí en adelante tuve varios trabajos. En más de veinte años lustré botas, freí plátanos, limpié vidrios y corté pastos. Pero principalmente bebí. Me gustaba beber, me vigorizaba. Realmente me sentía bien. Nunca volví a putearme. Sin nadie allí que hablara maravillas de mis habilidades y esa milagrosa extremidad mía, ninguna mujer respetable estaba dispuesta a probarme. Y la mayoría de las que no lo eran tampoco.
En los últimos años lo que más he hecho ha sido cortar grama. Soy un jardinero de puta madre, tengo talento. En fin, ahora mismo estoy cortando el jardín de la señora Gutiérrez, en Monterrico. La señora Gutiérrez está bastante bien, hace ejercicio y tiene el culo bien puesto. No le echo ni cuarenta años, pero en las mujeres de dinero la edad es siempre un asunto engañoso. Al marido lo he visto solo un par de veces, es un ejecutivo pequeñito y que siempre anda perfumado.
- Hey Edgar, ¿tiene sed?- dice la señora.
- Sí, claro señora, muchas gracias- digo yo, pasando la máquina sobre el pasto. Al rato la señora Gutiérrez se acerca con un vaso de limonada y yo se lo recibo con la cola.
- Dios mío- la escucho decir. Entonces es que recuerdo que siempre que trabajo como jardinero me ato la cola a la cintura, para no llamar la atención. Carajo, pienso.
- Oh, lo siento- digo.
- ¿Es eso lo que creo que es?- pregunta la señora Gutiérrez.
- Supongo que sí- respondo -. ¿Qué es lo que cree que es?
- Pase Edgar, pase, pase.
Así que la señora Gutiérrez y yo entramos a su casa y se me lanza encima.
- ¡Ajá!- exclama -. ¡Tiene usted una cola! ¡Edgar, es usted un hombre orquesta!
- Señora Gutiérrez, sáqueseme de encima. ¡Sácate de encima loca!
- No, no- dice la señora Gutiérrez -. ¡He estado necesitando esto desde hace meses!
La señora se saca la ajustada camiseta púrpura y libera un pecho bastante apetecible. Dios mío, pienso, esta mujer si que tiene tetas.
- Dios mío- digo, y comienzo a lamerlas, morderlas y llenarlas de chupetones. La señora Gutiérrez gime y grita, antes de arrancarme la camisa y los pantalones. En un segundo estoy desnudo, solo cubierto por mi espesa capa de vello rizado.
- Vaya, eres un hombre rizado- dice, y cogiéndome el mazo me lo empieza a chupar. Y sí que lo hace bien. Podría dejar que me la chupe todo el día, pero me doy cuenta de que eso no es lo que ella quiere. Me coge de la mano y me lleva rápidamente al segundo piso. Cierra la puerta detrás de nosotros y me lanza a la cama. Se pone encima mío y ni bien trato de besarle las tetas una vez más me empuja.
- Podemos saltarnos esa parte. Pasemos a lo de verdad.
La señora Gutiérrez abre su cajón y saca un tarrito de vaselina.
- Quiero que me la metas por los dos sitios.
- Dios mío, usted si que está necesitada- le digo.
- No sabes cuanto- dice, y me obliga a pararme. Se echa en la cama y abre las piernas al tiempo que levanta las caderas, dándome una buena vista de su sexo y la entrada de su culo -. Vamos cariño, no tengo todo el día.
Así que sin más meto dos dedos en el tarro y le embadurno el culo de vaselina. Luego froto un poco mi cola y sin más, la ensarto por los dos huecos, el primer chisme en la húmeda chucha y luego la cola en el culo.
- ¡Jesús!- exclama la señora Gutiérrez.
Entonces comenzamos a movernos. Sobre todo ella, se mueve como una loca. Gritamos, nos besamos, nos mordemos, le pellizco los pezones mientras la penetro. Estoy usando mis dos chismes como un verdadero campeón. ¡Soy el Ejército Rojo y estoy a punto de soltar la bomba!
- ¡Jesús! ¡Oh, Jesús, Jesús!- exclama la mujer. Yo me sigo moviendo y ella también y no para de gritar "Jesús, Jesús" mientras la cama chirrea.
- Mujer, para de llamar a Jesús que me estás poniendo nervioso- le digo entre jadeos.
- Oh, lo siento. Oh, Jesús. ¡Jesús, así, dame, dame, dame!
Entonces la puerta se abre y entra un tipo pequeño y grueso con un traje, es el marido, el señor Gutiérrez, y tiene un gran bate de béisbol.
- ¡Puta!- grita el tipo, pero me comienza a pegar a mí con el bate. Dios mío, ¿qué clase de persona tiene un bate de béisbol en el tercer mundo? Oh, Dios.
- ¡César, por Dios!- grita la mujer mientras su esposo me parte los huesos a batazos.
- ¿Así que te gusta tirarte a mi mujer, no monstruo de mierda?
Y el tipo no para de golpearme y golpearme. Cristo, no puedo sentir mis huesos. La cabeza, los brazos, la cola, Dios santo, la chula no.
Mientras el señor Gutiérrez me sigue golpeando, medito un poco sobre mi vida.

Dicen que algunos lo tienen.

Y que otros no.