Sobre la cubierta del barco, Tommen sopesaba la vieja hacha de su abuelo. Era una buena arma de acero skarsgard, y había acompañado a su abuelo hasta el final. El final. Tommen levantó el hacha y dio un suave mandoble, curvo. Sintió que casi podía hendir la brisa marina.
- ¡Tierra!- gritó Balin -. ¡Hemos llegado! ¡Tierra!
Al tiempo de la llamada de Balin comenzó el tumulto en el barco dragón. Los guerreros, hermanos de Tommen, cubiertos por corazas, refulgían bajo el blanco sol de la mañana. De aquí a allá, los que aún no estaban listos se preparaban en el último instante.
Tommen se puso de pie, hacha en mano. Nunca antes había ido a una batalla con otra cosa que no fuera su espada, y esa novedad le hacía dudar sobre sus posibilidades de volver a casa. Pero aquella arma era la herencia de su abuelo, y los geddos le habían dado muerte. El honor demandaba que les hiciera frente armado con ella. Cencellada. Así se llamaba.
- ¡Encallar!- gritó Balin. Los guerreros skarsgard se aferraron al borde de la nave. Las flechas de los geddos saltaron sobre ellos. No eran los mejores arqueros. De todos sus hermanos en la nave, Tommen solo contó cuatro caídos. Los clamores de batalla de aquellos cercanos a los muertos no tardaron en hacerse escuchar. Y entonces, el golpe a tierra. El barco encayó con la fuerza de una saeta, protegido por las escamas en el casco. Algunos de los guerreros más jóvenes perdieron el equilibrio y cayeron, y los clamores se hicieron más fuertes y numerosos. Tommen tomó a Cencellada con ambas manos.
- ¡Freya!- gritó.
Dando un salto se encontró sobre la tierra, listo para la batalla.
martes, 25 de marzo de 2008
sábado, 22 de marzo de 2008
sueño de invierno
se tiempla el anillo oriental
que atraviesa la tierra
en una forja en las montañas/
se acerca el invierno
y abajo los guerreros escupen
gorgojos de sangre negra
que atraviesa la tierra
en una forja en las montañas/
se acerca el invierno
y abajo los guerreros escupen
gorgojos de sangre negra
miércoles, 19 de marzo de 2008
fumando con una taza de café
el humo encalla
sobre los prados rojos
con la fuerza de 100 caballos.
Santiago de Chile, 11 de marzo del 2008
sobre los prados rojos
con la fuerza de 100 caballos.
Santiago de Chile, 11 de marzo del 2008
lunes, 25 de febrero de 2008
5. A oscuras
D, el hombre al que llaman Judah, permanece sentado ante Howard Vizzini. Vizzini le hace un gesto con la mano.
- Coge un puro- le dice. Judah lo hace, sin más. Toma su cuchilla y corta un extremo del cigarro. Chupa el otro extremo y prende el lado cortado con su encendedor.
- No me acostumbro a verte hacer eso- dice Vizzini -. Sabes que debes usar fósforos para eso.
Judah se encoge de hombros, sonríe plácidamente y se alisa el cabello.
- Sabe que me gusta usar mis propias cosas- dice soltando una humarada púrpura -. Sin rechazar su hospitalidad, claro.
Vizzini no parece contento. Tampoco se le ve incómodo. Solo está ahí, sentado.
- ¿Recuerdas el asunto del banco, Judah?- pregunta al otro hombre.
Judah asiente.
- Sí- dice.
- Bien, hay un cambio de planes. No quiero que te deshagas de los documentos. Tráemelos.
Judah se queda mirando un rato a Vizzini. Frunce ligeramente el ceño y ladea la cabeza.
- ¿Y eso es todo?- pregunta, cogiendo el puro entre sus dedos.
- Sí. Todo lo demás sigue tal cual. Desactivas la alarma, abres la bóveda, buscas en su oficina y consigues los papeles. Solo que ahora me los traes.
- Bien entonces.
Judah sonríe.
- ¿Te divierte asustar a la gente, Judah?- pregunta Vizzini, mirándolo con curiosidad.
- Soy un hombre al que le gusta sonreír. Eso no interfiere con mi trabajo, ¿verdad?
Las miradas de ambos hombres se encontraron.
- No. Puedes retirarte.
Judah deja el puro sobre la mesa, se pone de pie y camina hacia la puerta. Antes de salir, habla una vez más.
- ¿Don Vizzini?
Howard Vizzini sale de un corto ensimismamiento.
- ¿Sí?
- Me gustaría que pagase por adelantado a las putas. Hace las cosas más simples.
- Muy bien Judah. Habla de ello con Eduardo.
Judah asiente y sale de ahí. Vizzini se queda solo en la oscuridad.
- Coge un puro- le dice. Judah lo hace, sin más. Toma su cuchilla y corta un extremo del cigarro. Chupa el otro extremo y prende el lado cortado con su encendedor.
- No me acostumbro a verte hacer eso- dice Vizzini -. Sabes que debes usar fósforos para eso.
Judah se encoge de hombros, sonríe plácidamente y se alisa el cabello.
- Sabe que me gusta usar mis propias cosas- dice soltando una humarada púrpura -. Sin rechazar su hospitalidad, claro.
Vizzini no parece contento. Tampoco se le ve incómodo. Solo está ahí, sentado.
- ¿Recuerdas el asunto del banco, Judah?- pregunta al otro hombre.
Judah asiente.
- Sí- dice.
- Bien, hay un cambio de planes. No quiero que te deshagas de los documentos. Tráemelos.
Judah se queda mirando un rato a Vizzini. Frunce ligeramente el ceño y ladea la cabeza.
- ¿Y eso es todo?- pregunta, cogiendo el puro entre sus dedos.
- Sí. Todo lo demás sigue tal cual. Desactivas la alarma, abres la bóveda, buscas en su oficina y consigues los papeles. Solo que ahora me los traes.
- Bien entonces.
Judah sonríe.
- ¿Te divierte asustar a la gente, Judah?- pregunta Vizzini, mirándolo con curiosidad.
- Soy un hombre al que le gusta sonreír. Eso no interfiere con mi trabajo, ¿verdad?
Las miradas de ambos hombres se encontraron.
- No. Puedes retirarte.
Judah deja el puro sobre la mesa, se pone de pie y camina hacia la puerta. Antes de salir, habla una vez más.
- ¿Don Vizzini?
Howard Vizzini sale de un corto ensimismamiento.
- ¿Sí?
- Me gustaría que pagase por adelantado a las putas. Hace las cosas más simples.
- Muy bien Judah. Habla de ello con Eduardo.
Judah asiente y sale de ahí. Vizzini se queda solo en la oscuridad.
martes, 19 de febrero de 2008
4. Burn
- ¿No crees que exageras?
D dio una última calada a su cigarrillo.
- No- contestó. Arrojó la colilla al suelo y la pisó -. Pero no podemos estar seguros, ¿no? Habrá que esperar.
- Hmmm- murmuró el otro hombre -. En todo caso, no creas que yo no tengo accesos de alarmismo. A veces son terribles. Pienso que el país no tiene futuro, por el agua, el petróleo, la guerra.
El hombre se rascó el mentón, luego prosiguió.
- Pero entonces trato de no dejarme dominar y recordar que pese a todo estamos en un buen momento, y que aún tenemos tiempo para tomar medidas.
D rió. Se encendió otro cigarrillo.
- "El país." Siempre pensando en grande. ¿Hay algo que trates de compensar, Renton?
- Hombre, es nuestro país, con todo y todo, y hay medidas que debemos tomar por el hecho de que la situación esté así.
- Son medidas que no tendríamos que tomar si la sociedad fuera diferente- dijo D dando una calada a su cigarrillo -. Peeero, no lo es. Y la gente no se abre al cambio. Para la gente, "el cambio" es más de lo mismo. No pueden concebir el borrón y cuenta nueva. Le tienen miedo.
El hombre miró a D, la expresión en su rostro ligeramente consternada. Buscó un cigarrillo en el bolsillo de su camisa.
- Yo también le tengo miedo- contestó llevándose el tabaco a la boca -. Y le seguiré teniendo...
D rió una vez más. Acercándose al hombre, que ahora buscaba sus fósforos, encendió su cigarrillo.
- No te asustes tanto, Rents. Tú nunca lo verás.
D dio una última calada a su cigarrillo.
- No- contestó. Arrojó la colilla al suelo y la pisó -. Pero no podemos estar seguros, ¿no? Habrá que esperar.
- Hmmm- murmuró el otro hombre -. En todo caso, no creas que yo no tengo accesos de alarmismo. A veces son terribles. Pienso que el país no tiene futuro, por el agua, el petróleo, la guerra.
El hombre se rascó el mentón, luego prosiguió.
- Pero entonces trato de no dejarme dominar y recordar que pese a todo estamos en un buen momento, y que aún tenemos tiempo para tomar medidas.
D rió. Se encendió otro cigarrillo.
- "El país." Siempre pensando en grande. ¿Hay algo que trates de compensar, Renton?
- Hombre, es nuestro país, con todo y todo, y hay medidas que debemos tomar por el hecho de que la situación esté así.
- Son medidas que no tendríamos que tomar si la sociedad fuera diferente- dijo D dando una calada a su cigarrillo -. Peeero, no lo es. Y la gente no se abre al cambio. Para la gente, "el cambio" es más de lo mismo. No pueden concebir el borrón y cuenta nueva. Le tienen miedo.
El hombre miró a D, la expresión en su rostro ligeramente consternada. Buscó un cigarrillo en el bolsillo de su camisa.
- Yo también le tengo miedo- contestó llevándose el tabaco a la boca -. Y le seguiré teniendo...
D rió una vez más. Acercándose al hombre, que ahora buscaba sus fósforos, encendió su cigarrillo.
- No te asustes tanto, Rents. Tú nunca lo verás.
martes, 12 de febrero de 2008
3. Aži Dahāka
D entra en la oficina mientras sus hombres revuelven los papeles sobre los escritorios. D deja su arma sobre uno de los escritorios y camina hacia la caja fuerte. Desconoce la codificación, pero eso está a punto de cambiar. La caja fuerte se abre.
Un piso más abajo, numerosos empleados se preguntan qué detiene los sistemas de seguridad del edificio, y los más temerosos pierden la compostura ante la visión de los cadáveres ensangrentados de los ejecutivos. Un hombre golpea a un empleado con la culata de su rifle.
D revisa los documentos de forma rápida y mecánica. En la caja fuerte no encuentra dinero, pero la verdad es que no esperaba encontrarlo. Guarda los papeles adecuados en el interior de su saco y cierra la caja. Recoje su arma y sale de la oficina con paso ligero. Baja por las escaleras y al llegar al piso inferior, todas las miradas se posan en él. D mira a uno de sus hombres, que permanece atento a sus ordenes.
- Mátalos a todos- dice calmadamente, sin regocijarse demasiado a causa de los sollozos y la súbita e invisible bruma que se cierne sobre los corazones de los hombres y mujeres que trabajan en el banco.
D camina hacia la bóveda, donde los especialistas aún no han conseguido resultados. Mira su reloj de forma impaciente y decide intervenir. Los quita de en medio y posa la mano sobre la puerta de noventa centímetros de grosor, y sin mayor retraso esta se abre. Se hace un silencio. Los gritos y el ruido de las balas llega a sus oídos. D mira a sus hombres nuevamente.
- Apúrense. Sáquenlo todo- les dice. Sus hombres asienten.
D se acomoda la corbata y camina hacia la puerta del banco.
Un piso más abajo, numerosos empleados se preguntan qué detiene los sistemas de seguridad del edificio, y los más temerosos pierden la compostura ante la visión de los cadáveres ensangrentados de los ejecutivos. Un hombre golpea a un empleado con la culata de su rifle.
D revisa los documentos de forma rápida y mecánica. En la caja fuerte no encuentra dinero, pero la verdad es que no esperaba encontrarlo. Guarda los papeles adecuados en el interior de su saco y cierra la caja. Recoje su arma y sale de la oficina con paso ligero. Baja por las escaleras y al llegar al piso inferior, todas las miradas se posan en él. D mira a uno de sus hombres, que permanece atento a sus ordenes.
- Mátalos a todos- dice calmadamente, sin regocijarse demasiado a causa de los sollozos y la súbita e invisible bruma que se cierne sobre los corazones de los hombres y mujeres que trabajan en el banco.
D camina hacia la bóveda, donde los especialistas aún no han conseguido resultados. Mira su reloj de forma impaciente y decide intervenir. Los quita de en medio y posa la mano sobre la puerta de noventa centímetros de grosor, y sin mayor retraso esta se abre. Se hace un silencio. Los gritos y el ruido de las balas llega a sus oídos. D mira a sus hombres nuevamente.
- Apúrense. Sáquenlo todo- les dice. Sus hombres asienten.
D se acomoda la corbata y camina hacia la puerta del banco.
sábado, 2 de febrero de 2008
2. El círculo de Dante
Sus cabellos gotean sobre un charco de su propia orina y excrementos. D contempla la mierda fijamente, pues no hay nada más a su alrededor que merezca su atención. El doctor, el hombre de la bata y las inyecciones ya no se acerca a él. Ahora son los hombres de blanco, como cuando lo llevaron allí por primera vez. D ríe mientras los hombres de blanco lo golpean. Ríe y se atraganta con sus propios dientes.
- ¡Tú vas a limpiarlo!- grita el hombre de blanco, y él se ríe más fuerte, porque sabe que no es verdad. El hombre le da una patada y la vejiga se suelta. D se orina de nuevo.
- Hijo de puta- escucha. Después ya no escucha nada. Se ríe, y probablemente, esta vez, solo lo hace para molestar. Está pensando en otra cosa muy diferente a los desperdicios que le rodean o las palizas que le propinan. Ha estado escuchando la música de Otis Redding durante los últimos tres días, y jugando una partida de póker tras otra más tiempo del que podría verificar. Mientras le golpean con las macanas en las rodillas y amenazan con liberar en su sangre algún calmante, D se ríe. Está pensando en escapar.
- ¡Tú vas a limpiarlo!- grita el hombre de blanco, y él se ríe más fuerte, porque sabe que no es verdad. El hombre le da una patada y la vejiga se suelta. D se orina de nuevo.
- Hijo de puta- escucha. Después ya no escucha nada. Se ríe, y probablemente, esta vez, solo lo hace para molestar. Está pensando en otra cosa muy diferente a los desperdicios que le rodean o las palizas que le propinan. Ha estado escuchando la música de Otis Redding durante los últimos tres días, y jugando una partida de póker tras otra más tiempo del que podría verificar. Mientras le golpean con las macanas en las rodillas y amenazan con liberar en su sangre algún calmante, D se ríe. Está pensando en escapar.
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