sábado, 28 de junio de 2008

La respuesta

Mientras caminaba a mi casa estuve pensando en un arcetijo. Unos trabajadores tratan de instalar una caja negra en un poste eléctrico y entonces dos personas caminando en sentido opuesto pasan junto a ellos, justo debajo de la caja. Una de las dos personas soy yo. Entonces uno de los trabajadores sufre una descarga y los otros sueltan la caja. Ahora, la cuestión es, por qué de las dos personas que se encuentran bajo la caja, esta tiene que caer sobre mí. Lo estuve pensando seriamente durante unos buenos dos minutos cuando la respuesta se manifestó ante mí de manera inesperada al llegar a mi condominio: algún marica me había cerrado la reja. Busqué al guardián con la mirada, pero no lo encontré. Iba a tener que darme la vuelta, pero la verdad era que no quería. Yo vivía ahí y tenía derecho a pasar por esa entrada. Podría haber trepado con toda facilidad, pero pasaban demasiados autos y el guardián del condominio vecino me miraba con demasiada atención para mi gusto. Lo miré. El cabrón me estaba escrutando con descaro. Miré a otro lado. Me llevé las manos a los bolsillos. Miré al interior del condominio, pero no había ni un alma. Me pregunté a santo de qué habrían cerrado la reja. Supuse que podía hacerme una idea: era custión de mirarme al espejo. Tenía pinta de lo que Harry llamaba Jesús en drogas. Me sentí indignado. Me sentí fastidiado. Me sentí supinamente desdichado y vigilado por el cabrón del huachimán de enfrente. Entonces le puse mi mejor cara de caca y caminé de vuelta a mi reja. Tenía que haber una forma de entrar sin tener que darme la vuelta. Quizás la señora menopausica o el ansioso padre de familia con mostacho y cuernos que me había cerrado la reja para proteger a sus pequeños gremlins de mis deseos pederastas era tan inútil que no había sabido cerrarla bien. Probablemente el candado era demasiado grande para sus dedos inútiles, así que decidí probar suerte. Puse la mano sobre la cadena y solo entonces me di cuenta de que no había candado.
- Coño.
Pasé la cadena por debajo de la cerradura y esta cayó tan rápida y pesada como un cerote. En ese momento no pude evitar sentirme primitivo. Me volví un instante hacia el vigilante del condominio vecino. Aún me miraba de reojo, el muy maricón. Le di un empujón a la reja y entré a mi condominio, sin poder evitar sentirme observado. Era como el nuevo mandril en el zoológico o algo así. Me merecía esa cochina caja negra.

domingo, 22 de junio de 2008

Rey de Reyes

Ex-piloto de F-22, herrero en Galicia, boxeador amateur y ex-taxista de Buenos Aires. Ése soy yo. Vercingétorix Grandbois, pa usté. Llevo 126 días trabajando como detective privado y ya estoy empezando a recuperar la fe en la perpetuidad del matrimonio, pues solo tengo 5 casos cerrados y 0 clientes. Vivo de mis ahorros y de lo que logro reunir vendiendo piecitas de filigrana. De tanto en tanto llamo a mi madre, sobre todo en días como hoy. Halloween, Día de San Patricio, a veces en el día del padre. Me gusta pensar que no lo hago a propósito, que las propagandas de esos días son más llamativas que los del día de la madre y que la fecha exacta de su cumpleaños se ha perdido en la vorágine del tiempo hace ya tiempo. Tomo la botella de Smirnoff y le doy un largo trago. Entonces pongo mis cartas sobre la mesa. Todos las miran en silencio, y es el turno de algún otro tipo.
- ¿Para ti cuál es el trago más macho de derechas que hay, Ulises?- pregunta algún ciruelo.
- El ron- dice Ulises mostrándonos sus cartas -. Rey de reyes. Y el ron es el trago más macho de derechas.
- Que se levanta a las 6 de la mañana y le pega a su mujer- añade sonriendo el ciruelo. Todos se ríen. Ulises, Compostela y los demás son todos unos ciruelos. Ríen, ríen.
- Nada- intervengo algo molesto -. El ron. Ja. Trago de isleños gays. Reggaetoneros-negros-isleños-gays.
Los devuelvo a la realidad. Ulises me mira.
- Pero...
- Nada. Isleñosmaricas- sentencio.
Compostela pone cara de cerdo. Se está riendo, pone una jota sobre la mesa y cambia el orden de todo. Le toca de nuevo a algún rosquete.
- Definitivamente- dice Compostela, sorbiendo mocos por la nariz - el trago para machos de derechas es el whiskey. ¿O no, mi querido Grandbois? La bebida de los guerreros celtas.
Parece que lo estoy meditando pero después de una corta pausa no puedo evitar reírme en su cara en su cara. No es un error de tipeo cuando digo en su cara en su cara, sino que le pongo énfasis.
- Nada, caca- digo-. Celtas maricas con trenzas e igualitarios. Gays y esnifaharpas.
- Ok, ¿entonces cuál te parece la bebida de los machos de derechas, Grandbois?- me pregunta Ulises.
Le doy otro trago al vodka, me enciendo un cigarrillo y dejo mis cartas sobre la mesa.
- Verás, Uli, tu error estuvo en pensar que porque el ron es barato es un trago masculino. El ron es un trago de esclavos, y someterte a él es dejar que te sodomice un capataz con una caña de azúcar. Además, tu lógica no tiene sentido, habiendo tragos aún más baratos y mucho más recios, como el yonque. Por un sol te llevas un litro, Uli. Y en cuanto a tu razonamiento, Compostela, debo decir que es aún más precario, casi digno de una señora menopausica. Pensaste por un segundo de que accedería a tu sugerencia simplemente por mi sangre, y eso es gay, tanto como las trenzas de mis ancestros. No, señores, el trago más macho de derechas, sin lugar a discusión, es el vodka.
Alzo la botella de Smirnoff ante todos.
- Un trago hecho para ser bebido en Siberia mientras se lucha con osos. Ese es un trago para hombres- digo.
Entonces me interrumpe algún ciruelo.
- Eh, Grandbois, se te cayó una carta de la manga, maricón- dice, o algo así.
- Así no se juega, hijo de puta- dice Ulises poniéndose de pie. En ese instante agarro el mazo de cartas y se lo arrojo a la cara. Salto sobre la mesa y reparto patadas y me caigo de barbilla al suelo. Me sube una burbuja de sangre a los labios.
- Mierda- murmuro, y entonces veo que el marica de Compostela se va corriendo con mi Smirnoff. Debo gritar, y lo hago.
- ¡Noooooooooooooooooooo!
Siento las patadas sobre mis costillas y no puedo evitar pensar en el alquiler.
Perdí.

jueves, 19 de junio de 2008

tótem

Hay algo mágico en las islas entre América y Europa. Islas verdes y doradas, frías, donde los hombres de hierro y sus caballos llegaron provenientes de las colosales masas de tierra, llegaron e impusieron su cultura y su legado. Hay algo mágico en estas islas que me llama. Veo un hombre de barba roja que me llama por las noches y me dice que cruce el mar, que nade los kilómetros de extensión de acero, que llegue a la costa y alivie mi dolor en casas suaves de reposo, que escriba por los días y las noches. Mis hijos deben nacer en estas tierras duras, donde el invierno es crudo y el sol es una gran bola de algodón. Gabriel, Iñaki y Victoria, correrán fuertes sobre los prados y se bañaran en lagos de glaciar, en geisers furiosos que acariciarán sus cabellos como harían los dedos de su madre. En Islandia seré el hijo de un dios muerto entre hombres que no tienen apellido. Toda mi vida he sabido que en mi alma hay un lobo y un león que se debaten por mi destino en los días y en las noches y nunca he estado seguro del todo a qué manada pertenezco. La sangre de un león y el espíritu del lobo solitario en el invierno, que muere lejos de la manada. Veo el sol brillando por la noche y siento el impulso de hacer mi cama pedazos y construir un barcoluengo. Siento el impulso de acariciar a una mujer, de hacerle el amor violentamente y de ser tierno y gentil y furioso y lunático. Escribo en un papel, eres un horrible ángel que menstrua oro y platino. Y te amo. Siento el impulso de matar a un hombre en la calle. Pienso en un hacha y en espadas y en el martillo que me aguarda en una roca. Con tu cola frenas las pulsaciones de mi lengua y solo entonces salgo de mi casa y me encuentro bajo la lluvia y camino largamente pensando en el viaje que tengo por delante y lo que dejaré atrás para afianzar la roca que hay en mí, ese animal de cuatro patas silencioso. Y cuando me subo al auto tengo una visión. Delante de mí se manifiestan todos los sueños de los hombres como un gran tractor sin conductor, un tractor inmenso de hierro rojo, pesado y que todo lo aplasta bajo sus llantas enormes y violentas y me veo solo ante él, rodeado por los edificios de la ciudad, los talleres y las casas y las postas médicas y las cabinas de teléfonos, todos son espectadores del encuentro. Y entonces espero ser capaz de realizar el milagro, el último gran acto de la fe que hace mucho tiempo perdí, y entonces, cuando está a punto de aplastarme levanto la mano del martillo, que es un hacha, y dando un rugido, la dejo caer con toda mi fuerza sobre el motor de hierro tan grueso de ese inmenso tractor rojo, y el hacha se hunde sobre el hierro macizo y entonces TODO se detiene. Y todos a mi alrededor empiezan a creer.

miércoles, 18 de junio de 2008

Mi botella

Sobre mi repisa hay una botella de whiskey irlandés. Es de cristal verde (verde botella) y debe medir unos veinte centimetros de alto por diez de ancho, así al ojo. La etiqueta es amarillo pálido, como el color de los helados o batidos de plátano, con dos franjas horizontales, una arriba y una abajo. Las franjas son verdes oscuras con delgados bordes dorados, pero además tienen otros pequeños adornos, pequeños dibujos como de una cadena de aves fénix dorada y rubí, aunque las aves fénix, los eslabones de la cadena, tienen otros colores, picos y ojos como huesos y cuello ámbar, como el color de la luz de cambio del semáforo o el de los boliquesos. En el centro de la etiqueta, sobre el amarillo plátano, está dibujado un paisaje, presuntamente irlandés, de un lago rodeado de pastos verde-dorados y montañas de color gris paté, un lago de una claridad absoluta pero insondable, a penas más azul que el cielo sobre él. Debajo del presunto paisaje irlandés se puede leer PEATED SINGLE MALT en letras negras y debajo de estas, con letras a penas más pequeñas, pero doradas, y por tanto de mayor importancia, dice IRISH WHISKEY. En cambio, encima del lago y sus pastos y montañas se puede leer la marca del whiskey, escrita en letras negras de corte céltico (o de presunto corte céltico), con bordes plátano y dorado como si las letras necesitaran sombras: Connemara. Encima, y con letras bastante más pequeñas, si uno mira cuidadosamente leerá "PRODUCT OF IRELAND". Debajo de la franja inferior también hay letras, pero esas sí que requieren atención. Ahí está lo que los entendidos llamamos letra chica, y dice, todavía prescindiendo de las minúsculas: "DISTILLED, MATURED AND BOTTLED IN IRELAND BY COOLEY DISTILLERY PLC., COOLEY CO. LOUTH". A cada lado, encima de las esquinas de la franja (la inferior) se lee "40%vol." (minúsculas) a la izquierda y "70cle" (minúsculas, aunque la "e" es bastante peculiar, bastante más ancha que la "c" y la "l") a la derecha. Encima de la etiqueta, aproximadamente dos pulgadas encima, se puede leer nuevamente con corte céltico, aunque esta vez en relieve, la marca.
Si se le da la vuelta a la botella, se puede ver otra etiqueta. Del mismo color plátano (pensé en poner banana, que suena más amable), con letras negras y ornamentos dorados que dicen una vez más "Connemara", y que a cada lado tienen un sello dorado (el de la izquierda dice "GOLD" y está rodeado en forma circular por "THE INTERNATIONAL WINE AND SPIRIT COMPETITION 1996 & 2002" en letra mínima, y el de la derecha "INTERNATIONAL SPIRITS CHALLENGE 1996", donde "SPIRITS" es lo único que no está en letra mínima. Arriba, como una aureola, dice "WINE AND SPIRIT COMPETITON", en letra aún más mínima. Debajo del "Connemara" de la espalda, escrito sin bordes, dice "PEATED SINGLE MALT IRISH WHISKEY", todo en letra negra. Debajo, se lee en letra cursiva: "Connemara, on the western shores of Ireland, is a region of rugged natural beauty. In the 18th and 19th centuries distillers in this area produced distinctively flavoured whiskey from malted barley kilned over peat fires. Connemara Peated Single Malt revives the age-old tradition and heritage. The taste is smooth, complex and balanced between the clean malt and powerful peat. The bouquet evokes the aromas of the sea breezes and peat fires of Connemara." En el extremo inferior izquierdo puede apreciarse, bastante más alto que todo lo demás, el código de barras, que tiene la numeración "5 099357 002305 >" debajo de las barras. Al lado del ">" se tiene la página web de la marca, que es la siguiente: WWW.CONNEMARAWHISKEY.COM. Arriba de esta, a la derecha, hay un símbolo de biodegradabilidad, y arriba a la izquierda, a la altura de la tercera "W" o quizás a la mitad de la segunda, hay un código que probablemente no está impreso en la etiqueta, sino que fue membretado posteriormente. El código dice: "L7047". Debajo de la etiqueta, en relieve, hay una serie de bolitas.
Debajo, en el poto de la botella, hay más cosas grabadas en relieve, que no se leen tan claramente pero que creo que dicen "700ml", "e" al revés, como un signo matemático de "pertenece", "73.5", y "Q1", "1446" y "A". Finalmente, la tapa de la botella es dorada y redondeada, y viene con un forrito roto y algo arrugado que nunca me molesté en romper del todo. El forrito es dorado, llega hasta la mitad del cuello de la botella, y dice, con las mencionadas letras negras de corte pseudocéltico: "Connemara".
Entonces, mucho respeto para mi botella, que en su momento cuando me moría y sufría en un país que no era el mío me amamantó como una loba a un huérfano.

domingo, 15 de junio de 2008

Aritz

Aritz encontró a Danel sentado en una mesa bastante alejada de la barra. El local estaba casi desierto. Ante su hermano había una copa vacía y una jarra de vino medio llena.
- Has estado bebiendo- dijo.
Danel asintió antes de servirse de nuevo. Vació la copa, sin darse tiempo para disfrutar la bebida.
- Deberíamos irnos- dijo entonces -. Esto ha terminado.
Aritz cerró los ojos por un segundo. Trató de pensar en una respuesta que pudiera contradecir con inteligencia aquella afirmación. Cuando reconoció que le resultaría imposible, abrió los ojos y se sentó.
- Puede que viva- dijo.
- Puede- contestó Danel -. Pero yo no lo creo.
Aritz sonrió con tristeza.
- Estuvimos realmente cerca, Dani.
Pero ya no tenían nada que hacer allí. Aunque el príncipe Aitor sobreviviera, estaría protegido día y noche. Nadie podría verlo, y menos dos soldados egurriak como ellos.
- Paga eso. Nos vamos esta noche.
Danel asintió.
Danel y él habían partido de Egurria con una misión. Aritz había estado ante el rey, le había jurado en el nombre de su casa y el del trono de piedra que él y su hermano no fallarían. Lo había jurado en el nombre de su casa y el del trono de piedra, pero solo había logrado pensar en el de Edurne. Y aún así, habían fallado. ¿Qué sentido tenía volver de esa manera?
- ¿Por qué nosotros?- le había preguntado al rey cuando este le dijo lo que esperaba de él y Danel.
- Amas a mi hija. Eres uno de mis mejores guerreros. Tu familia tiene honor... podrías haber sido mi hijo, Aritz, pero los dioses son caprichosos- dijo. Entonces Eneko III había suspirado -. Podría haber una guerra.
Sí, podría haberla. Después de lo que había sucedido en las calles de Ahurti esa tarde, las probabilidades de aquello se habían multiplicado. Los ibaitarrak culparía a los egurriak, eso lo tenía claro. Se odiaban. ¿Pero sería su culpa? Se miró las manos y escudriñó las líneas sobre ellas, como buscando la más pequeña e imaginaria mancha de sangre. Estaban limpias, casi impolutas. Tuvo que reconocer que no tenía culpa alguna. Entonces, ¿por qué se sentía así?
Esa misma noche, mientras Danel y él salían de la posada, un par de hombres les cerraron el paso. Uno de ellos tenía ojos azules como hielo escarchado, y era bastante más alto que ellos. El otro, de espesa barba rojiza, le llegaba a la altura del hombro, pero era aún más corpulento que su hermano.
- Egurriak- dijo el más alto -. Ustedes malditos perros... si querían que les quitasemos todas sus tierras, debieron haberlo dicho. El rey Amurrio lo hubiera hecho encantado, y ustedes solo se habrían deshonrado corriendo... pero luego de lo de hoy, ni siquiera los dioses van a tenerles piedad.
- Nos estamos yendo- dijo Aritz. Él y Danel permanecieron inmutables.
- ¿Creen que pueden entrar y salir de aquí, así como así? Cerdos asquerosos, vamos a partirles el culo aquí y ahora.
- ¡Eh, en mi posada no, Ur, qué coño te pasa!- intervino el posadero -. ¡Deja que se marchen!
Ur se echó a reír, igual que su compañero. Risas cargadas de desprecio. El hombre barbudo escupió.
- ¡Escoria como esta, se cuelan en una procesión sagrada y matan a un hombre de sangre real por la espalda! ¡Son unos vulgares asesinos!
- ¡Ur, coño, el príncipe no está muerto!
En ese momento, Danel cogió a Ur por el cogote, estampándolo contra una pared. Su amigo trató de ayudarlo, pero Aritz lo cogió por el brazo y se lo retorció, antes de darle un rodillazo en el estómago que le dejó sin aire.
- No tienes pruebas- dijo Danel, apretando el cuello del ibaitarrak con cada vez más fuerza -. No volverás a acusarnos sin pruebas, ¿me entendiste? No volverás a hacerlo... o te cortaré las pelotas, aquí y ahora.
Aritz miró al posadero. El hombre tan aterrorizado como el propio Ur. El rostro de este último estaba tan rojo como una manzana, y lágrimas amargas corrían por sus mejillas, más por la falta de aire que por el miedo.
- No volverás a acusarnos sin pruebas, ¿me entendiste?- repitió Danel.
Aritz dio un paso hacia su hermano.
- Ya te entendió, Danel.
El ibaitarrak asintió como pudo, y solo entonces Danel le soltó. Cayó de rodillas, cogiéndose el cuello con ambas manos y aspirando grandes bocanadas de aire. Ambos egurriak recogieron sus cosas y sin decir nada más, salieron de la estancia.
Afuera la luna rota le robaba fuerzas a la noche, y la brisa acariciaba la piel. Caminaron hacia los establos, donde sus caballos les esperaban ensillados. Montaron, y mientras lo hacían, Aritz pensó una vez más en lo que había sucedido esa tarde. Y una vez más, sintió culpa. Pensó en los guardias que no habían logrado proteger a su príncipe y en el destino que les aguardaba.
- Esos guardias merecen la muerte- dijo Danel, como si le hubiera leído la mente.
Aritz asintió.
- Lo sé- dijo. Era la ley egurriak, la ley de los antiguos nafarrak. Un hombre pagaba por sus errores.
Él no había hecho nada, nada directamente, pero aún así se sentía culpable. Y podía comprender el porqué. En el fondo de su corazón, había rezado a los dioses porque ocurriera algo así. Amaba a la hija del rey y el rey lo amaba a él. Era uno de sus mejores guerreros, podría ser su hijo... pero la hija del rey, su princesa, ella no lo amaba a él. Edurne amaba al príncipe de Ibaizabal.
- El posadero tiene razón- dijo entonces. Danel le miró, extrañado -. El príncipe Aitor no está muerto. Tenemos que llevarle el mensaje, Dani.
Su hermano abrió la boca para decir algo, pero no tuvo tiempo de hablar. Las campanas habían empezado a sonar en ese mismo instante, anunciando lo inevitable. Danel dejó escapar una risa ronca, hueca y desganada.
- Es demasiado tarde, Aritz.

martes, 10 de junio de 2008

relaciones

Ana quería hablar y yo no tenía más remedio que ir a verla. Me preguntaba qué podía andar mal. Realmente, el sexo era maravilloso. Finísimo. Y ella tampoco estaba mal y yo me portaba bien. La llevaba al cine y le compraba regalos por los meses y todo. Pero siempre hay algo. Una mujer siempre puede encontrarle algo a una relación, y uno no tiene más remedio que admitir que ciertamente, pasa algo. Mientras cruzaba la cocina, mis padres discutían sobre algunas cosas que no funcionaban bien. Las puertas creo. A las puertas también les pasaba algo.
- José, hay que tener cuidado con la puerta de la derecha, está media floja.
- ¿Qué puerta?
- La de la derecha.
- Ah, okey.
En fin, salí a la calle y estuve pensando un rato antes de tomar el microbús. Pensaba en qué podría decir cuando llegara a donde Ana. Probablemente, debería decirle lo mucho que la quería. Lo genial que era. Lo hermosas que eran sus pecas. Lo hermosa que era ella. Lo repase mentalmente tres veces. Eres hermosa, eres hermosa, eres HERMOSA. Me quedó claro que eso no funcionaría o que en su defecto, yo no podría decirlo. Quizás solo debía decirle lo mucho que valía.
- Vales mucho- dije.
- Gracias joven- dijo el hombre a mi izquierda. Un maricón.
Ya en clases no me pude concentrar. No podía dejar de pensar en mis relaciones pasadas, todas plagadas de problemas. Siempre había algo. Pensaba que quizás yo tuviera algo. Que quizás necesitara un psicoanalista. Me pregunté cuanto podría costar una sesión de psicoanálisis. Tal vez 20 dólares. Casi podía imaginármelo.
- ¿Y cómo te sientes con respecto a eso?
- ¿Con respecto a qué?
- A eso que dijiste.
- ¿Qué dije?
- Que siempre te encuentran algo.
- Ah, eso. Pues mal, muy mal la verdad. Siento que nadie puede estar bien del todo conmigo, doctor.
- Mjm. ¿Su madre le dio de lactar?
- Pues no.
- Allí tiene la raíz del problema. Llámeme cuando haya hablado con su madre. Son 20 dólares.
Pero volviendo a la realidad, la verdad era que yo no tenía ese dinero, así que decidí ahorrármelo y autopsicoanalizarme.
Me levanté y fui al baño a lavarme la cara. En el baño habían dos tipos meando uno al lado del otro.
- OYE, ¿TE ACUERDAS QUE EL OTRO DÍA VI A UN LOCO MASTURBÁNDOSE?- decía uno.
- BROTHER, SÍ, CLARO.
- BUENO, PUES AHORA VI A UN LOCO DURMIENDO EN UN ÁRBOL. ¡COMO SI FUERA UN MONO O ALGO! ¡Y LE TOMÉ FOTO!
- VAYA, JAJAJÁ.
- SÍ, JAJAJAJÁ.
En fin, parecía que no era el único que estaba ahorrando. Cogí mi maletín y salí de allí, dispuesto a ir a ver a Ana. No me demoré mucho, en media hora estaba en su casa, y una vez allí la timbré al celular. No quería que me respondiera su madre. De eso tenía aún menos ganas que de hablar. Se abrió la puerta y allí estaba ella. Radiante dentro de aquél pijama de Minnie.
- Hola Rafa- me saludó.
- Hey nena, ¿qué tal?
- Quería hablar contigo- dijo.
- Claro, ¿paso?
- No, no, solo aquí.
- Ah... okey.
Estaba allanando el terreno. Estaba preparándose para darme un portazo en la nariz, lo veía venir. Cerré fuerte los puños.
- ¿Pasa algo?- pregunté.
- Sí Rafa, la verdad es que pasa algo- me respondió mirándome a los ojos.
- Oh. ¿Qué pasa?
- No lo sé... ya no es igual... te noto distante. Y la verdad, yo también estoy distante, no sé si lo has notado.
- Pues sí, la verdad es que sí- reconocí. Era mentira, por supuesto, para mí todo iba sobre ruedas -. Pero nena, no lo entiendo, yo no estoy distante. Vamos siempre al cine, nos reímos juntos, el sexo es buenísimo...
- ¿El sexo?
- Claro nena, el sexo es básico.
- ¿Básico?
- Ajá.
Ana arqueó una ceja.
- ¿Cómo así?
- Vamos preciosa, tú sabes...
- No, obviamente no sé.
- Si no nos fuera bien...
- ¿Ya habrías terminado conmigo?
- Bueno... más o menos... Eh, tienes una cualidad especial para hacer que todo lo que digo suene mal, ¿sabías?
- No, tampoco sabía. Me parece que suena mal porque está mal.
- ¡Pero si el sexo es básico!
- ¿En eso es lo único que piensas? ¿Qué es lo que te pasa Rafael?
- Nada...
- ¿Cómo que nada? Te pasa algo.
- No me pasa nada, ¿por qué siempre creen que me pasa algo?
- Será por algo. Dime, ¿qué soy para ti, Rafa?
- Eh...
Ahí debí decir algo bonito. Ustedes lo saben, yo lo sé, saben que en ese momento también lo sabía, probablemente ella también lo sabía y si se lo hubiera preguntado al psicoanalista, él también lo habría sabido. Pero qué puedo decir, yo es que me trabo en momentos así. Cuando a uno no lo dejan hablar y le siguen preguntando cosas fuertes.
- ¿Hm? No te oigo. ¿Qué soy? ¿Acaso soy solo un hueco donde metes la pinga?
- Vamos nena, tú sabes que no es así, eres un poco más que eso.
Ahora, ahí hasta yo me di cuenta de que la cagué. No había más que hablar, así que no quedaba más que prepararme para el portazo. Cerré los ojos... y no llegó. Escuché a Ana cerrar la puerta suavemente.
- Mierda.
Me quedé solo afuera. No podía hacer más que irme. Aunque por una vez, me iba con la nariz en una pieza.

domingo, 8 de junio de 2008

Tommen

Nota: esta es una reedición del cuento "el hacha", que escribí en marzo.

Sobre la cubierta del barcoluengo, Tommen sopesaba la vieja hacha de su abuelo. Estaba perfectamente equilibrada, una buena arma de acero skarsk, y había acompañado a su abuelo hasta el final. El final. Trató de recordar a su abuelo. Era un hombre grande, más grande que él. En la mayoría de sus recuerdos, estaba furioso. Pero era un guerrero y un hombre de honor.
Alzó el hacha y dio un suave mandoble, curvo. Sintió que casi podía hendir la brisa marina.
Él también era un buen guerrero, uno de los mejores espadas del rey Stellan. Y por supuesto, esta no era su primera batalla.
- El arma de un guerrero del rey es su alma. Todo hombre merece ser vengado- le había dicho su abuelo una vez. Era una de las reglas, estaba en la letanía de los primeros skarsk, descendientes de los lor llegados del Este. Y entonces, la voz de Balin le devolvió a la realidad.
- ¡Tierra!- exclamó -. ¡Hemos llegado! ¡Tierra!
Al tiempo de la llamada de Balin, el tumulto comenzó en el barco dragón. Los guerreros, hermanos de Tommen, cubiertos por corazas y cotas de malla de acero.
- No nos esperan- susurró Jans, a su lado. Tommen negó con la cabeza.
Su abuelo odiaba a los goethes. En sus historias, eran hombres remilgados, arrogantes, sin honor, dispuestos a todo por controlar las naciones vecinas. Tommen no descubrió como eran en realidad hasta que entró al campo de batalla por primera vez. Eran hombres, no más. Hombres con familias, hijos y esposas. Tan agresivos como ellos.
- Era un hombre valiente.
Se puso de pie, hacha en mano. Nunca antes había ido a una batalla con otra cosa que no fuera su espada. Para él, aquello reducía sus posibilidades de volver a casa. Él también tenía una familia. Una esposa y un hijo recién nacido. Pero aquella arma era el legado de su abuelo. Su alma. Los goethes le habían quitado la vida, y el honor demandaba que entrara en la batalla armado con su hacha. Cencellada. Así se llamaba.
El barco se detuvo.
- ¡Anclad!- gritó Balin.
- Mira, allá- le dijo Jans -. Nos estaban esperando después de todo.
Saeteros goethes aguardaban en un enclave cercano a la orilla. Sus saetas no tardaron en saltar sobre ellos. No eran los mejores arqueros. De todos sus hermanos en la nave, Tommen solo contó nueve caídos, entre ellos Balin. Los clamores de batalla de aquellos cercanos a los muertos no tardaron en hacerse escuchar. Alzó su escudo. Algunos de los guerreros más jóvenes perdieron el equilibrio y cayeron a tierra, haciendo los clamores más fuertes. Aferró el mango de Cencellada con fuerza y saltó sobre la arena, listo para la batalla.
Vio al primer goethe acercarse. Levantó el arma de su abuelo y la dejó caer sobre su cabeza.
- ¡Freya!- gritó Tommen, y siguió adelante, dejando atrás el cadáver. Sería un día largo, y aún había mucho que hacer.