Estaba sentado al borde de la vereda sin hacer nada productivo cuando llegó Martín y me preguntó qué es lo que hacía.
- Nada- dije, y seguí sentado.
- ¿Qué me cuentas? No te veo hace tiempo- dijo Martín.
Le conté que llevaba casi un mes con novia y que no había escrito ni hecho, en general, nada productivo en todo el verano.
- Qué bien- respondió.
- Ya.
- Vaya mierda.
- Sí. Pero la paso bien. Mi chica es genial.
- Excelente.
- Sí.
Cogí un gitano aplastado de mi bolsillo, lo encendí con un fósforo y le di una calada. Le ofrecí a Martín uno, pero me dijo que no quería.
- Paso, hace dos semanas que no fumo. Creo que lo voy a dejar.
- Me alegro por ti- dije.
- Gracias.
- No, en verdad no.
- ¿Por qué no? Tú también deberías dejarlo. Todos deberíamos dejarlo.
- Ni loco. Tengo 20 años. A penas empiezo a disfrutarlo.
Fue entonces cuando pasó la chica nueva. Acababa de mudarse a la casa de la esquina. Hacía años que nadie nuevo se mudaba, al menos, nadie que despertara realmente nuestro interés. Era alta y de cabello oscuro, largo y rizado. Ojos almendrados, de pestañas increíbles, muy negras, como orientales. Labios sensuales. Estaba bastante bien, como quería.
- Eh, mira, ahí está Taraza- dijo Martín.
Salió de su auto y pasó caminando muy cerca de nosotros, antes de pararse en la puerta de su casa para fumarse un cigarro. No nos habló, ni nos miró, ni hizo ninguna señal de percatarse de nuestra presencia en aquél plano de existencia de forma alguna. Aquello, supongo, hizo que nos gustara un poco más.
- ¿Quién?
- Taraza.
- ¿Así se llama?
- Sí.
- Vaya cosa.
- ¿Qué te parece?- preguntó Martín sacando un gitano de mi cajetilla.
- Sexy como el infierno- respondí.
- Ya.
Nos reímos.
Taraza hechó la colilla de su cigarro a la vereda frente a su casa y cogió una botella de agua de su cartera. Le dio un trago largo, los rayos del sol tiñéndola de blanco y de dorado, pareció mirarnos por una fracción de segundo, luego se dio media vuelta y entró a su casa.
Martín le dio una calada a su cigarrillo.
- Mierda, qué fuertes son estas cosas- exclamó mientras tosía. No se tapó la boca al hacerlo.
- Ya. Lo sé.
jueves, 23 de abril de 2009
lunes, 30 de marzo de 2009
El Rito Odínico
Nota: Este post es continuación de este otro: http://poesiadelamala.blogspot.com/2007/09/el-rito-odnico.html. Son unos relatos bastante cortos que hice hace un par de años. Quizá algún día los termine. De momento, iré poniendo lo que hay.
Uno de los principales pasatiempos de Golmen era la poesía. Habían diversos temas entre sus escritos, pero el tópico que trataba más a menudo era la naturaleza. Podía pasarse horas escribiendo sobre las diversas emociones que le inspiraban jardines y riachuelos, o sobre los distintos matices que en ellos percibía bajo la luz rojiza del atardecer.
Aquella tarde, sin embargo, Golmen tuvo que dejar a medias la lírica. Era jueves, después de todo, y la rutina de los otros seis días de la semana se quebraba bajo su propio peso. Caminó hacia el perchero y tomó su abrigo antes de salir de la casa. Ya afuera, detuvo un taxi, subió y le indicó al conductor que le llevara al café Christiania. El trayecto, como siempre, no tuvo nada que mereciera destacarse.
- Le parecerá extraño- le dijo el taxista cuando hubieron llegado, Gunnar hubo bajado y ya se disponía a pagar -. He vivido en esta ciudad demasiado tiempo, y la verdad es que nunca había visto el lugar antes. Se ve agradable.
- Hay buen café- contestó Gunnar sonriendo.
(10 de mayo del 2007)
(II)
Uno de los principales pasatiempos de Golmen era la poesía. Habían diversos temas entre sus escritos, pero el tópico que trataba más a menudo era la naturaleza. Podía pasarse horas escribiendo sobre las diversas emociones que le inspiraban jardines y riachuelos, o sobre los distintos matices que en ellos percibía bajo la luz rojiza del atardecer.
Aquella tarde, sin embargo, Golmen tuvo que dejar a medias la lírica. Era jueves, después de todo, y la rutina de los otros seis días de la semana se quebraba bajo su propio peso. Caminó hacia el perchero y tomó su abrigo antes de salir de la casa. Ya afuera, detuvo un taxi, subió y le indicó al conductor que le llevara al café Christiania. El trayecto, como siempre, no tuvo nada que mereciera destacarse.
- Le parecerá extraño- le dijo el taxista cuando hubieron llegado, Gunnar hubo bajado y ya se disponía a pagar -. He vivido en esta ciudad demasiado tiempo, y la verdad es que nunca había visto el lugar antes. Se ve agradable.
- Hay buen café- contestó Gunnar sonriendo.
(10 de mayo del 2007)
miércoles, 25 de febrero de 2009
7. Ángeles y demonios
Helen Pogue mira al pequeño que tiene ante él. Pequeño, delgado, anguloso. Le sonríe en un gesto que pretende ser reconfortante pero el niño sigue escrutándola con frialdad. Tiene bonitos ojos negros.
- ¿De qué quieres hablar, Jude?
- Nada en especial- dice el niño.
- ¿No?
- No, no realmente.
Helen se muerde el labio suavemente, repitequea con las uñas sobre la mesa, despacio. Un gesto intuitivo, muy femenino. Toma un bolígrafo y una hoja de papel. Se los extiende al paciente.
- Hagamos esto: dibuja lo que quieras, algo relacionado a tu familia.
- No quiero.
Una risa queda escapa de la boca de Helen. Estaba esperando aquella negativa.
- ¿No te gusta dibujar?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso?- inquiere el niño, ignorando su última pregunta.
- ¿Disculpa, Jude?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso? Se está riendo.
- Bueno, Jude, no me pones las cosas muy fáciles. Es difícil tratar contigo.
- Usted no debería tratar conmigo, Helen. Yo no debería estar aquí. No quiero volver.
Lo sólido en su sinceridad le apabulla. No tiene diez años todavía.
- ¿Estás molesto con tus padres por hacerte venir?
- No. Los odio, independientemente de que me hagan venir. Que yo no quiera venir ya es por algo distinto.
- ¿Te caigo mal, Jude?
- No.
Helen sonríe, buscando un rastro de calidez en los rasgos de su paciente. No lo encuentra en ninguna parte.
- No tiene que ver con que me caigas bien o mal, Helen- dice el pequeño -. Estoy perdiendo el tiempo aquí.
- ¿Por qué lo dices?
- Podría estar divirtiéndome.
- Ok. ¿Qué te gustaría hacer si no vinieras a la consulta, Jude? En la escuela y en casa no la pasas bien, por lo que me has dicho.
- No. No me puedo concentrar. Quiero ver un incendio.
- ¿Un incendio?
- Sí. Quiero estar sentado a la sombra de las llamas y mirarlas muy muy fijamente. Hace calor, pero no es como cuando hace sol. El sol es una mierda. Mierda de escarabajo.
Helen se quedó mirando al pequeño.
- ¿Estoy enfermo porque me gusta el fuego?
- No- responde la mujer, tratando de sonar reconfortante -. ¿Por qué dices que es una mierda... de escarabajo?
- De escarabajo pelotero. Arrastran pelotas de mierda a empujones. Redondas y brillantes, como el sol.
Helen rió. Aquél niño leía bastante.
- Me gusta leer- dice Judah.
- ¿Sí, mucho?
- Bastante. Hay cosas interesantes.
- Seguro que sí. La lectura es muy importante. ¿Qué libros te gusta leer, Jude? ¿También podrías estar leyendo si no estuvieras aquí?
- Yo estoy leyendo todo el tiempo, Helen. Leo de todo.
El silencio impera por un momento. Sus ojos se encuentran. Brillan.
- ¿Qué otra cosa podrías estar haciendo si no estuvieras aquí, Jude?
- Podría estar afilando un cuchillo. Y luego limpiarlo.
- ¿Afilarlo y limpiarlo?
Se muerde el labio una vez más.
- ¿Por qué lo afilarías para luego limpiarlo Jude? ¿No hay un intermedio?
El niño la contempla curioso.
- ¿Un intermedio?
- Una acción intermedia, algo que requiera la limpieza luego de afilar la hoja. Por ejemplo, cortar una fruta. El cuchillo se ensucia con el jugo y necesita ser limpiada. Afilas la herramienta para llevar acabo una acción, luego, la acción trae la limpieza como consecuencia.
El niño ríe, asintiendo.
- No hay acción intermedia Helen- dice entonces.
- ¿No la hay, Jude?
- No. Es solamente una ilusión.
- No te entiendo.
- Mira la hoja, Helen. He hecho un dibujo.
La mujer suspira.
- Yo tengo el bolígrafo, Jude...
Igualmente, baja la mirada hacia la hoja. Alguien ha dibujado un ángel.
- ¿De qué quieres hablar, Jude?
- Nada en especial- dice el niño.
- ¿No?
- No, no realmente.
Helen se muerde el labio suavemente, repitequea con las uñas sobre la mesa, despacio. Un gesto intuitivo, muy femenino. Toma un bolígrafo y una hoja de papel. Se los extiende al paciente.
- Hagamos esto: dibuja lo que quieras, algo relacionado a tu familia.
- No quiero.
Una risa queda escapa de la boca de Helen. Estaba esperando aquella negativa.
- ¿No te gusta dibujar?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso?- inquiere el niño, ignorando su última pregunta.
- ¿Disculpa, Jude?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso? Se está riendo.
- Bueno, Jude, no me pones las cosas muy fáciles. Es difícil tratar contigo.
- Usted no debería tratar conmigo, Helen. Yo no debería estar aquí. No quiero volver.
Lo sólido en su sinceridad le apabulla. No tiene diez años todavía.
- ¿Estás molesto con tus padres por hacerte venir?
- No. Los odio, independientemente de que me hagan venir. Que yo no quiera venir ya es por algo distinto.
- ¿Te caigo mal, Jude?
- No.
Helen sonríe, buscando un rastro de calidez en los rasgos de su paciente. No lo encuentra en ninguna parte.
- No tiene que ver con que me caigas bien o mal, Helen- dice el pequeño -. Estoy perdiendo el tiempo aquí.
- ¿Por qué lo dices?
- Podría estar divirtiéndome.
- Ok. ¿Qué te gustaría hacer si no vinieras a la consulta, Jude? En la escuela y en casa no la pasas bien, por lo que me has dicho.
- No. No me puedo concentrar. Quiero ver un incendio.
- ¿Un incendio?
- Sí. Quiero estar sentado a la sombra de las llamas y mirarlas muy muy fijamente. Hace calor, pero no es como cuando hace sol. El sol es una mierda. Mierda de escarabajo.
Helen se quedó mirando al pequeño.
- ¿Estoy enfermo porque me gusta el fuego?
- No- responde la mujer, tratando de sonar reconfortante -. ¿Por qué dices que es una mierda... de escarabajo?
- De escarabajo pelotero. Arrastran pelotas de mierda a empujones. Redondas y brillantes, como el sol.
Helen rió. Aquél niño leía bastante.
- Me gusta leer- dice Judah.
- ¿Sí, mucho?
- Bastante. Hay cosas interesantes.
- Seguro que sí. La lectura es muy importante. ¿Qué libros te gusta leer, Jude? ¿También podrías estar leyendo si no estuvieras aquí?
- Yo estoy leyendo todo el tiempo, Helen. Leo de todo.
El silencio impera por un momento. Sus ojos se encuentran. Brillan.
- ¿Qué otra cosa podrías estar haciendo si no estuvieras aquí, Jude?
- Podría estar afilando un cuchillo. Y luego limpiarlo.
- ¿Afilarlo y limpiarlo?
Se muerde el labio una vez más.
- ¿Por qué lo afilarías para luego limpiarlo Jude? ¿No hay un intermedio?
El niño la contempla curioso.
- ¿Un intermedio?
- Una acción intermedia, algo que requiera la limpieza luego de afilar la hoja. Por ejemplo, cortar una fruta. El cuchillo se ensucia con el jugo y necesita ser limpiada. Afilas la herramienta para llevar acabo una acción, luego, la acción trae la limpieza como consecuencia.
El niño ríe, asintiendo.
- No hay acción intermedia Helen- dice entonces.
- ¿No la hay, Jude?
- No. Es solamente una ilusión.
- No te entiendo.
- Mira la hoja, Helen. He hecho un dibujo.
La mujer suspira.
- Yo tengo el bolígrafo, Jude...
Igualmente, baja la mirada hacia la hoja. Alguien ha dibujado un ángel.
miércoles, 18 de febrero de 2009
6. Ahriman
Ahriman. Ahriman. Ahriman lo rodea todo. La oscuridad lo rodea todo.
Arrinconado en un agujero en el suelo, Judah cuenta los dedos de su mano y piensa en el camino que tiene delante de sus ojos. Un camino que se prolonga en numerosas avenidas y se dobla y se retuerce en sí mismo, dejando una cantidad ilimitada de cambio frente a él.
Piensa en un partido de fútbol, "soccer", en los desiertos de Sonora.
Eso fue hace mucho. No. Eso aún no ha sido. Está en los rincones oscuros de mi mente, pero aún está por ocurrir.
Piensa en el zumbido taciturno de aquél vinilo girando sobre el tornamesa.
Eso no está sucediendo aquí, piensa. Eso ocurre muy, muy lejos, en algún escondite lejano, un refugio contra la oscuridad.
Está empezando a asumirlo. Ahriman, Ahriman. La sustancia a su alrededor, el polvo de los muertos que se eleva. ¿Es esto Verdad, o se trata de una nueva Farsa? Sabe que se encuentra en los dominios de Angra Mainyu, donde todo es falso.
Recoge un puñado de tierra. Está mezclada con su propia sangre, sangre derramada de los agujeros en su boca. El polvo chorrea entre sus dedos rotos, pero no cae. No cae, sino que se eleva en la oscuridad.
- Ahriman- susurra, sus primeras palabras en casi un año de semi-inconsciencia -. Ahriman, Ahriman... Angra Mainyu...
Ahora puede sentirlo en su cuerpo. Está despertando: su cuerpo está despertando.
- He... aguardado... a la noche- murmura la letanía -. He esperado... el final... del verano.
Se levanta.
- Ahora el invierno está cerca.
Nada lo sostiene a la tierra, y lo sabe. Sus dientes destrozados se han enmendado, refaccionados con el calcio de la tierra, una luz brillante en la oscuridad del agujero.
Mis huesos son una ilusión, piensa. Sus huesos, sus músculos, sus órganos. Todo entero una vez más, todo brillando, una luz falsa en la oscuridad del agujero.
- Yo soy Aži Dahāka. Aquél que posee diez mil corceles. Aquél que ríe.
Piensa en la oscuridad que tiene delante y en los caminos que se le han presentado. Pasado, presente y futuro, todo en un mismo escenario, aglomerado en un pequeño rincón de su mente. Debe tomar uno solo de entre los hilos del tapiz de la realidad y hacerlo suyo.
Se eleva sobre la tierra, ninguna fuerza le sostiene. Solo un camino puede darle mil años de oscuridad.
Arrinconado en un agujero en el suelo, Judah cuenta los dedos de su mano y piensa en el camino que tiene delante de sus ojos. Un camino que se prolonga en numerosas avenidas y se dobla y se retuerce en sí mismo, dejando una cantidad ilimitada de cambio frente a él.
Piensa en un partido de fútbol, "soccer", en los desiertos de Sonora.
Eso fue hace mucho. No. Eso aún no ha sido. Está en los rincones oscuros de mi mente, pero aún está por ocurrir.
Piensa en el zumbido taciturno de aquél vinilo girando sobre el tornamesa.
Eso no está sucediendo aquí, piensa. Eso ocurre muy, muy lejos, en algún escondite lejano, un refugio contra la oscuridad.
Está empezando a asumirlo. Ahriman, Ahriman. La sustancia a su alrededor, el polvo de los muertos que se eleva. ¿Es esto Verdad, o se trata de una nueva Farsa? Sabe que se encuentra en los dominios de Angra Mainyu, donde todo es falso.
Recoge un puñado de tierra. Está mezclada con su propia sangre, sangre derramada de los agujeros en su boca. El polvo chorrea entre sus dedos rotos, pero no cae. No cae, sino que se eleva en la oscuridad.
- Ahriman- susurra, sus primeras palabras en casi un año de semi-inconsciencia -. Ahriman, Ahriman... Angra Mainyu...
Ahora puede sentirlo en su cuerpo. Está despertando: su cuerpo está despertando.
- He... aguardado... a la noche- murmura la letanía -. He esperado... el final... del verano.
Se levanta.
- Ahora el invierno está cerca.
Nada lo sostiene a la tierra, y lo sabe. Sus dientes destrozados se han enmendado, refaccionados con el calcio de la tierra, una luz brillante en la oscuridad del agujero.
Mis huesos son una ilusión, piensa. Sus huesos, sus músculos, sus órganos. Todo entero una vez más, todo brillando, una luz falsa en la oscuridad del agujero.
- Yo soy Aži Dahāka. Aquél que posee diez mil corceles. Aquél que ríe.
Piensa en la oscuridad que tiene delante y en los caminos que se le han presentado. Pasado, presente y futuro, todo en un mismo escenario, aglomerado en un pequeño rincón de su mente. Debe tomar uno solo de entre los hilos del tapiz de la realidad y hacerlo suyo.
Se eleva sobre la tierra, ninguna fuerza le sostiene. Solo un camino puede darle mil años de oscuridad.
lunes, 26 de enero de 2009
verano
el verano es un período poco provechoso
para mí
quiero decir que a mí también me gusta
ver mujeres con poca ropa
tanto como a cualquier ser humano
con un alma y cuatro libras de carne al frente
sin embargo
odio la playa y otros
elementos del verano
pues para mí verano implica
no hacer otra cosa que beber y dormir
en las noches estivales reflexiono sobre esto
en compañía o en solitario
y pienso en que debería hacer algo más provechoso
quizá dejarles más propinas a los mozos
o dejar de endeudarme en la tienda de la esquina
pero las constelaciones
o las fases de la Tierra
el poder de la simbología de las estaciones
y la influencia del sol sobre la muerte
me lo impiden
soy un bodrio
soy un bodrio
soy un bodrio vomitando bilis
en cada hueco de la calle.
para mí
quiero decir que a mí también me gusta
ver mujeres con poca ropa
tanto como a cualquier ser humano
con un alma y cuatro libras de carne al frente
sin embargo
odio la playa y otros
elementos del verano
pues para mí verano implica
no hacer otra cosa que beber y dormir
en las noches estivales reflexiono sobre esto
en compañía o en solitario
y pienso en que debería hacer algo más provechoso
quizá dejarles más propinas a los mozos
o dejar de endeudarme en la tienda de la esquina
pero las constelaciones
o las fases de la Tierra
el poder de la simbología de las estaciones
y la influencia del sol sobre la muerte
me lo impiden
soy un bodrio
soy un bodrio
soy un bodrio vomitando bilis
en cada hueco de la calle.
viernes, 23 de enero de 2009
Lista de libros leídos en el 2008
La lista de libros leídos en el año 2008 (por ahí hay alguno que también leí en el 2007).
La Ciudad y los Perros, de Mario Vargas Llosa (novela)
Pulp, de Charles Bukowski (novela)
Sin Plumas, de Woody Allen (teatro)
Prometeo Mal Encadenado, de André Gide (novela)
Iluminaciones, de Arthur Rimbaud (poesía)
Escritos de un Viejo Indecente, de Charles Bukowski (cuentos)
Juego de Tronos, de George R. R. Martin (novela)
Choque de Reyes, de George R. R. Martin (novela)
Tormenta de Espadas, de George R. R. Martin (novela)
Festín de Cuervos, de George R. R. Martin (novela)
2666, de Roberto Bolaño (novela)
Se Busca una Mujer, de Charles Bukowski (cuentos)
Llamadas Telefónicas, de Roberto Bolaño (cuentos)
Rebeldes, de Susan E. Hinton (novela)
Nuestro GG en La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez (novela)
En los Extramuros del Mundo, de Enrique Verástegui (poesía)
Watchmen, de Alan Moore (novela gráfica)
El Exorcista, de William Peter Blatty (novela)
La Casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards (novela)
Música de Cañerías, de Charles Bukowski (cuentos)
Porno, de Irvine Welsh (novela)
Cartero, de Charles Bukowski (novela)
Trilogía Sucia de La Habana, Pedro Juan Gutiérrez (cuentos-novela)
La Pistola de Mi Hermano, de Ray Lóriga (novela)
El Gaucho Insufrible, de Roberto Bolaño (cuentos-ensayos)
La Ciudad y los Perros, de Mario Vargas Llosa (novela)
Pulp, de Charles Bukowski (novela)
Sin Plumas, de Woody Allen (teatro)
Prometeo Mal Encadenado, de André Gide (novela)
Iluminaciones, de Arthur Rimbaud (poesía)
Escritos de un Viejo Indecente, de Charles Bukowski (cuentos)
Juego de Tronos, de George R. R. Martin (novela)
Choque de Reyes, de George R. R. Martin (novela)
Tormenta de Espadas, de George R. R. Martin (novela)
Festín de Cuervos, de George R. R. Martin (novela)
2666, de Roberto Bolaño (novela)
Se Busca una Mujer, de Charles Bukowski (cuentos)
Llamadas Telefónicas, de Roberto Bolaño (cuentos)
Rebeldes, de Susan E. Hinton (novela)
Nuestro GG en La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez (novela)
En los Extramuros del Mundo, de Enrique Verástegui (poesía)
Watchmen, de Alan Moore (novela gráfica)
El Exorcista, de William Peter Blatty (novela)
La Casa de Dostoievsky, de Jorge Edwards (novela)
Música de Cañerías, de Charles Bukowski (cuentos)
Porno, de Irvine Welsh (novela)
Cartero, de Charles Bukowski (novela)
Trilogía Sucia de La Habana, Pedro Juan Gutiérrez (cuentos-novela)
La Pistola de Mi Hermano, de Ray Lóriga (novela)
El Gaucho Insufrible, de Roberto Bolaño (cuentos-ensayos)
lunes, 19 de enero de 2009
Zombies
Zombies. Los muertos se levantan de sus tumbas y caminan hacia nosotros. La gente se muere de miedo y eso, realmente, no ayuda. He estado disparando contra esos maricas lo que va de la noche, a penas puedo sentir mis dedos.
Un pueblito pequeño en Santa Clara, todo parece normal hasta que llega el haitiano. Monsieur Préval. Un hombre negro, alto y delgado, buscando trabajo como sepulturero. Pero este pueblo tenía un sepulturero. Así que condenado al ostracismo, el haitiano considera sus opciones. Zombies. Qué gran hijo de puta.
"¡Eh, Ojitos, trae más municiones!," exclama Joe desde el otro extremo de la habitación. Ambos apuntamos con los Winchester a través de la cerca y disparamos, una y otra vez. Pero ya casi nos hemos quedado sin balas. Alguien tiene que volver al sótano y pedirle municiones a Maggie, antes de que los condenados se acerquen.
"Pídele a tu mujer que las traiga," digo yo, recargando el rifle.
"Maggie no va a salir por nada, yo me encargo de estos cabrones, tú trae las jodidas balas."
Joe es más grande, también más valiente. Él es el gran hermano. Le doy una mirada (esa mirada) y escupo la colilla de mi cigarro a sus pies. Luego salgo de ahí, rifle en mano, y me dirijo al sótano. Allí están Maggie y los niños, rezando un Padre Nuestro a viva voz.
"Eh, Maggie, pásame cartuchos."
Cobija a los pequeños bajo sus brazos y pese a su enfermizo color tiza y aquella línea difusa en la que sus ora carnosos labios se han convertido, su rostro logra expresar desaprobación.
"Llévatelos todos, Ojitos. Llévatelos todos y vete."
"No seas una puta malcriada Maggie, si me los llevo todos y esos hijos de puta logran acercarse lo suficiente, tendré que venir aquí corriendo a encerrarme con ustedes y a ver si al jodido Espíritu Santo se le ocurre traerme balitas del Paraíso."
En ese momento un grito sacude la noche. Un grito horroroso, buenamente, pero la verdad es que Joe con todas sus cualidades nunca fue el más bonito de los hijos de mamá O'Hagan. Maggie se santigua y abraza a sus hijos con fuerza y yo solo atino a gruñir: "Maldito haitiano."
Cojo algunas municiones y subiendo por las escaleras, salgo a la noche.
Ahí los veo. Ya han cruzado la cerca, los muy asquerosos. Son horribles. Con pieles correosas y ojos blanquecinos, como el huevo podrido de algún ave del desierto. Se mueven lento, pero no se detienen. Hay que tener buena puntería.
"¡Maggie!" grito. "¡Maggie, sube aquí ahora mismo!"
"¡Qué es lo que quieres Ojitos!"
"Deja a tus cachorros ahí y ayúdame con esto. ¡Son demasiados!"
"¡Ojitos, son unos niños... !"
"¡Sube ahora mismo, perra!"
Maggie sube y ni bien ha sacado los pies del umbral le entrego el Winchester con un par de cargas.
"¿Sabes usarlo?"
"Sí."
"Bien, apunta a la cabeza. Siempre a la cabeza, que sino no flipan. ¿Está claro?"
Por toda respuesta dispara a la cabeza del que va adelante. El horrendo hijo de puta cae al suelo y algunos zombies se detienen para devorarlo.
"¡Coño, Margaret O'Riley, a eso llamo yo buena puntería!"
Pego un grito de alegría y empiezo a disparar con la Colt que guardaba hasta hace a penas unos segundos en el cinto. Disparo, disparo, disparo. Estoy realmente eufórico y cuando entre mi cuñada y yo ya nos hemos cargado a unos veinte zombies, trato de besarla.
"¡No, Ojitos, qué haces!"
"Vamos nena, no me digas que no lo deseas. ¡Le estamos ganando a la muerte!"
Entonces me patea en la descendencia. Me contraigo del dolor y me dispara en la tripa.
"Mierda... Maggie... "
La escucho llamar a los niños. Los escucho correr, y escucho disparos. Luego, el ruido de los caballos. ¡La muy hija de puta me abandona! No sobrevivirá. No sobrevivirá a las montañas, a los salvajes... será comida de cadáveres y luego, de gusanos. No hay forma de que abandone Santa Clara con los niños. Morirá de hambre o de sed o de... tantas cosas. Mira tú. Supongo que nunca es buen momento para codiciar a la mujer de tu hermano.
Trato de reincorporarme, a penas sintiendo mis piernas. Estoy sangrando muchísimo. Apoyo la cabeza en las puertas del sótano y veo a los muertos acercándose. Comienzo a contarlos: Marla O'Flannigan, la vieja dueña del cabaret, Mickey O'Rourke, el viejo sheriff, Wendy O'Dee, la viuda del sheriff anterior... Pat O'Daly, el sepulturero, y... otros catorce que ya no distingo, por lo descompuestos. En fin, el caso es que yo solo tengo dos balas. Ah, y ahí viene Joe. Mi hermano Joe.
Un pueblito pequeño en Santa Clara, todo parece normal hasta que llega el haitiano. Monsieur Préval. Un hombre negro, alto y delgado, buscando trabajo como sepulturero. Pero este pueblo tenía un sepulturero. Así que condenado al ostracismo, el haitiano considera sus opciones. Zombies. Qué gran hijo de puta.
"¡Eh, Ojitos, trae más municiones!," exclama Joe desde el otro extremo de la habitación. Ambos apuntamos con los Winchester a través de la cerca y disparamos, una y otra vez. Pero ya casi nos hemos quedado sin balas. Alguien tiene que volver al sótano y pedirle municiones a Maggie, antes de que los condenados se acerquen.
"Pídele a tu mujer que las traiga," digo yo, recargando el rifle.
"Maggie no va a salir por nada, yo me encargo de estos cabrones, tú trae las jodidas balas."
Joe es más grande, también más valiente. Él es el gran hermano. Le doy una mirada (esa mirada) y escupo la colilla de mi cigarro a sus pies. Luego salgo de ahí, rifle en mano, y me dirijo al sótano. Allí están Maggie y los niños, rezando un Padre Nuestro a viva voz.
"Eh, Maggie, pásame cartuchos."
Cobija a los pequeños bajo sus brazos y pese a su enfermizo color tiza y aquella línea difusa en la que sus ora carnosos labios se han convertido, su rostro logra expresar desaprobación.
"Llévatelos todos, Ojitos. Llévatelos todos y vete."
"No seas una puta malcriada Maggie, si me los llevo todos y esos hijos de puta logran acercarse lo suficiente, tendré que venir aquí corriendo a encerrarme con ustedes y a ver si al jodido Espíritu Santo se le ocurre traerme balitas del Paraíso."
En ese momento un grito sacude la noche. Un grito horroroso, buenamente, pero la verdad es que Joe con todas sus cualidades nunca fue el más bonito de los hijos de mamá O'Hagan. Maggie se santigua y abraza a sus hijos con fuerza y yo solo atino a gruñir: "Maldito haitiano."
Cojo algunas municiones y subiendo por las escaleras, salgo a la noche.
Ahí los veo. Ya han cruzado la cerca, los muy asquerosos. Son horribles. Con pieles correosas y ojos blanquecinos, como el huevo podrido de algún ave del desierto. Se mueven lento, pero no se detienen. Hay que tener buena puntería.
"¡Maggie!" grito. "¡Maggie, sube aquí ahora mismo!"
"¡Qué es lo que quieres Ojitos!"
"Deja a tus cachorros ahí y ayúdame con esto. ¡Son demasiados!"
"¡Ojitos, son unos niños... !"
"¡Sube ahora mismo, perra!"
Maggie sube y ni bien ha sacado los pies del umbral le entrego el Winchester con un par de cargas.
"¿Sabes usarlo?"
"Sí."
"Bien, apunta a la cabeza. Siempre a la cabeza, que sino no flipan. ¿Está claro?"
Por toda respuesta dispara a la cabeza del que va adelante. El horrendo hijo de puta cae al suelo y algunos zombies se detienen para devorarlo.
"¡Coño, Margaret O'Riley, a eso llamo yo buena puntería!"
Pego un grito de alegría y empiezo a disparar con la Colt que guardaba hasta hace a penas unos segundos en el cinto. Disparo, disparo, disparo. Estoy realmente eufórico y cuando entre mi cuñada y yo ya nos hemos cargado a unos veinte zombies, trato de besarla.
"¡No, Ojitos, qué haces!"
"Vamos nena, no me digas que no lo deseas. ¡Le estamos ganando a la muerte!"
Entonces me patea en la descendencia. Me contraigo del dolor y me dispara en la tripa.
"Mierda... Maggie... "
La escucho llamar a los niños. Los escucho correr, y escucho disparos. Luego, el ruido de los caballos. ¡La muy hija de puta me abandona! No sobrevivirá. No sobrevivirá a las montañas, a los salvajes... será comida de cadáveres y luego, de gusanos. No hay forma de que abandone Santa Clara con los niños. Morirá de hambre o de sed o de... tantas cosas. Mira tú. Supongo que nunca es buen momento para codiciar a la mujer de tu hermano.
Trato de reincorporarme, a penas sintiendo mis piernas. Estoy sangrando muchísimo. Apoyo la cabeza en las puertas del sótano y veo a los muertos acercándose. Comienzo a contarlos: Marla O'Flannigan, la vieja dueña del cabaret, Mickey O'Rourke, el viejo sheriff, Wendy O'Dee, la viuda del sheriff anterior... Pat O'Daly, el sepulturero, y... otros catorce que ya no distingo, por lo descompuestos. En fin, el caso es que yo solo tengo dos balas. Ah, y ahí viene Joe. Mi hermano Joe.
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