África
eructando inmigrantes desde tiempos inmemoriales
el Inmigrante Ancestral
Medio Oriente
Grecia
Europa
Europa y la Historia de la Humanidad
basada en el conocimiento.
El conocimiento es un inmigrante
la civilización es un inmigrante
sangre
la sangre, cuando está coagulada
es el mayor inmigrante de todos.
(Lima, en algún momento de noviembre del 2008)
sábado, 2 de mayo de 2009
jueves, 30 de abril de 2009
Kaos
un punto negro expandiéndose a rastras
combustiona como tormenta eléctrica
sobre una tabla de madera podrida
sobre un cadáver flotando sobre un estómago lleno de gas
fuego en espirales
planetas
planetas eléctricos, planetas de fuego, planetas de hielo
planetas de gusanos reventando por el fango y
el metano
planetas que se devoran a sí mismos
como peces que caminan mordiéndose la cola o rocas copulando
con un amanecer nuclear como telón de fondo
o como monos en moradas de cristal
expandiéndose a rastras
en una parcela de cosmos
regla y compás en espirales
planeta de lógica, planeta lactante, planeta diesel
todo vuelve a la naturaleza salvaje
la naturaleza es caos
kaos = sexo
------ = violencia
(Lima, en algún momento de noviembre del 2008)
combustiona como tormenta eléctrica
sobre una tabla de madera podrida
sobre un cadáver flotando sobre un estómago lleno de gas
fuego en espirales
planetas
planetas eléctricos, planetas de fuego, planetas de hielo
planetas de gusanos reventando por el fango y
el metano
planetas que se devoran a sí mismos
como peces que caminan mordiéndose la cola o rocas copulando
con un amanecer nuclear como telón de fondo
o como monos en moradas de cristal
expandiéndose a rastras
en una parcela de cosmos
regla y compás en espirales
planeta de lógica, planeta lactante, planeta diesel
todo vuelve a la naturaleza salvaje
la naturaleza es caos
kaos = sexo
------ = violencia
(Lima, en algún momento de noviembre del 2008)
martes, 28 de abril de 2009
(Espiando a Nicole, domingo a las 8 a.m.)
Nicole observa a un pájaro gris
con los codos apoyados en el alfeizar de la ventana
se raspa de tanto en tanto
los dientes con la lengua
mientras los rayos del sol blanco secan su nariz.
Mueve la cabeza de lado a lado
siguiendo al pájaro con la mirada
observándolo posarse sobre un plato
lleno de agua
sobre las locetas.
Afuera de la casa
el jardín permanece solitario e inerte
sumido en el silencio para todos nosotros
pero no para ella:
Nicole tiene un oído agudísimo
realmente de la mejor calidad
y parando muy bien sus orejas
puede oir las pisadas de las frágiles patitas.
El pájaro se acerca al plato de comida
que está junto al del agua
abre sus alas en un bravo gesto de triunfo
y comienza a picotear las arenosas hojuelas.
Aquello es suficiente para Nicole.
Retirándose de la ventana
se vuelve hacia el corredor
y recorriéndolo de un salto
echa a correr escaleras abajo.
Vuelve su pálida mirada hacia la puerta del jardín
y sigilosa como un gato
con sus sentidos atentos al molesto ruido de las frágiles patitas
da un paso, dos pasos, muy lento y muy despacio
se aproxima al regordete pájaro
captando la pestífera fragancia de sus plumas.
Cuando lo tiene donde quiere, Nicole sonríe,
flexiona las rodillas y da un brinco.
El ave inadvertida no la ve venir
las enormes fauces ocultan el sol blanco
los dientes machacan la carne
arrancan las plumas
quiebran sin problemas las frágiles patitas,
mientras la paloma se debate moviendo sus alas,
Nicole es más fuerte y prevalece
con un preciso movimiento de su pata
le rompe el cuello.
Aún con el pájaro en el hocico,
la paciente Nicole abandona las tinieblas
se posa bajo el sol, escupiendo un montón de plumas grises. Masticando
se echa patas arriba
con la lengua afuera, roja y jadeante
revolcándose en la hierba
tierna, lozana y satisfecha.
con los codos apoyados en el alfeizar de la ventana
se raspa de tanto en tanto
los dientes con la lengua
mientras los rayos del sol blanco secan su nariz.
Mueve la cabeza de lado a lado
siguiendo al pájaro con la mirada
observándolo posarse sobre un plato
lleno de agua
sobre las locetas.
Afuera de la casa
el jardín permanece solitario e inerte
sumido en el silencio para todos nosotros
pero no para ella:
Nicole tiene un oído agudísimo
realmente de la mejor calidad
y parando muy bien sus orejas
puede oir las pisadas de las frágiles patitas.
El pájaro se acerca al plato de comida
que está junto al del agua
abre sus alas en un bravo gesto de triunfo
y comienza a picotear las arenosas hojuelas.
Aquello es suficiente para Nicole.
Retirándose de la ventana
se vuelve hacia el corredor
y recorriéndolo de un salto
echa a correr escaleras abajo.
Vuelve su pálida mirada hacia la puerta del jardín
y sigilosa como un gato
con sus sentidos atentos al molesto ruido de las frágiles patitas
da un paso, dos pasos, muy lento y muy despacio
se aproxima al regordete pájaro
captando la pestífera fragancia de sus plumas.
Cuando lo tiene donde quiere, Nicole sonríe,
flexiona las rodillas y da un brinco.
El ave inadvertida no la ve venir
las enormes fauces ocultan el sol blanco
los dientes machacan la carne
arrancan las plumas
quiebran sin problemas las frágiles patitas,
mientras la paloma se debate moviendo sus alas,
Nicole es más fuerte y prevalece
con un preciso movimiento de su pata
le rompe el cuello.
Aún con el pájaro en el hocico,
la paciente Nicole abandona las tinieblas
se posa bajo el sol, escupiendo un montón de plumas grises. Masticando
se echa patas arriba
con la lengua afuera, roja y jadeante
revolcándose en la hierba
tierna, lozana y satisfecha.
jueves, 23 de abril de 2009
Sexy como el infierno
Estaba sentado al borde de la vereda sin hacer nada productivo cuando llegó Martín y me preguntó qué es lo que hacía.
- Nada- dije, y seguí sentado.
- ¿Qué me cuentas? No te veo hace tiempo- dijo Martín.
Le conté que llevaba casi un mes con novia y que no había escrito ni hecho, en general, nada productivo en todo el verano.
- Qué bien- respondió.
- Ya.
- Vaya mierda.
- Sí. Pero la paso bien. Mi chica es genial.
- Excelente.
- Sí.
Cogí un gitano aplastado de mi bolsillo, lo encendí con un fósforo y le di una calada. Le ofrecí a Martín uno, pero me dijo que no quería.
- Paso, hace dos semanas que no fumo. Creo que lo voy a dejar.
- Me alegro por ti- dije.
- Gracias.
- No, en verdad no.
- ¿Por qué no? Tú también deberías dejarlo. Todos deberíamos dejarlo.
- Ni loco. Tengo 20 años. A penas empiezo a disfrutarlo.
Fue entonces cuando pasó la chica nueva. Acababa de mudarse a la casa de la esquina. Hacía años que nadie nuevo se mudaba, al menos, nadie que despertara realmente nuestro interés. Era alta y de cabello oscuro, largo y rizado. Ojos almendrados, de pestañas increíbles, muy negras, como orientales. Labios sensuales. Estaba bastante bien, como quería.
- Eh, mira, ahí está Taraza- dijo Martín.
Salió de su auto y pasó caminando muy cerca de nosotros, antes de pararse en la puerta de su casa para fumarse un cigarro. No nos habló, ni nos miró, ni hizo ninguna señal de percatarse de nuestra presencia en aquél plano de existencia de forma alguna. Aquello, supongo, hizo que nos gustara un poco más.
- ¿Quién?
- Taraza.
- ¿Así se llama?
- Sí.
- Vaya cosa.
- ¿Qué te parece?- preguntó Martín sacando un gitano de mi cajetilla.
- Sexy como el infierno- respondí.
- Ya.
Nos reímos.
Taraza hechó la colilla de su cigarro a la vereda frente a su casa y cogió una botella de agua de su cartera. Le dio un trago largo, los rayos del sol tiñéndola de blanco y de dorado, pareció mirarnos por una fracción de segundo, luego se dio media vuelta y entró a su casa.
Martín le dio una calada a su cigarrillo.
- Mierda, qué fuertes son estas cosas- exclamó mientras tosía. No se tapó la boca al hacerlo.
- Ya. Lo sé.
- Nada- dije, y seguí sentado.
- ¿Qué me cuentas? No te veo hace tiempo- dijo Martín.
Le conté que llevaba casi un mes con novia y que no había escrito ni hecho, en general, nada productivo en todo el verano.
- Qué bien- respondió.
- Ya.
- Vaya mierda.
- Sí. Pero la paso bien. Mi chica es genial.
- Excelente.
- Sí.
Cogí un gitano aplastado de mi bolsillo, lo encendí con un fósforo y le di una calada. Le ofrecí a Martín uno, pero me dijo que no quería.
- Paso, hace dos semanas que no fumo. Creo que lo voy a dejar.
- Me alegro por ti- dije.
- Gracias.
- No, en verdad no.
- ¿Por qué no? Tú también deberías dejarlo. Todos deberíamos dejarlo.
- Ni loco. Tengo 20 años. A penas empiezo a disfrutarlo.
Fue entonces cuando pasó la chica nueva. Acababa de mudarse a la casa de la esquina. Hacía años que nadie nuevo se mudaba, al menos, nadie que despertara realmente nuestro interés. Era alta y de cabello oscuro, largo y rizado. Ojos almendrados, de pestañas increíbles, muy negras, como orientales. Labios sensuales. Estaba bastante bien, como quería.
- Eh, mira, ahí está Taraza- dijo Martín.
Salió de su auto y pasó caminando muy cerca de nosotros, antes de pararse en la puerta de su casa para fumarse un cigarro. No nos habló, ni nos miró, ni hizo ninguna señal de percatarse de nuestra presencia en aquél plano de existencia de forma alguna. Aquello, supongo, hizo que nos gustara un poco más.
- ¿Quién?
- Taraza.
- ¿Así se llama?
- Sí.
- Vaya cosa.
- ¿Qué te parece?- preguntó Martín sacando un gitano de mi cajetilla.
- Sexy como el infierno- respondí.
- Ya.
Nos reímos.
Taraza hechó la colilla de su cigarro a la vereda frente a su casa y cogió una botella de agua de su cartera. Le dio un trago largo, los rayos del sol tiñéndola de blanco y de dorado, pareció mirarnos por una fracción de segundo, luego se dio media vuelta y entró a su casa.
Martín le dio una calada a su cigarrillo.
- Mierda, qué fuertes son estas cosas- exclamó mientras tosía. No se tapó la boca al hacerlo.
- Ya. Lo sé.
lunes, 30 de marzo de 2009
El Rito Odínico
Nota: Este post es continuación de este otro: http://poesiadelamala.blogspot.com/2007/09/el-rito-odnico.html. Son unos relatos bastante cortos que hice hace un par de años. Quizá algún día los termine. De momento, iré poniendo lo que hay.
Uno de los principales pasatiempos de Golmen era la poesía. Habían diversos temas entre sus escritos, pero el tópico que trataba más a menudo era la naturaleza. Podía pasarse horas escribiendo sobre las diversas emociones que le inspiraban jardines y riachuelos, o sobre los distintos matices que en ellos percibía bajo la luz rojiza del atardecer.
Aquella tarde, sin embargo, Golmen tuvo que dejar a medias la lírica. Era jueves, después de todo, y la rutina de los otros seis días de la semana se quebraba bajo su propio peso. Caminó hacia el perchero y tomó su abrigo antes de salir de la casa. Ya afuera, detuvo un taxi, subió y le indicó al conductor que le llevara al café Christiania. El trayecto, como siempre, no tuvo nada que mereciera destacarse.
- Le parecerá extraño- le dijo el taxista cuando hubieron llegado, Gunnar hubo bajado y ya se disponía a pagar -. He vivido en esta ciudad demasiado tiempo, y la verdad es que nunca había visto el lugar antes. Se ve agradable.
- Hay buen café- contestó Gunnar sonriendo.
(10 de mayo del 2007)
(II)
Uno de los principales pasatiempos de Golmen era la poesía. Habían diversos temas entre sus escritos, pero el tópico que trataba más a menudo era la naturaleza. Podía pasarse horas escribiendo sobre las diversas emociones que le inspiraban jardines y riachuelos, o sobre los distintos matices que en ellos percibía bajo la luz rojiza del atardecer.
Aquella tarde, sin embargo, Golmen tuvo que dejar a medias la lírica. Era jueves, después de todo, y la rutina de los otros seis días de la semana se quebraba bajo su propio peso. Caminó hacia el perchero y tomó su abrigo antes de salir de la casa. Ya afuera, detuvo un taxi, subió y le indicó al conductor que le llevara al café Christiania. El trayecto, como siempre, no tuvo nada que mereciera destacarse.
- Le parecerá extraño- le dijo el taxista cuando hubieron llegado, Gunnar hubo bajado y ya se disponía a pagar -. He vivido en esta ciudad demasiado tiempo, y la verdad es que nunca había visto el lugar antes. Se ve agradable.
- Hay buen café- contestó Gunnar sonriendo.
(10 de mayo del 2007)
miércoles, 25 de febrero de 2009
7. Ángeles y demonios
Helen Pogue mira al pequeño que tiene ante él. Pequeño, delgado, anguloso. Le sonríe en un gesto que pretende ser reconfortante pero el niño sigue escrutándola con frialdad. Tiene bonitos ojos negros.
- ¿De qué quieres hablar, Jude?
- Nada en especial- dice el niño.
- ¿No?
- No, no realmente.
Helen se muerde el labio suavemente, repitequea con las uñas sobre la mesa, despacio. Un gesto intuitivo, muy femenino. Toma un bolígrafo y una hoja de papel. Se los extiende al paciente.
- Hagamos esto: dibuja lo que quieras, algo relacionado a tu familia.
- No quiero.
Una risa queda escapa de la boca de Helen. Estaba esperando aquella negativa.
- ¿No te gusta dibujar?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso?- inquiere el niño, ignorando su última pregunta.
- ¿Disculpa, Jude?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso? Se está riendo.
- Bueno, Jude, no me pones las cosas muy fáciles. Es difícil tratar contigo.
- Usted no debería tratar conmigo, Helen. Yo no debería estar aquí. No quiero volver.
Lo sólido en su sinceridad le apabulla. No tiene diez años todavía.
- ¿Estás molesto con tus padres por hacerte venir?
- No. Los odio, independientemente de que me hagan venir. Que yo no quiera venir ya es por algo distinto.
- ¿Te caigo mal, Jude?
- No.
Helen sonríe, buscando un rastro de calidez en los rasgos de su paciente. No lo encuentra en ninguna parte.
- No tiene que ver con que me caigas bien o mal, Helen- dice el pequeño -. Estoy perdiendo el tiempo aquí.
- ¿Por qué lo dices?
- Podría estar divirtiéndome.
- Ok. ¿Qué te gustaría hacer si no vinieras a la consulta, Jude? En la escuela y en casa no la pasas bien, por lo que me has dicho.
- No. No me puedo concentrar. Quiero ver un incendio.
- ¿Un incendio?
- Sí. Quiero estar sentado a la sombra de las llamas y mirarlas muy muy fijamente. Hace calor, pero no es como cuando hace sol. El sol es una mierda. Mierda de escarabajo.
Helen se quedó mirando al pequeño.
- ¿Estoy enfermo porque me gusta el fuego?
- No- responde la mujer, tratando de sonar reconfortante -. ¿Por qué dices que es una mierda... de escarabajo?
- De escarabajo pelotero. Arrastran pelotas de mierda a empujones. Redondas y brillantes, como el sol.
Helen rió. Aquél niño leía bastante.
- Me gusta leer- dice Judah.
- ¿Sí, mucho?
- Bastante. Hay cosas interesantes.
- Seguro que sí. La lectura es muy importante. ¿Qué libros te gusta leer, Jude? ¿También podrías estar leyendo si no estuvieras aquí?
- Yo estoy leyendo todo el tiempo, Helen. Leo de todo.
El silencio impera por un momento. Sus ojos se encuentran. Brillan.
- ¿Qué otra cosa podrías estar haciendo si no estuvieras aquí, Jude?
- Podría estar afilando un cuchillo. Y luego limpiarlo.
- ¿Afilarlo y limpiarlo?
Se muerde el labio una vez más.
- ¿Por qué lo afilarías para luego limpiarlo Jude? ¿No hay un intermedio?
El niño la contempla curioso.
- ¿Un intermedio?
- Una acción intermedia, algo que requiera la limpieza luego de afilar la hoja. Por ejemplo, cortar una fruta. El cuchillo se ensucia con el jugo y necesita ser limpiada. Afilas la herramienta para llevar acabo una acción, luego, la acción trae la limpieza como consecuencia.
El niño ríe, asintiendo.
- No hay acción intermedia Helen- dice entonces.
- ¿No la hay, Jude?
- No. Es solamente una ilusión.
- No te entiendo.
- Mira la hoja, Helen. He hecho un dibujo.
La mujer suspira.
- Yo tengo el bolígrafo, Jude...
Igualmente, baja la mirada hacia la hoja. Alguien ha dibujado un ángel.
- ¿De qué quieres hablar, Jude?
- Nada en especial- dice el niño.
- ¿No?
- No, no realmente.
Helen se muerde el labio suavemente, repitequea con las uñas sobre la mesa, despacio. Un gesto intuitivo, muy femenino. Toma un bolígrafo y una hoja de papel. Se los extiende al paciente.
- Hagamos esto: dibuja lo que quieras, algo relacionado a tu familia.
- No quiero.
Una risa queda escapa de la boca de Helen. Estaba esperando aquella negativa.
- ¿No te gusta dibujar?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso?- inquiere el niño, ignorando su última pregunta.
- ¿Disculpa, Jude?
- ¿Qué es lo que le parece gracioso? Se está riendo.
- Bueno, Jude, no me pones las cosas muy fáciles. Es difícil tratar contigo.
- Usted no debería tratar conmigo, Helen. Yo no debería estar aquí. No quiero volver.
Lo sólido en su sinceridad le apabulla. No tiene diez años todavía.
- ¿Estás molesto con tus padres por hacerte venir?
- No. Los odio, independientemente de que me hagan venir. Que yo no quiera venir ya es por algo distinto.
- ¿Te caigo mal, Jude?
- No.
Helen sonríe, buscando un rastro de calidez en los rasgos de su paciente. No lo encuentra en ninguna parte.
- No tiene que ver con que me caigas bien o mal, Helen- dice el pequeño -. Estoy perdiendo el tiempo aquí.
- ¿Por qué lo dices?
- Podría estar divirtiéndome.
- Ok. ¿Qué te gustaría hacer si no vinieras a la consulta, Jude? En la escuela y en casa no la pasas bien, por lo que me has dicho.
- No. No me puedo concentrar. Quiero ver un incendio.
- ¿Un incendio?
- Sí. Quiero estar sentado a la sombra de las llamas y mirarlas muy muy fijamente. Hace calor, pero no es como cuando hace sol. El sol es una mierda. Mierda de escarabajo.
Helen se quedó mirando al pequeño.
- ¿Estoy enfermo porque me gusta el fuego?
- No- responde la mujer, tratando de sonar reconfortante -. ¿Por qué dices que es una mierda... de escarabajo?
- De escarabajo pelotero. Arrastran pelotas de mierda a empujones. Redondas y brillantes, como el sol.
Helen rió. Aquél niño leía bastante.
- Me gusta leer- dice Judah.
- ¿Sí, mucho?
- Bastante. Hay cosas interesantes.
- Seguro que sí. La lectura es muy importante. ¿Qué libros te gusta leer, Jude? ¿También podrías estar leyendo si no estuvieras aquí?
- Yo estoy leyendo todo el tiempo, Helen. Leo de todo.
El silencio impera por un momento. Sus ojos se encuentran. Brillan.
- ¿Qué otra cosa podrías estar haciendo si no estuvieras aquí, Jude?
- Podría estar afilando un cuchillo. Y luego limpiarlo.
- ¿Afilarlo y limpiarlo?
Se muerde el labio una vez más.
- ¿Por qué lo afilarías para luego limpiarlo Jude? ¿No hay un intermedio?
El niño la contempla curioso.
- ¿Un intermedio?
- Una acción intermedia, algo que requiera la limpieza luego de afilar la hoja. Por ejemplo, cortar una fruta. El cuchillo se ensucia con el jugo y necesita ser limpiada. Afilas la herramienta para llevar acabo una acción, luego, la acción trae la limpieza como consecuencia.
El niño ríe, asintiendo.
- No hay acción intermedia Helen- dice entonces.
- ¿No la hay, Jude?
- No. Es solamente una ilusión.
- No te entiendo.
- Mira la hoja, Helen. He hecho un dibujo.
La mujer suspira.
- Yo tengo el bolígrafo, Jude...
Igualmente, baja la mirada hacia la hoja. Alguien ha dibujado un ángel.
miércoles, 18 de febrero de 2009
6. Ahriman
Ahriman. Ahriman. Ahriman lo rodea todo. La oscuridad lo rodea todo.
Arrinconado en un agujero en el suelo, Judah cuenta los dedos de su mano y piensa en el camino que tiene delante de sus ojos. Un camino que se prolonga en numerosas avenidas y se dobla y se retuerce en sí mismo, dejando una cantidad ilimitada de cambio frente a él.
Piensa en un partido de fútbol, "soccer", en los desiertos de Sonora.
Eso fue hace mucho. No. Eso aún no ha sido. Está en los rincones oscuros de mi mente, pero aún está por ocurrir.
Piensa en el zumbido taciturno de aquél vinilo girando sobre el tornamesa.
Eso no está sucediendo aquí, piensa. Eso ocurre muy, muy lejos, en algún escondite lejano, un refugio contra la oscuridad.
Está empezando a asumirlo. Ahriman, Ahriman. La sustancia a su alrededor, el polvo de los muertos que se eleva. ¿Es esto Verdad, o se trata de una nueva Farsa? Sabe que se encuentra en los dominios de Angra Mainyu, donde todo es falso.
Recoge un puñado de tierra. Está mezclada con su propia sangre, sangre derramada de los agujeros en su boca. El polvo chorrea entre sus dedos rotos, pero no cae. No cae, sino que se eleva en la oscuridad.
- Ahriman- susurra, sus primeras palabras en casi un año de semi-inconsciencia -. Ahriman, Ahriman... Angra Mainyu...
Ahora puede sentirlo en su cuerpo. Está despertando: su cuerpo está despertando.
- He... aguardado... a la noche- murmura la letanía -. He esperado... el final... del verano.
Se levanta.
- Ahora el invierno está cerca.
Nada lo sostiene a la tierra, y lo sabe. Sus dientes destrozados se han enmendado, refaccionados con el calcio de la tierra, una luz brillante en la oscuridad del agujero.
Mis huesos son una ilusión, piensa. Sus huesos, sus músculos, sus órganos. Todo entero una vez más, todo brillando, una luz falsa en la oscuridad del agujero.
- Yo soy Aži Dahāka. Aquél que posee diez mil corceles. Aquél que ríe.
Piensa en la oscuridad que tiene delante y en los caminos que se le han presentado. Pasado, presente y futuro, todo en un mismo escenario, aglomerado en un pequeño rincón de su mente. Debe tomar uno solo de entre los hilos del tapiz de la realidad y hacerlo suyo.
Se eleva sobre la tierra, ninguna fuerza le sostiene. Solo un camino puede darle mil años de oscuridad.
Arrinconado en un agujero en el suelo, Judah cuenta los dedos de su mano y piensa en el camino que tiene delante de sus ojos. Un camino que se prolonga en numerosas avenidas y se dobla y se retuerce en sí mismo, dejando una cantidad ilimitada de cambio frente a él.
Piensa en un partido de fútbol, "soccer", en los desiertos de Sonora.
Eso fue hace mucho. No. Eso aún no ha sido. Está en los rincones oscuros de mi mente, pero aún está por ocurrir.
Piensa en el zumbido taciturno de aquél vinilo girando sobre el tornamesa.
Eso no está sucediendo aquí, piensa. Eso ocurre muy, muy lejos, en algún escondite lejano, un refugio contra la oscuridad.
Está empezando a asumirlo. Ahriman, Ahriman. La sustancia a su alrededor, el polvo de los muertos que se eleva. ¿Es esto Verdad, o se trata de una nueva Farsa? Sabe que se encuentra en los dominios de Angra Mainyu, donde todo es falso.
Recoge un puñado de tierra. Está mezclada con su propia sangre, sangre derramada de los agujeros en su boca. El polvo chorrea entre sus dedos rotos, pero no cae. No cae, sino que se eleva en la oscuridad.
- Ahriman- susurra, sus primeras palabras en casi un año de semi-inconsciencia -. Ahriman, Ahriman... Angra Mainyu...
Ahora puede sentirlo en su cuerpo. Está despertando: su cuerpo está despertando.
- He... aguardado... a la noche- murmura la letanía -. He esperado... el final... del verano.
Se levanta.
- Ahora el invierno está cerca.
Nada lo sostiene a la tierra, y lo sabe. Sus dientes destrozados se han enmendado, refaccionados con el calcio de la tierra, una luz brillante en la oscuridad del agujero.
Mis huesos son una ilusión, piensa. Sus huesos, sus músculos, sus órganos. Todo entero una vez más, todo brillando, una luz falsa en la oscuridad del agujero.
- Yo soy Aži Dahāka. Aquél que posee diez mil corceles. Aquél que ríe.
Piensa en la oscuridad que tiene delante y en los caminos que se le han presentado. Pasado, presente y futuro, todo en un mismo escenario, aglomerado en un pequeño rincón de su mente. Debe tomar uno solo de entre los hilos del tapiz de la realidad y hacerlo suyo.
Se eleva sobre la tierra, ninguna fuerza le sostiene. Solo un camino puede darle mil años de oscuridad.
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